Accidentes

Sobre togas, turbas y miedos

Por Jochy Herrera

Gracias a sus contribuciones pictóricas con temas relacionados a la Historia clásica, el italiano Vincenzo Camuccini (1771 - 1844) es uno de los más respetados pintores del período neoclásico; entre sus obras se destaca Morte de Césare, lienzo ilustrador del asesinato de Cayo Julio César aquél marzo de 44 a.C. fecha del tiranicidio concebido por sus colaboradores cercanos y liderado por Décimo Junio Bruto, Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto. Tras arribar a la Curia, el césar es acuchillado frente a la estatua de su otrora enemigo Magno Pompeyo en un mítico episodio genialmente recreado en el cuadro de marras. En él, la imagen de Julio César brilla en primer plano gracias al contraste de la luz con su vestimenta: una elegante toga color rojo púrpura que sostiene con la diestra mientras semi-arrodillado ante la inminencia del fin, observa las manos de una veintena de conjurados quienes, blandiendo dagas, aparecen esparcidos entre los planos laterales de la obra. Cuenta la leyenda que al verse acorralado y mortalmente herido tras fútilmente defenderse con un estilete, Julio César extiende su toga y se cubre con ella la cabeza a fin de no mirar el rostro de sus asesinos.

No intentan estos comentarios trazar paralelo alguno entre aquél decadente Imperio y el correcto ejercicio del Derecho o la Política contemporánea; apenas aprovecho la circunstancia de lo que la sociedad romana creó alrededor de dichas disciplinas entendiendo su decisiva influencia en Occidente teniendo en cuenta los recientes hechos que han afectado el desenvolvimiento de la Justicia en la República Dominicana. La toga, al igual que el birrete, en la Roma de los césares y en el curso de la evolución de la judicatura, a través del tiempo acarreó en sí misma un poderoso símbolo de respeto para el abogado, tal cual ocurría con los académicos, los cónsules, los pretores y las autoridades de la antigüedad quienes también la vestían. Las habían de diferentes tipos y colores: la toga viril, la plamata o la toga praetexta, mas todas representaban la indumentaria de la distinción; eran el vestido que adjudicaba a los togati la presuposición de verdad y justicia que el ciudadano asumía como cierta e inviolable. Más que una prenda que exalta y distingue al letrado de las partes en litigio –como expresó un reconocido abogado colombiano– “la toga la constituyen los pliegues paternales con los cuales tapamos nuestras miserias para resaltar las mejores condiciones que nos acompañan, entre ellas la decisión inconmovible de ser justos e imparciales”.

El conglomerado social, llámese éste el vecindario que nos acoge, nuestro círculo de allegados o la nación de la cual formamos parte, de acuerdo a la Sociología podría tener variadas manifestaciones y aglutinarse en diferentes tipos, a saber: una multitud (un conjunto de individuos que se encuentran físicamente juntos, caracterizados por ser pacíficos y carentes de objetivo común, digamos un grupo de curiosos ante un accidente); un auditorio (conglomerado reunido en un local o recinto con un fin particular de interés mutuo, como sería un concierto); una manifestación pública (una reunión respetuosa y pacífica de cualquier índole); un conglomerado residencial (por ejemplo, un complejo de apartamentos); y una turba, del latín turba, “muchedumbre de gente confusa y desordenada” según el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Es interesante observar el que la Sociología categorice a las turbas como un aglutinamiento ‘por definición incontrolable y sin espacio para el razonamiento’, caracterizadas ellas por tener un enemigo común: “alguien o algo a lo que perseguir o atacar”. Justamente, las conductas con las que comúnmente se pierde la compostura y el raciocinio están motivadas por uno de los más profundos instintos humanos: el miedo. Nótese que no hablo aquí de los apocalípticos miedos trazados por el gran Durero en su magistral lienzo Los cuatro jinetes (la muerte, la guerra, la enfermedad y la pobreza). Hablo de los miedos que alientan a las hordas vestidas de turbas, o a las turbas vestidas con togas, que desesperadas, bajo riesgo de perder las limosnas que la corrupción política reparte, se lanzan al carnaval del más grosero tigueraje nunca antes visto en los confines de un recinto de la Justicia.

No olvidemos, nosotros, ciudadanos traicionados por la institucionalidad destruida, la respuesta que Cayo Julio César dio a su esposa Calpurnia Pisonis apenas unos días antes de su asesinato; preocupada y sospechosa de la trama urdida por los más cercanos al gran Emperador, ella le advierte rogando cautela. Ante ello, Julio César responde que “sólo se debe temer al miedo”. Hoy, frente a las acciones de turbas asustadas por la posibilidad de perder lo inmerecido (las prebendas con que les compraron sus almas) los más lúcidos deberán recordar que frente a la amenaza que se nos viene encima, la que parece descalabrar las bases de la nación sacudida en esta aciaga era de ignominias vestida de nombre y apellido, no hay, ni debe haber espacio alguno para el miedo. Es decir, tal como advirtió el césar, abracemos sin temores la valentía; la la firmeza necesaria para enfrentar ese odioso cáncer epidémico ya diseminado por todos los rincones del país: la impunidad.

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