Odebrecht: la trama siniestra de Danilo Medina

Abogado corporativo y comercial, escritor y editor.

Cuando en la última reunión del Comité Político del PLD tronaron petardos festivos por la confesión de Mónica Moura en Brasil, me sobrecogió un frío miedo. Y es que nunca podía sospechar que las tensiones aguardadas por el financiamiento de las campañas de Danilo Medina pendieran de la declaración de esta mujer.

Muchos creíamos que el Gobierno tenía alguna revelación demoledora o una información probatoria concluyente que disipara de una buena vez todas las dudas; ahora no solo se agrandan sino que abren sospechas sobre la dimensión aún no revelada de esta conspiración.

Todos estos meses de espera nunca podrán justificar este fiasco. Flota en el ambiente un olor a timo, a mala jugada, a componenda. No sería insensato pedir la devolución de las boletas o el reembolso del pago: el show fue un mal guisado, pero al menos descubre la manipulación del Gobierno en un caso donde acusador y acusado tanto se cruzan como se confunden.

La estructura mafiosa de Odebrecht era simple, no así su entramado operativo: la constructora financiaba la campaña política de un determinado candidato con perspectivas auspiciosas y para ello contrataba y pagaba los servicios empresariales de Joao Santana y su esposa Mónica Moura, quienes se encargaban de la dirección estratégica a cambio de que, una vez en el gobierno, ese “aporte” le fuera retribuido a la firma constructora con la adjudicación de obras sobrevaluadas en licitaciones contaminadas. El éxito de Odebrecht fue tal que tuvo que centralizar las operaciones y pagos de esta plataforma de sobornos en una unidad corporativa conocida como “Departamento de Operaciones Estructuradas”, que, según la confesión de sus ejecutivos,  tramitó pagos por unos 788 millones de dólares en sobornos en doce países de América Latina y África.

 

Cuando en Brasil se desata la ola de detenciones en contra de ejecutivos de Odebrecht con ocasión de la operación Lava Jato, la pareja de esposos residía plácidamente en la República Dominicana asesorando por segunda vez la campaña del presidente Danilo Medina. En pleno desarrollo tuvieron que abandonar el país para guardar prisión en una cárcel de Curitiba, Brasil. A partir de este hecho, Danilo Medina entra en pánico. Se disipa la euforia del mítico 62 % que tanto le obsesionaba. En medio de una crisis electoral sobrecogedora, los ánimos se desploman, la gala del triunfo languidece y todo el Gobierno se recoge en un silencio monástico.

Consciente de que lo que se estaba batiendo en Brasil no era un caldito, el presidente Medina cambia de procurador: busca a un muchacho de su intimidad y sin apetitos políticos apremiantes. Desde su discurso de agosto de 2016 hasta la reunión del Comité Político del PLD la semana pasada, el “tema Brasil” en el Palacio y en el partido oficial era un tabú que solo prendía en el lenguaje mudo de las miradas. Durante ese místico tramo de inconfesiones le tocó a José Ramón Peralta, un pésimo comunicador, contener el alud de la prensa y torear sus mordientes inquisiciones con salidas memorablemente fantoches, como aquella de que “el pueblo está en comida”.

En diciembre empieza a inflamar un ánimo extraño de irritación social que hace más plomizo el cuadro. Lo lógico era suponer que esta indignación, como expresión febril, se evaporara en las festividades navideñas, pero fue justamente en ese asueto donde tomó su máximo ímpetu hasta alcanzar su vuelo en la primera marcha del 22 de enero. A partir de entonces, en el Palacio se perdió el habla; la plataforma de bocinas del oficialismo lucía aturdida y sin una línea clara de comunicación.  Cada funcionario o dirigente del PLD buscaba afanosamente un fantasma como enemigo favorito: la oposición, los generadores eléctricos, Leonel Fernández y, claro, no podía faltar la embajada americana.

Las cosas en Brasil se fueron complicando y, antes de que sus ráfagas causaran mayores estragos en los centros de poder, el presidente entendió que no había más elección que salvar su pellejo ante amenazas cada vez más inminentes de comprometerlo personalmente. Dejó correr las investigaciones locales del caso Odebrecht a ritmo de bolero hasta que los cielos cariocas se despejaran; mientras, fue cerrando algunas puertas: Punta Catalina y un acuerdo rápido con Odebrecht.

