Miami; Fl.- Sus piernas permanecen inmóviles, sin embargo, aventaja por dos nudos a la embarcación más veloz. Hace casi tres décadas anda postrada a una silla de ruedas, aún así, surca los mares de costa a costa. Deborah va a bordo del ‘(Im)Possible Dream’, el catamarán de sesenta pies que ha convertido su agonía en la esperanza de muchos discapacitados.
Criada en el paisaje de acero y hormigón de Nueva York, con una infancia privilegiada, Deborah Mellen descubrió la organización caritativa ‘Shake-A-Leg’ durante sus terapias de rehabilitación en Miami, Florida.
“Fue entonces cuando me enamoré de la navegación. El agua me ofreció la libertad física que ya no podía encontrar en la tierra”, recuerda la mujer que este sábado 30 de abril de 2016 celebra sus 62 años.
A la corta edad de 22, Harry Horgan, fue otro que quedó paralítico. En 1990 fundó ‘Shake-A-Leg’, el mismo año en que la, hasta entonces esplendorosa vida de Deborah, se viera eclipsada en un santiamén.
“Practicar deporte, divertirse, relacionarse, conocer nuevos amigos y sobre todo, mejorar su habitabilidad a través del agua”, describe la misión de Horgan, quien inauguró la organización con la intención inicial de ayudar a las personas con discapacidad motora a lograr su independencia mediante la navegación.
Hoy día, Shake-A-Leg’ sirve a toda la comunidad, desde veteranos de guerra y personas con parálisis cerebral, hasta niños de escasos recursos. Deborah fue una de las conquistadas por el mar gracias al programa. De todos modos, soñaba con navegar “aún más allá”.
En medio de una conversación con su amiga Angela Stella, una marinera parapléjica, se enteró de la existencia del ‘The Impossible Dream’.
“¡Hasta que lo encontré!, recuerda Deborah, que voló hasta Inglaterra para conocer la espléndida nave. “Un catamarán de dieciocho metros, blanco como una gaviota, accesible a sillas de rueda y listo para zarpar el océano”, lo describe como al hijo que nunca tuvo.
Como bien reseña su actual dueña, la embarcación es diferente a cualquier otra en el mundo. Fue construida en Reino Unido hace 25 años bajo la comisión de Mike Browne, un lesionado medular tipo T2 (vértebras torácicas). Es por ello que junto al arquitecto británico Nic Bailey (el mismo del London Eye) pudieron adecuar el diseño de la nave a las necesidades específicas de Browne.
Cuatro habitaciones, dos baños, dos elevadores, rampas y acceso a silla de ruedas permiten a los discapacitados un control casi total de movimiento, en un espacio de dimensiones enormes.
Años después, el timón del ‘Impossible Dream’ pasó a manos del ex-regatista Geoff Holt, cuadrapléjico desde los dieciocho años. Las facilidades del barco y su espíritu aventurero le permitieron circunnavegar por todo Reino Unido, hasta convertirse en 2010 en el primer marinero discapacitado en cruzar el Atlántico. Su única compañía, un asistente de cuidado y el camarógrafo.
Ávido de aventuras, Holt empezó a interesarse en nuevos retos, dándole la oportunidad a Deborah de continuar el sueño.“Desde que lo vi (el barco) le dije a Harry, ‘tenemos que hacer algo más con esto’”, narra ella, quien lo compró y lo rebautizó como ‘(Im)Possible Dream’, tachándole el imposible. Luego, junto a Horgan, lo puso a disposición de ‘Shake-A-Leg’.
“Las fronteras y los límites no me definen”, dice Deborah. Cada día se entrega en vida y alma al proyecto a fin de conectar a todo tipo de comunidades (discapacitadas o no) con la experiencia de la navegación y demostrar al mundo “que si se quiere se puede, que el resto son excusas”.
Viento en popa y a toda vela, desde su base en Miami, el ‘(Im)possible Dream’ ha navegado las aguas de Norteamérica con visitas a comunidades costeras en los Estados Unidos, las Bahamas, América Latina y el Caribe. Dichos trayectos no solo le alegran la vida a sus tripulantes, sino a todos aquellos que los esperan en los puertos.
“Cada viaje es distinto y maravilloso. Ponemos música, cada navegante tiene la oportunidad de manejar el bote”, detalla Deborah y de todos los recorridos recuerda con peculiar ternura el de Abaco en las Bahamas, donde posibilitaron a los niños especiales de la escuela Every Child Counts (Cada niño cuenta) de vivir su momento de marinero.
