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Solo el diálogo

Por Antonio Almonte

A la Republica Dominicana y a Haití les deberían esperar largos, tensos y fructíferos años de dialogo.

Diálogo sobre como optimizar las oportunidades de comercio, inversiones e intercambios de capital y trabajo entre ambas naciones.

Diálogo sobre las relaciones de cooperación de amplio espectro.

Diálogo para desarrollar instrumentos jurídicos y políticos que sirvan para regular los flujos migratorios  sin menoscabo de los intereses estratégicos de cada nación y el respeto a los derechos humanos.

Diálogo sobre amenazas y desafíos comunes, como la sostenibilidad ambiental de la isla, el control del narcotráfico y las operaciones de contrabando.

En fin, diálogo para la construcción de una frontera que sea tal y con características de mutuo  beneficio.

Esos diálogos deberían vertebrar, paso a paso, el patrón de relaciones futuras entre los dos gobiernos, entre sus sectores productivos y, en fin, entre las dos sociedades.

Por el contrario, las diatribas xenófobas y la exclusión y represión de dominicanos descendientes de haitianos solo servirán para abonar resentimientos y discordias interminables entre los dos pueblos.

Porque, lo que los dominicanos reclaman desde hace décadas a las autoridades es que  ejerzan un control riguroso de la inmigración haitiana. El pueblo no ha pedido que despojen de la nacionalidad dominicana a centenares de miles de criollos nacidos y criados en su seno y amparados por la Constitución vigente hasta el 2010.

Así las cosas, puede afirmarse que la sentencia del Tribunal Constitucional es una acción de contrabando político. Un acto oportunista que busca pescar en rio revuelto y que ha manipulado un justo reclamo de la gente  para legitimar una arbitrariedad perturbadora.

Además, si no hay controles ni responsabilidad podríamos tener esa y otras sentencias, pero la frontera seguiría abierta y la “invasión” continuaría  con todas sus consecuencias.

Los norteamericanos y los europeos – por ejemplo - mantienen férreo control migratorio sin desnacionalizar minorías nacionales ni valerse de sentencias de ese jaez.

El diálogo de amplias miras entre  ambos estados debería enmarcar las políticas migratorias de largo plazo.

Veremos que, al final, cuando el griterío y  los alardes se diluyan, solo el diálogopermanecerá como opción civilizada y progresista.

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