Minelys Sánchez: “En Europa tuve que aprender a ser negra”

Minelys Sánchez, escritora de la diáspora y descendiente del general Gregorio Luperón, carga en sus libros el dolor de un país roto por la injusticia y la nostalgia de esa patria errante que se fue a soñar al otro lado del mar
Vianco Martínez/Especial para Acento.com.do - 12 de Septiembre de 2017 - 8:09 am - Deja un comentario
Foto: Foto cortesía de George Richardson/Ángeles nómadas, su novela premiada, desnuda la explotación sexual en Puerto Plata. La literatura dominicana es de alta calidad pero no tiene promoción ni formas de distribución, y a los libros premiados se los comen las polillas. La diáspora es siempre exilio, ruptura y obligación de la memoria, dice Minelys Sánchez

SANTO DOMINGO,  República Dominicana.-Ella dice que su literatura es, ante todo, para entretener. Pero todas sus historias llevan siempre la marca imborrable de la denuncia social. Y fue así, con esa mirada crítica como se sentó a escribir su última novela, Ángeles nómadas (Editora Nacional, Ministerio de Cultura), una historia dura que desnuda la explotación sexual de niños, jóvenes y adolescentes en la zona turística de Puerto Plata.

Minelys Sánchez (1967, Jamao al Norte, República Dominicana) forma parte de la diáspora, esa patria errante que se fue a soñar al otro lado del mar.

Ganadora del premio Letras de Ultramar de Novela 2016, Sánchez ha publicado tres novelas y un libro de cuentos, todos escritos entre Alemania y Estados Unidos, lugares a los que hace tiempo fue llevada por las brisas de la vida.

“Soy consciente de que los escritores podemos llegar a mucha más gente de la que a veces pensamos, por esta razón, no pierdo la oportunidad de crear en ellos la necesidad de reflexionar”, dice.

Foto cortesía de George Richardson/

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“Esto me lleva a elegir temas como la explotación sexual y la injusticia social en todas sus expresiones, con la esperanza de provocar en mis lectores la necesidad de ese cambio, siempre latente, en sociedades excluyentes, como la nuestra”.

Ángeles nómadas cuenta una historia de dolor y marginación, una cruenta historia de explotación sexual que recuerda que los escritores de la diáspora dejaron atrás un país roto por la injusticia, del que no se pueden desprender, por más mundos que caminen.

El personaje principal se llama Ángelo Díaz, como pudiera llamarse Juan o pudiera llamarse Pedro. Es un adolescente con una vida que se le empezó a romper cuando se rompieron los cimientos que sustentaban a su familia. La madre se fue en yola a Puerto Rico y naufragó mortalmente, y el padre nunca existió. Y lo que vino detrás fue el desamparo, la indefensión y las violentas patadas de la vida. Un destino del que, por más que se quiera, no se puede escapar.

Ángelo Díaz y su pandilla viven en la calle, debajo de los puentes y al lado de las cunetas que peor huelen. Y allí Minelys Sánchez los encontró. “Estaban ahí, frente a los ojos de todos: en los parques, en las playas, enfrente de los restaurantes, en centros comerciales. Un escritor siempre es un buen observador y está atento a todos los detalles que ocurren a su alrededor”.

“Escribir esta novela –añade– fue un proceso largo. Yo no soy una escritora con prisa. La idea me surgió hace muchos años, a raíz de conocer un grupo de niños detenidos en un destacamento policial en la ciudad de Puerto Plata”.

Minelys Sánchez tiene tres novelas publicadas, y los personajes que viven en ellas, historias aparte, siempre están esperando algo que nunca va a llegar. Al caer la tarde (2003, Cocolo Editorial), la primera de ellas, tejida con una prosa hecha de colores, más que de palabras, narra la vida de una familia de mujeres, todas heridas de soledades y lejanías, todas agobiadas de largas esperas; una familia de las montañas de Jamao al Norte que anda a caballo entre el recuerdo de sus antepasados y la vida surrealista del tiempo en que le tocó vivir.

En el fondo, la historia es una llovizna: el hundimiento del Memphis en los días de la ocupación militar norteamericana de 1916, la lucha de los gavilleros, la gesta de un general, alter ego del general Gregorio Luperón, y aquel tiempo en que el barco de la esperanza hizo agua en el país: la Era de Trujillo.

