Opinión

¡Veinte mil militares a lo largo de la frontera con Haití!

Por R. A. Ramírez-Báez

Los Estados Unidos han vendido   al mundo  dos indiscutibles paradigmas:  una nación creada por inmigrantes y, al mismo tiempo, el  paraíso  terrenal de los derechos civiles  con que exhiben  su democracia representativa. Pero   a partir del estrepitoso derribo de las Torres Gemelas en 2001, el país ya no puede ocultar  tres conflictos internos: 1) la Ley Patriótica, que  concede amplios poderes a los servicios secretos para vigilar la vida privada de los ciudadanos estadounidenses bajo  pretexto de protección contra el terrorismo; 2)  la construcción de unos 1,125 kilómetros de muro en la frontera sur con Méjico; 3) y la aprobación irrevocable de que la Guardia Nacional en los Estados fronterizos asuma la responsabilidad  de  proteger  sus respectivas   fronteras para evitar la entrada de inmigrantes ilegales a su territorio. Desconozco que Francia y Canadá, ya conocidas potencias que presionan para que República Dominicana y Haití sean fundidas en un único Estado, se hayan referido  al muro méjico-estadounidense. Sin embargo, si el gobierno dominicano anuncia que construiría un muro fronterizo, ya tendría  dos frentes; la presión de la ONU y los testaferros dominicanos que fungen de Caballo de Troya, hasta cristalizar su mórbido propósito: ver con sus propios ojos a la nación dominicana fundida con Haití.

En referencia al muro, Méjico no tardó en hacer que  su Ministro de Relaciones Exteriores,  Luís Ernesto Derbez, en su momento, enviara una nota diplomática a la Casa Blanca en que advertía que “dicho muro no era una solución correcta y que  podría representar un agravio entre ambas naciones”. Los que apoyan la construcción del muro no tardaron en responder que su país tiene derecho libérrimo  de cortarle el paso a la inmigración ilegal que penetra en su territorio; luego, un extenso reportaje aparecido en  los principales periódicos del país afirmaba que 1. 2 millones de ilegales fueron arrestados durante el 2006.

Los conflictos fronterizos entre  los EEUU. y Méjico  es asunto que concierne exclusivamente a ambos Estados; así, lo han manifestado la ONU, Canadá  y  la Comunidad Económica Europea y el resto del mundo. Entonces, ¿Por qué estos países se atribuyen derechos para intervenir en los conflictos fronterizos entre Haití y República Dominicana? Como si los derechos nacionales quedan supeditados a los intereses de un internacionalismo que suplanta la soberanía por una marcada agenda.   Sencillamente, estos países pretenden cargar la tragedia haitiana a la República Dominicana; no han escatimado esfuerzos en apoyar a que miles de haitianos pasen la frontera de manera ilegal. Todo para evitar que por razones de idioma los haitianos prefieran emigrar  en oleadas hacia Francia y Canadá. Estas potencias que siempre han  sido colonialistas y  persisten en que  el estrepitoso colapso de Haití debe ser cargado por los hombros del pueblo dominicano. ¡Dominicana jamás  podrá salvar el derrumbe de la nación haitiana! Sin embargo,  República Dominicana para poder seguir adelante como nación necesita de la imperiosa necesidad de estrechar vínculos con Haití, como los hacen Méjico y EEUU, cuyas diferencias no forman parte de la agenda interventora de la ONU. Toda  frontera  nunca deja de ser una línea fatídica que unas veces funge de buen vecino y otras alimenta la desmedida pasión de la enemistad.

La historia demuestra que cuando una nación intenta absorber a otra, una de las dos culturas tiene  obligatoriamente que desaparecer o permanecer subyugada.  Y por naturaleza, toda cultura resiste con fuerza  espartana los designios de su muerte. La solución para resolver el conflicto no es forzando  a una desmedida migración que destroza la salubridad,  destruye el equilibrio ecológico de ambos lados de la balanza que a la postre traerá circunstancias funestas para ambos pueblos. Todo por la presión de las Organizaciones Sin Fines de Lucro (SFL) y las grandes potencias que de manera abusiva se han propuesto desconocer la historia dominico-haitiana.   Tampoco se puede pasar de los límites de la solidaridad hacia el hundimiento definitivo.  Cada Estado tiene que asumir las responsabilidades de sus respectivas naciones; hacer valer sus leyes y sus derechos civiles, consagrados en su  Constitución.

A todo esto se agregan la ONU, los jesuitas y las Organizaciones Sin Fines de Lucro (SFL),  registradas en toda la geografía nacional y  los testaferros que fungen de Caballo de Troya   para que los EEUU, Canadá y la Comunidad Económica Europa se propongan agilizar el acelerado proceso de despedazar al Estado dominicano. El Caballo de Troya cuenta con una legión de turiferarios y asalariados de los diferentes  organismos internacionales que en las últimas tres décadas se han propuesto acelerar la desnaturalización de  República Dominicana.

Los premeditados procesos para desarticular a la nación dominicana cuentan con los estrambóticos argumentos que insisten en atribuirle al pueblo dominicano un sentimiento “antihaitino”. He aquí los juicios de estos adláteres cuyos argumentos van desde la ideología de la negritud, hasta los prejuicios raciales. Tratan de socavar el derecho que tiene cada nación de hacer cumplir sus propias leyes, sin que otros países, tengan que  presionar para lograr otros objetivos adversos y ulteriores que afectan sus respectivas soberanías. De ahí que insisten en que los asuntos de  soberanía radican  en ser guardianes de gobiernos corruptos y en arrodillarse ante potencias que dispensan un jugoso salario para que se nos diga que tenemos que fundirnos con nuestro vecino;  ese mismo  invasor apoyado en dos frentes: en un ejercito de agentes asalariados y otros que no escatiman recursos para desaparecernos como Estado soberano.

Los dominicanos, basados en nuestra soberanía,  tenemos el libérrimo derecho de  exigirle a nuestro gobierno,   adicionar y luego enviar, veinte mil   militares a lo largo de los 384 kilómetros  de la frontera con Haití para preservar algo que a ojo de todo y de todos está en peligro: ¡La integridad de la nación dominicana!

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