Umbral

Prisa, tecnología y política

Así caminamos hacia una sociedad de aspirantes, no de individuos conscientes de la importancia de construir para el colectivo, de avanzar de a peldaños sin derribar al que inició primero y con esfuerzo la marcha hacia el progreso

Por Manolo Pichardo

En anteriores artículos me he referido a la sociedad que Occidente está moldeando sobre la base de la deconstrucción de un modelo que ya abandonaba los valores de la Ilustración que marcaron el inicio del fin del oscurantismo, dando paso a la ciencia y, con ella como madre, poniendo en el centro de las actividades humanas a la razón, instrumento útil anclado en la evidencia para desbrozar los “misterios” de la naturaleza, a fin de dominarla para ponerla al servicio del hombre.

El ocio fue pieza clave para el desbroce de los marañosos e incomprensibles paisajes del universo en su vastedad, y las diminutas expresiones con que este monstruo impacta en la cotidianidad del individuo, pues la observación, derivada del tiempo muerto que escapaba del ajetreo intenso de las prácticas religiosas que tenían como motor a los dogmas, frenó los “porque sí” de una sociedad conforme con las divinidades, los mitos y sus cultos, al punto de traer luz a la propia religión, que comenzó a revisar la validez de muchos de sus ritos y a ecualizar sus ruidos para la nueva sociedad.

El movimiento de factura europea se paseó además de la ciencia y su razón, por la política y las humanidades, trayendo libertad de pensamiento, conciencia política y conciencia social, en el marco de una intensa búsqueda de la verdad, que desde la filosofía hasta la literatura, se hundía en un constante debate existencial que abría las puertas al descubrimiento del hombre como ser biológico y como ser social; al descubrimiento de los movimientos de su entorno en una carrera que lo comenzó a alejar del ser primitivo que adoraba, en calidad de dioses, tanto a los fenómenos naturales, como a los fantasmas de su imaginación.

Llegó un momento, sin embargo, que aquello tomó un giro distinto, las artes y la filosofía, y en menor grado la ciencia, fueron tomando lugares de menos relevancia en la actividad humana, en razón de que un sistema de producción basado en la ganancia del individuo, como nunca antes en la historia de la humanidad, recurrió al consumo desmedido, promovido para garantizar rentabilidad, lo que requirió de tecnología y más tecnología, en un frenesí tan sofocante que deshumaniza, que va haciendo del hombre un autómata en la carrera por llegar a la cima de las riquezas o la notoriedad sin construir caminos y sobre los escombros del más lerdo o el más olvidado por el Estado.

Así crecen nuevas generaciones de individuos, sin respeto por los valores universales, sin compromisos éticos; avanzando a tropel y despojados de todo compromiso ciudadano, por lo cual las reglas no importan y el trabajo ajeno tampoco, porque lo quieren todo y ahora. Así caminamos hacia una sociedad de aspirantes, no de individuos conscientes de la importancia de construir para el colectivo, de avanzar de a peldaños sin derribar al que inició primero y con esfuerzo la marcha hacia el progreso que, trabajado en colectivo, impacta en lo individual.

Veo el descarrilamiento a diario, las maestrías no tienen como fin el conocimiento sino el ascenso, y en medio de este escenario convertimos pueblos enteros en consumidores, no en ciudadanos; de ahí que, ante la más mínima dificultad económica, social o política, sale el animal primitivo que la Ilustración comenzó a civilizar para que comprendiera el mundo y fuera feliz.

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