Vivencias

Piedras pa´los más chiquitos

Por Rafael Alvarez de los Santos

Un país no es solamente un territorio; el territorio específico no es más que sus cimientos. El país es la idea que se erige sobre esos cimientos; es el sentimiento de amor, el sentimiento de fraternidad que une a todos los hijos e hijas de ese territorio. A ese sentimiento se ha llamado nacionalismo.

Pero el nacionalismo va más allá del amor al país, el orgullo por sus éxitos y la preocupación por su bienestar. Las metas del nacionalismo son defender el bienestar del país y defender los valores y características sobre los que se erigió desde el principio un sentimiento compartido de identidad y destino.

Visto así se entiende que en el país se han erigido dos discursos nacionalistas: el de los conservadores y el de los liberales.

Duarte, el primer liberal,  concibió un país independiente de toda potencia extranjera; nuestro padre enarbola desde la más sublime contemplación la verdadera concepción de la soberanía. Pero no olvidemos que cuando habló de toda potencia extranjera no se refería exclusivamente a Haití pues los grandes imperios del momento España, Francia e Inglaterra habían dejado su impronta.

El otro nacionalismo, el conservador, encontró en Trujillo su mejor defensor. El nacionalismo conservador se empinaría sobre el prejuicio racial y la desafección hacia lo negro como negación de la dominicanidad ideando un proyecto de blanqueamiento social y creando un nuevo color denominado indio  oficializado en los documentos personales.

Es que el nacionalismo también con frecuencia exige una devoción fanática que excluye a otros y puede alimentar un sentimiento de superioridad sobre ellos.

Hoy en día el discurso nacionalista que prevalece no es el de Duarte, sino el de Trujillo emulado por sujetos que sirvieron al régimen y que ven en ese discurso lleno de odio la manera de permanecer vigentes en una sociedad que les desprecia.

Y es que ellos, los mismos de ayer, siguen siendo los de hoy. Se expresan contrarios a la presencia haitiana, pero apañan su entrada ilegal porque representan una mano de obra más barata y más fácil de chantajear para los sectores que representan.

Si existen haitianos ilegales es porque los mecanismos para evitarlo no han funcionado, porque se prefiere la componenda y el silencio ante una frontera que sólo existe en la mente de unos pseudos patriotas que luego de traer los haitianos y explotarlos en diferentes trabajos los expulsan y apelan al mismo discurso nacionalista para que la sociedad se lo celebre.

Al final juegan a los súper héroes, los que nos “defienden” de la “nueva invasión” de quienes “otra vez nos quieren poner bajo su yugo” y “dominarnos”. Saben muy bien manejar el discurso por eso utilizan el tema y la realidad a su antojo. Siempre que apelen al nacionalismo saldrá una parte de la sociedad a aplaudir la injusticia como ha sucedido con la famosa sentencia del Tribunal Constitucional.

¿Dónde se esconden esos nacionalistas cuando el Congreso aprueba contratos lesivos para el país? ¿Acaso no es eso atentar contra la soberanía?

Si la sentencia fuese a terminar con la entrada ilegal de haitianos y regularizara la situación estableciendo contratos de trabajo con plazos claros y normas establecidas, quizás la reacción fuese otra, pero el problema es mucho más complejo porque esa mano de obra les resulta más rentable siendo ilegal.

Por cierto: anoche soñé que Estados Unidos decidió no dar la nacionalidad a decenas de hijos de mujeres que fueron a parir en ese país con esa intención y otra vez nos salió el nacionalismo, pero invertido. Fue una pena que ahí desperté…

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