En la primera, nombra a una comisión muy parecida a sus deseos para que, con algunos reparos creíbles, “certifique” la trampa…, perdón, quise decir la licitación; en la otra, ordena al procurador cerrar un acuerdo relámpago con Odebrecht que le permitiera avanzar el proyecto de Punta Catalina y de paso sacarla de la escena procesal: obvio, no se corre el mismo riesgo con tener a Odebrecht defendiéndose como imputada que testificando a favor del Ministerio Público en aquellas acusaciones que este pueda selectivamente promover según las directrices del Palacio y del Comité Político. Era un fastidio riesgoso tenerla adentro: mejor como aliada que como acusada. Esa es la poderosa razón política del acuerdo.

Mientras corrían los primeros meses del año, en Brasil se complicaban las cosas: Mónica Moura, la esposa de Joao Santana, admitió haber recibido dinero para la campaña en la República Dominicana a través de una offshore, pero que no recordaba los valores ni la cuenta.  Esta noticia fue rápidamente arropada por el Gobierno y, aunque los medios la circularon, el partido oficial omitió reaccionar para evitarse el ruido.

Luego, las imputaciones se hicieron más claras. Así, el 17 de marzo, Hilberto Mascarenhas Alves da Silva Filho, director desde el 2006 hasta el 2015 del famoso departamento de operaciones estructuradas de Odebrecht, declaró ante el Tribunal Superior Electoral de Brasil que la empresa hizo pagos para financiar las campañas electorales de distintos países, incluyendo la República Dominicana, a través de Joao Santana. Este testimonio levantó una polvareda de agitación en el Palacio. La única respuesta de los voceros del Gobierno era esperar, lo que hacía presumir que alguna maniobra se estaría cabildeando en Brasil. 

La angustiante espera trae por fin un respiro para el Gobierno cuando el 18 de abril Mónica Moura declara ante el juez Sergio Moro que ni Odebrecht ni ninguna otra empresa brasileña aportó fondos para campañas electorales en la República Dominicana,  “noticia” que fue recibida en el Comité Político del PLD con más júbilo que el anuncio de uno de sus tantos triunfos electorales.

De la mano de ese “éxito”, la comparsa de opinantes, comunicadores y medios controlados por el Gobierno arrancó su zamba exigiendo desagravios al impoluto Danilo Medina; otros, más entusiastas, empuñaron el polvoriento discurso reeleccionista. Reynaldo Pared Pérez, un hombre con muchos pecados guardados sobre los préstamos de las obras de Odebrecht,  se pavoneó en sus típicos arrebatos de arrogancia al considerar que con esta declaración quedaban como “vulgares mentiras” las acusaciones en contra del presidente Medina. Lo cómico de todo esto es que hasta el día en que sale este trabajo, para el Gobierno el caso de la financiación de la campaña está cerrado y que Danilo Medina quedó redimido de toda sospecha. Obvio, esa creencia se alimenta de la valoración que ha tenido el PLD de la inteligencia domesticada de sus súbditos.

Con la embestida mediática del Gobierno se inicia su estrategia dándole a la declaración de Mónica Moura el mismo carácter y peso que los que tienen una sentencia de la Corte Suprema de Brasil. Y no nos referimos a una declarante cualquiera, sino a una testigo con un patrón consistente de perjurio.

Pero, ¿quién es Mónica Moura? Su nombre completo es Mônica Regina Cuhna Moura y es la “séptima” esposa y socia del publicista Joao Santana. La prensa brasileña la define como una mujer de personalidad enérgica, intemperante y controladora; siempre celosa del cuidado personal suyo y de su marido. De 54 años,  con dos hijos de una relación anterior, era quien manejaba las operaciones financieras de la empresa de su esposo. En Brasil se le conoce como la “primera dama del marketing político” por sus destrezas y ambiciones en su carrera empresarial, tanto así que según la declaración de Hilberto Mascarenhas Alves da Silva Filho, estaría entre las top five en la lista de las cinco personas que más dinero recibían del sector de soborno.