“Estoy empezando a pensar que este era mi destino” reflexiona Deborah sobre su discapacidad física. “Lo más maravilloso es que hay personas en peores condiciones que yo, que no tienen las mismas posibilidades que yo y que, incluso, hacen más que yo; son un increíble soporte para los demás”.
Deborah alega que el bote además es una forma de conectar a la organización con líderes políticos con el propósito de concienciar a las comunidades sobre la realidades que enfrentan día a día los individuos con discapacidades.
“No te lo niego, algunas veces me da rabia no poder hacer cosas simples, cosas que todos hacen”, expresa en referencia a la discriminación que ha sentido en varias ocasiones y pone de ejemplo a la compañía de transporte Uber, que aún no cuenta con un servicio para minusválidos.
Aunque Deborah reconoce el sinnúmero de baches en el sistema para personas con impedimentos físicos, admite que en las últimas décadas se ha avanzado enormemente en programas de inclusión y ayuda. En el verano pasado ofreció un recorrido en el ‘(Im)possible Dream’ al ex-presidente George HW Bush, quien firmara la Ley para Personas con Discapacidades (ADA, por sus siglas en inglés) en 1990.
“Esta Ley nos ha devuelto la esperanza de una vida feliz y productiva”, apunta Deborah y comenta agradecida sobre el profundo impacto del presidente Bush en su vida y en la vida de muchos otros discapacitados.
Con la apertura de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, a inicios de año, los tripulantes del ‘(Im)possible Dream’ se atrevieron a participar en la octava edición del Conch Republic Cup; una regata de alto perfil donde navegaron desde Cayo Hueso (Fl.) hasta Varadero, a unos 150 kilómetros de la capital cubana.
“Fue una belleza. Un verdadero intercambio cultural por medio del deporte”, apunta Deborah. “Aunque no dejaron entrar cubanos, ni gente con ciudadanía americana por miedo a que se vinieran en el bote”, confiesa.
Y como si el estar presente en la carrera no fuera de por sí un logro, adueñarse del segundo y tercer lugar frente a otros cincuenta barcos comandados por marineros sin ningún tipo de impedimento, rebasó las expectativas absolutamente.
“La fuerza que adquirí de mis padres me ha hecho sobrellevar todo en la vida y mi deseo es expandir su mensaje por el mundo: nunca te rindas”.
Y es que Deborah es hija de dos sobrevivientes del Holocausto. De dos que pasaron “los mejores años de su vida” tratando de resistir a “la máquina de muerte” del Tercer Reich. El campo de concentración de Auschwitz (actual Polonia), mayor centro de exterminio en la historia del nazismo. (Se calcula que fueron enviadas cerca de un millón trescientas mil personas, de las cuales murieron un millón cien mil).
Hace veintisiete años Deborah preparaba su vientre para engendrar al par de niños que anhelaba tener con Raoul, su esposo italiano. Para criarlos bajo el sol de la Toscana, en la casa campestre de Chianti. Fue un día del año noventa en que el sueño venció a ese camionero sobre aquella larga carretera italiana.
“Cuando recuperé la conciencia estaba hecha pedazos, mi cabeza se había desbaratado contra el parabrisas”, recuerda Deborah. El cinturón la había salvado de la muerte, pero también le había fracturado la espina dorsal. A pesar del sinfín de cirugías a la que fue sometida, jamás recuperó la movilidad en sus piernas.
Dos años más tarde se fue Raoul. Y para siempre. Una extraña enfermedad degenerativa consumió la vida de aquel fotógrafo aventurero de quien ella se había enamorado perdidamente cuando vivía en la Gran Manzana. De repente, Deborah se encontró sola, en un país ajeno, viuda y sin nadie que le moviera la silla de ruedas.
“Regresé a Estados Unidos con el sentimiento de que había perdido todo lo que amaba”, dice la mujer, de alguna manera afrontando la clase de pérdida total que sus padres sufrieron en su juventud.
Aquello le bastó a Deborah para darse cuenta de que vivir es una tarea del día a día. “Me dije a mi misma si ellos pudieron superarlo, yo también. Encontraré la fuerza interior para seguir adelante y luchar pase lo que pase”.
Sus piernas permanecen inmóviles, sin embargo, aventaja por dos nudos a la embarcación más veloz. Deborah va a bordo del ‘(Im)Possible Dream’. Es la capitana de un sueño imposible.