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Surrealismo a la dominicana

Por Jochy Herrera

El óleo del pintor holandés Hieronymus Bosch (El Bosco) titulado El Jardín de las delicias es una obra de difícil estudio para los historiadores del arte, entre otras razones porque fue completada entre 1480 y 1490 en pleno Renacimiento, mas sin embargo reúne características artísticas, morales y filosóficas inclasificables dentro de aquel período. Se trata de un tríptico sobre tabla de contenido preeminentemente simbólico que para muchos representa la fragilidad del universo: el tercer día de la creación y el paraíso terrenal aparecen a la izquierda, le sigue la lujuria y el pecado en el centro y lo completa la pieza derecha ilustrando la vida en el infierno. Más allá de los rasgos divinos, si se observa cuidadosamente este monumental lienzo expuesto en el Museo El Prado de Madrid se destacan en él multiplicidad de objetos, docenas de ellos caóticamente distribuidos a través de la escena y carentes de relación espacial. Es quizás por este detalle que muchas obras de El Bosco han sido consideradas predecesoras del Surrealismo.

Surrealisme fue la definición con la que Apollinaire y posteriormente André Breton catalogaron, más que a una corriente de expresión pictórica y literaria, a una nueva forma de ver el mundo en aquellas primeras décadas del siglo XX: “(un)…movimiento que intenta sobrepasar lo real impulsando con automatismo psíquico lo imaginario y lo racional”. Interesa para los fines de estos párrafos, entender la forma como Breton conectaba el surrealismo pictórico con la realidad: “…el inconsciente es la región del intelecto donde el ser humano no objetiva la realidad sino que forma un todo con ella. El arte, en esa esfera, no es representación sino comunicación vital del individuo con el todo”. Nótese que se trata de la creación de un todo sin intención premeditada pero un todo que transmite el ser y el sentir de la colectividad sin mediación de estudio o regla; sin técnica o sostén teórico particular. Un todo que incluso no persigue expresión artística per se y que sin embargo está presente en la cotidianidad de nuestro alrededor.

La República Dominicana, sea ello a través de su entorno, en su acontecer o con sus expresiones populares exhibe poderosísimos rasgos surrealistas que en ocasiones obligan al observador a detenerse e intentar comprender la lógica, o la falta de ella, ante escenas que no pueden ser analizadas de otra manera. En un viaje reciente por la carretera de Samaná encontré una parada, la Plaza Turística Don Francisco, quizás la única en todo el trayecto, situada entre los arrozales del municipio de Guaraguao, Provincia Duarte. A primera vista se trata de un lugar como otros tantos donde se toma algo, se va al baño y se retorna a la autopista. Sin embargo, el local es toda una aventura visual que sólo recuerda el cuadro de El Bosco ya descrito: a la izquierda del gran salón de ventas, justo al lado de los servicios públicos aparecen media docena de sillas de ruedas nuevas y andadores para ancianos colocados contra la pared; en el centro, cerca del largo mostrador que ofrece galleticas saladas, dulces importados, queso de hoja, dulce de leche, salami frito, longaniza, moro de habichuelas negras, arepas de yuca y paticas de puerco, entre otras delicias, hay una mesa que exhibe en venta una planta eléctrica Honda aún en su envoltura plástica original; hacia la derecha encontramos otro conjunto de objetos de no menor interés: una serie de estatuillas y deidades de diferentes colores y tamaños entremezcladas con piezas automotrices.

En este grupo de estatuas se destacan las imágenes en arcilla y yeso de la Virgen de La Altagracia, el niño Jesús y San José agrupadas un tanto al azar entre otra serie de estatuillas de aparentes rasgos taínos; aparentes porque éstas, ya de mayor tamaño, unos 4 pies de altura, representan indígenas por la vestimenta que lucen, mas sus rasgos e incluso sus pechos desnudos, en el caso de las féminas, podrían haber sido extraídos de cualquier ejemplar de la revista Playboy: vemos aquí una estilización casi nórdica de los pezones, las caderas y los senos; las narices masculinas, por su parte, nos recuerdan las imágenes helénicas del Olimpo. Hay, por último, un grupo de muñecos en venta colocados más cerca de la entrada; están vestidos de color rojo estridente y cubiertos de pelo rubio, poseen facciones masculinas y pecas en la cara. Es decir, lucen ser gnomos de esos que acompañan a Santa Claus en sus travesías y similares a los que uno puede encontrar en los malls estadounidenses en época navideña.

Más que intentar proponer un paralelismo entre las características pictóricas del surrealismo y lo puramente visual del entorno dominicano me interesa aquí destacar cómo ese montón de objetos en el local ya mencionado, disímiles, dispares y a todas luces contradictorios entre sí, de alguna forma representa una forma de dominicanidad. Una que ha sido creada a expensas de las necesidades materiales del sujeto, o las impuestas; necesidades que con frecuencia son urgentes para una gran mayoría y que han sido transportadas justamente al lugar más insólito: allí donde la falta de luz eléctrica justifica las plantas portátiles que pocos pueden comprar; allí donde no hay la suficiente luz para alumbrar arbolitos de navidad que acogerán gnomos a sus pies; y donde las sillas de ruedas que pudiesen adquirir los discapacitados se romperán en las calles y aceras abandonadas de la mayoría de nuestras ciudades y pueblos.

Hace muchos años Carlos Francisco Elías expresó en un artículo publicado en el diario Hoy que si André Breton viviera “la República Dominicana fuera el hogar ideal, estratégico, del surrealismo mundial”; lo dijo no en referencia a disquisiciones pictóricas sino en el contexto de una decisión de las cámaras legislativas sobre el escándalo de corrupción en la Cámara de Cuentas allá por el 2004. No he sido yo, por tanto, el primero en conectar a Breton con nuestro país, ni tampoco han cesado las expresiones surrealistas en nuestra nación desde entonces. ¿Acaso no lo son el fiasco de Bahía de Las Águilas; los acuerdos de la Barrick Gold; el caso Baninter; la demanda contra PROFAMILIA; el ataque de la jerarquía católica a la preferencia sexual de un embajador mientras al mismo tiempo elogia al autor de horribles abusos domésticos maritales; y el apagón que impidió la audiencia del caso Guillermo vs. Leonel en el Palacio de Justicia y un largo etcétera?

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