El carácter volátil de esta señora se evidencia cuando admite ante el juez Sergio Moro haber mentido en la primera declaración que prestó a la Policía Federal de Brasil al momento de ser apresada, cuando afirmó que los valores recibidos en la cuenta en Suiza eran referentes a campañas políticas en otros países y no de Brasil. Luego varió esa declaración. Ante la pregunta del juez Moro sobre por qué ella no reveló el verdadero motivo de la recepción, la testigo alegó que lo hizo porque “no quería empeorar la situación de la presidenta Dilma Rousseff”

Vemos a una testigo encubridora y sensiblemente vulnerable a la manipulación. Esa personalidad quebradiza se revela además en las versiones contradictorias que con respecto a la campaña de Danilo Medina dio en circunstancias distintas: en la primera declaración, bajo el peso agobiante de un apresamiento reciente reconoce que sí;  luego, con un acuerdo amarrado, una adaptación ya consumada a su realidad judicial y la certidumbre de los límites de su proceso, hace una serena y selectiva exculpación de Danilo Medina en la red de financiamiento internacional de Odebrecht, contradiciendo no solo el testimonio del responsable directo de los pagos de coimas de Odebrecht, Hilberto Mascarenhas Alves da Silva Filho, sino la omisión de ese detalle, hasta ahora inédito, en las confesiones de su propio esposo y socio, Joao Santana, quien nunca hizo esa reserva, excepción ni distinción. Mientras tanto, la pareja mantiene intereses familiares y de negocios en la República Dominicana. Vaya usted a ver.

Al Gobierno no le han bastado las evidencias que comprometen al presidente y al PLD en este esquema multinacional de sobornos. Todos los testimonios relevantes ofrecidos hasta ahora en Brasil y las circunstancias del contexto son consistentes en demostrar lo siguiente:

  1. Que Odebrecht no obró de forma distinta en ningún país en particular, ya que las operaciones del entramado estaban concentradas, coordinadas y centralizadas en una sola unidad corporativa que hacía los pagos;
  2. Que en todos los países donde Odebrecht contrataba y pagaba los servicios de Joao Santana y Mónica Moura era en compensación por la concesión de obras públicas sobrevaluadas;
  3. Que la República Dominicana se benefició del financiamiento irregular de las campañas electorales a través de Joao Santana y Mónica Moura. La única variación de esta afirmación la hizo Mónica Moura, quien antes también la había reconocido.
  4. Que Mónica Moura ha evidenciado un patrón de simulación como testigo.
  5. Que era tal el ambiente de confianza y seguridad que le reportaba a Odebrecht la República Dominicana, que trasladó las oficinas del departamento de coimas o de “operaciones estructuradas” al país, de donde operaba de forma corriente.
  6. Que de los presidentes que se beneficiaron de los servicios de asesoría de Joao Santana y Mónica Moura el único que está en el ejercicio del poder es Danilo Medina, circunstancia que constituye por sí un condicionamiento muy severo para una testigo intemperante, como lo reveló la propia Mónica Moura cuando reconoció haber mentido a favor de Dilma Roussef porque, según sus palabras, “no quería empeorar la situación de la presidente”.

No hay que ser inteligente para inferir que esta sobreestimación de la declaración de la testigo estrella de Danilo Medina, Mónica Moura, persigue un objetivo claro: sustraer al presidente de la obligación de probar que no recibió fondos ni servicios de Odebrecht para sus campañas electorales, cuando los propios directivos responsables de los pagos de sobornos admiten haberlo hecho.  Para el Gobierno esta es una carga pesada que pretende dejar en la confesión de una declarante mentirosa, tanto o más que su protector.

Ante ese cuadro, el Gobierno guarda la cabeza como el avestruz y en vez de soltar un respiro de inflexión arremete con otro golpe de efecto en su trama: la homologación del acuerdo con Odebrecht. En la semana pasada se reunió el headquarters del equipo comunicacional del Gobierno para empezar su defensa táctica basada en estos dos grandes logros políticos. La estrategia está tan claramente afinada que ya algunos comunicadores anunciaron la inminencia del golpe final: el informe favorable de la comisión de Agripino. Con ese remate, Danilo Medina queda fuera de peligro, Punta Catalina continúa cubicando, Odebrecht trabajando y el procurador promete que en mayo se iniciará la temporada de caza de “vacas sagradas”.  Con el despliegue de las carpas del circo en verano, (Danilo Medina) pretende callar los gritos verdes de indignación y recuperar lo único que lo obsesiona: su popularidad, que dentro de la estrategia posciclónica del gobierno incluye una medición generosa a través de una encuestadora amiga de un diario amigo. No duden dos cosas: que la popularidad roce el 60 % y que en enero se promueva la necesidad de una nueva reelección. Despertarán verdes del sobresalto…o quizás del miedo.