Y en el centro de esas rotundas soledades, Emergencia, una niña que se hizo mujer en medio del asombro.

Amarilis mira en Azul, su segunda novela, cuenta la historia de una muchacha dominicana que se fue a buscar bienestar al otro lado del mar y terminó atrapada en las redes de tráfico de mujeres. Una obra que el escritor dominicano Rafael Peralta Romero ve como “la biografía del dolor, la historia de una congoja que anda pendiente de escritura y lo reclama ardientemente”.

“Aquí se cuenta como se ha tejido la cadena de vicisitudes y humillaciones que sufren miles de mujeres caribeñas al pisar las nubosas y frías ciudades europeas donde acuden persiguiendo mejor suerte”, añade Peralta Romero.

Entre la montaña y el mar

Foto cortesía de George Richardson/

Foto cortesía de George Richardson/

Minelys Sánchez creció entre las montañas de Jamao al Norte, corazón del Cibao, y las playas de Puerto Plata, conocida como  La Novia del Atlántico por su belleza marinera, y eso consta en las señas de identidad de sus historias.

“Jamao –dice en Al caer la tarde– era un pequeño poblado plantado a los pies del río desde mucho antes de que llegaran los conquistadores. Era un lugar diminuto en el corazón de la cordillera. (…) Jamao parecía estar siempre acariciado por los frescos vientos que arrastraban los bambúes. (…) el lugar estaba rodeado por grandes peñascos azulados, de cuyas entrañas se desprendía sigilosos chorritos de agua cristalina que bajan por las laderas como lágrimas frías”.

En sus manos, Sosúa, uno de los municipios marineros de Puerto Plata y uno de los escenarios de Ángeles nómadas, es un pueblo que “tenía un perfume diferente a los lugares que hasta ahora había recorrido, un aroma a mar, a cócteles exóticos, a comidas caras”.

La sombra del general

Minelys Sánchez Luperón desciende por línea materna del general Gregorio Luperón, héroe de la Guerra Restauradora (1863-1865), quien, tocado por la magia del recuerdo, ha vivido como una sombra tras las cortinas de la vida familiar, de generación en generación.

Recuerda el día exacto en que llegó a su escuela un profesor de historia que investigaba sobre los aserraderos que manejaba en su juventud el héroe restaurador en las montañas de Jamao al Norte. “Cuando el profesor me señaló como descendiente del general Gregorio Luperón y vi las caras de asombro de mis compañeros, me sentí muy orgullosa”. Ese día, al llegar a la casa, el pelo revuelto por la brisa de la montaña y ataviada aun con el uniforme de la escuela, su madre le confirmó su parentesco con el general, y su alegría no tuvo límites.

Años después, al escribir Al caer la tarde, el libro inspirado en las mujeres de su familia –mujeres fuertes, amazonas- el general Luperón se mantuvo como un celaje en los entresijos de la historia.

Y así, como una sombra, ha vivido el recuerdo del general entre sus descendientes. “Ya con el paso del tiempo, mientras me iba haciendo mayor y fui tomando conciencia empecé a darme cuenta que para la mayoría de los miembros de la familia era un orgullo exhibir el apellido como si fuera un trofeo”.

Exilio, ruptura y obligación de la memoria

Foto cortesía de George Richardson/

Foto cortesía de George Richardson/

Para Minelys Sánchez, la diáspora es exilio y es ruptura, pero también es obligación de la memoria.

“La diáspora –dice– es un proceso de ruptura. Es imposible alejarte de lo que ha sido tu universo sin que algo se quiebre. Cuando te vas no solo dejas atrás una familia y unos amigos que te extrañarán, también dejas atrás una vida profesional que lo más probable no puedas volver a retomar donde llegues, por lo menos no en los primeros días”.

“Dejas de ser  –sigue– una persona a veces reconocida públicamente, para pasar a ser un ser completamente anónimo. Y cuando retornas, si es que alguna vez vuelves, seguramente serás anónimo donde una vez fuiste reconocido. Es decir que, en todo ese proceso, algo se rompe para siempre”.

La persona que se va de su país buscando los beneficios o ventajas que ofrece otra sociedad, vive un exilio fuerte, tanto como el que se va por razones políticas, reflexiona. “Si bien es cierto que el que se va por decisión propia puede regresar cuando quiera (o cuando la economía se lo permite) mientras el otro no tiene esa opción. Pero tanto uno como el otro, extraña su patio, su escuela, sus paisajes, su gente”.

“Además, siempre hay que pensar que la persona que se va, viaja convencida de que retornará en cuanto pueda gestionarse su casa u otros bienes materiales, sin embargo, muy pocas veces retorna para quedarse. Por lo que su vida vive envuelta en la nostalgia”.

En esa nostalgia va implícito el retorno imaginario a las cosas pequeñas que quedaron atrás. “Creo que estos cambios (de lugar) del escritor obligan a la memoria a ser más fértil. Así que, en vez de pararme por la ventana a ver los amaneceres, le exigía a mi memoria la recreación de los aguaceros de mayo y créeme, el olor del café que tostaba mi abuela Teresa todas las tardes vuelve a aguarme la boca, saboreándolo desde mi memoria”.

¿Un habitante de la diáspora es un exiliado?

Claro que sí. Y como muestra se me ocurre responderte citando una parte del poema La ilusión de la memoria, de uno de los poetas de la diáspora, Juan Matos (del libro: El hombre que se fue):

“El hombre que se fue se fue solo.

Solo. ¡Pero con todo!

El hombre que llegó, llegó con él, él.

El hombre que llegó vino solo.

Pero en sus ojos trajo todo…”

Los libros de la diáspora no circulan en el país donde viven, ni circulan en forma suficiente en su país natal. Entonces ¿para quién escriben los escritores de la diáspora?

Es verdad. Nuestros libros no circulan ni aquí ni allá, lo que es una verdadera lástima. Pero yo no creo que la falta de circulación de los libros dominicanos se circunscriba solo a los escritores de la diáspora.  Si vas a una librería en el interior del país, a lo mejor encuentres un libro de (Juan) Bosch, casi nunca encuentras un libro de otro autor del patio. Y lo que es peor todavía, cuando hablas de literatura con gente que suele leer, no reconoce ni el nombre ni la obra de ningún escritor dominicano, con excepción de Juan Bosch. Ni de los jóvenes que se han ganado todos los premios, ni de los viejos a los que muchos andan incluso proponiendo para el Nobel. Lo que significa que hay una falta absoluta de promoción de nuestra literatura en todos los ámbitos.

¿Para quién escribimos los de la diáspora?  A lo mejor lo hacemos justamente por el sentimiento de “insilio” (exilio interior) y escribimos para seguir aferrados a lo que creemos nuestro pero que en realidad no lo es. Probablemente deja de pertenecernos en el instante en que tomamos la decisión de irnos. Porque el que se va tiene doble perdida. Deja de ser suyo lo que dejó atrás, eso que jamás podrá encontrar en el lugar al que llega.  Por lo tanto, escribimos para nosotros mismos.

¿Cuál es la nacionalidad de la literatura de la diáspora?

Creo que tiene doble nacionalidad. Así como los dominicanos jamás perdemos la nacionalidad (aunque nos encante enseñar que tenemos un pasaporte extranjero) nuestra literatura también tiene esa doble nacionalidad. Por lo general escribimos sobre la Patria, sobre los recuerdos, sobre los anhelos que guardamos para con lo que un día fue nuestro, pero muchas veces tiene otra visión, otras influencias, porque, aunque ciertamente nada de lo que encontramos donde llegamos nos pertenece, también hay que admitir que de alguna manera esa otra sociedad que hemos adoptado ejercerá sus influencias en nosotros y, queramos o no, las filtraremos en nuestros escritos.

Inventario de pérdidas, asombros y ganancias

El inventario de ganancias que tuvo Minelys Sánchez cuando se fue de su tierra incluye nuevos amigos y nuevos conocimientos, nuevas ofertas culturales, un nuevo idioma. “Aprendí a ser nacionalista en vez de patriota, permitiéndome amar y reconocer la importancia de mi cultura, mi lengua y los peculios distintivos de mi país, pero reconociendo y respetando la importancia que tienen esos mismos atributos, a los nacionales de otros países. Aprendí a ser más tolerante para con aquellas personas de distintas nacionalidades que por razones económicas, vienen a nuestro país en busca de una vida mejor”.

También tuvo pérdidas y nuevos asombros. “A mis asombros también se sumó una nueva realidad: tuve que aprender a ser negra. Yo, como buena dominicana, no es que me sintiera blanca; pero jamás reparé en mi color de piel hasta no vivir en Europa. Entonces experimenté en mi propia piel lo que significa ser extranjera”.

Libros para las polillas

Ese rumor que suena en voz baja y que corre como el agua en los pasillos literarios del país, ese decir callado que nadie quiere pronunciar, que da cuenta de que los libros aquí- incluyendo los premiados- son publicados para alimentar a  las polillas, a Minelys Sánchez la tiene preocupada.

“Cuando ganas un premio literario –se queja– te ofrecen la publicación de tu libro y supones que, por lo menos, la editorial se encargará de depositarlo en las librerías principales, pero no. Editan un libro y lo engavetan para que se lo coman las polillas y los pocos que se ven en las calles son los que le dan al autor y que este, a su vez, regala a sus amigos y allegados”.

Es cierto que el mercado del libro siempre ha sido difícil y que la gente hoy tiene menos tiempo para leer o se interesa menos porque la tecnología absorbe mucho. Pero es cierto también que se necesitan conexiones porque el talento solo no basta, comenta la autora.

A la literatura de la diáspora como la literatura dominicana en general, le hace falta promoción, distribución, instituciones que se encarguen por lo menos de la literatura que ha obtenido algún reconocimiento, como por ejemplo los libros premiados, observa.

“Yo creo que la literatura dominicana tiene tanta calidad como la literatura de otras naciones. Además, aunque no en la dimensión esperada, hay varios dominicanos que han logrado insertarse en el mercado internacional”, reflexiona.

“Ahora bien, hay que tener en cuenta que hay tendencias en el mercado del libro y a lo mejor ninguno de los escritores dominicanos ha seguido esa línea momentánea. Así como también existe un mundo sensacionalista que quiere leer sobre narcotráfico, terroristas, sicarios y cosas por el estilo”.

Por eso, de vez en cuando uno se tropieza con un libro que de la nada se convierte en fenómeno de venta y todo el mundo parece hablar de él. Pero eso no lo hace mejor literatura, aunque el nombre del autor y, por ende, el del país al que pertenece, se reconozca más.

También hay sociedades que, por estar viviendo una circunstancia específica, como países bajo dictaduras férreas, pueden estar en el foco de la atención de la gente y, por lo tanto, estos autores pueden tener mayor alcance. Insisto en que nosotros debemos aprender a promovernos más. A apreciarnos más. A resaltar el trabajo hecho por los dominicanos no importa si está dentro o fuera del país.

El libro que me hizo perder la virginidad literaria

Por estar presentes en su inspiración, las mujeres de su familia se ganaron el derecho de estar en Al caer la tarde, su libro primero. “Mi abuela Julia, sus hermanas, y Caridad, su madre, eran auténticas amazonas. Me fascinaba su independencia. Julia, mi abuela, era una mujer de armas tomar. Siempre decidida, autosuficiente, aun ante las adversidades”.

Foto cortesía de George Richardson/

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Y rememora: “Al caer la tarde fue un proyecto que creció en mi cabeza al mismo tiempo que yo me hacía adulta. (…) Se puede decir que hay algo de autobiográfico en él debido a que la mayoría de los personajes están inspirados en gente de mi familia, incluyendo a ese héroe de la nación que vive como una sombra dentro de la novela y cuyas hazañas sigue siendo el motor inspirador del accionar de las mujeres de Al caer la tarde.

“Yo siempre he tenido la impresión de que las mujeres conocemos muy bien la delgada línea que separa lo erótico de lo vulgar. Esto, sin dudas, me ayudó a contar las vidas, los milagros, las pasiones y los deseos rezagados de las mujeres de Al caer la tarde”.

Ese, su libro primero, le enseñó a ver el oficio de escritor de otra manera y le hizo ver “que ser escritor es un camino largo; a saber que por muy enamorada que yo esté de mi proyecto, nadie ahí afuera parece estar esperándolo, por lo tanto, puedo trabajarlo sin apuros”. Otra enseñanza: que el trabajo de un escritor no se acaba con un libro terminado y publicado, hay que promoverlo. Hay que aprender a escuchar y a veces a leer críticas sobre tu trabajo, sin que te afecte de manera personal.

Y para concluir: “Al caer la tarde realmente me robó la inocencia literaria”.

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