La sociedad dominicana es una sociedad que no cierra sus heridas, lo cual le impide una verdadera revolución social que implique a todos los actores y de tener una misión y una visión que puedan energizar y potencializar a cada uno de sus ciudadanos hacia logros de metas comunes, que  impida cada cierto tiempo el florecimiento de la miseria humana de manera sempiterna.

Hurgar en los entresijos íntimos de la vida societal dominicana, a través de sus macro interacciones y micro interacciones, nos permiten comprender los vaivenes de nuestras acciones colectivas. Clarificar los recovecos de esa oscura madeja pesarosa que nos impide avanzar como nación, es el loable desafío de los ciudadanos comprometidos con un presente más halagüeño y un futuro más significativo.

En esta sociedad virtual izada se requiere asumir nuevos paradigmas que la acompañe en una sana armonía para desterrar el dolor que no se cierra, el resentimiento colectivo que a menudo se expresa en rinconcitos que no nos permiten asumir con coherencia lo que pensamos y lo que hacemos. Que ayer hagamos una cosa y mañana hagamos otra, del mismo camino. Ayer negamos lo que hoy  afirmamos con una crudeza espantosa.

Este ha sido el juego de nuestra historia, de la verdadera y de la creada, por lo que hoy como ayer, con sus distorsiones, manipulaciones y engaños, nos envuelven como actores para hacernos creer que somos los villanos y ellos los héroes. Tiempo después, nos convierten en héroes, pero ellos recogen “los resultados”, no importándoles el mañana, porque de este, ya veremos y por demás es tan cargada y asombrosa la vida cotidiana que ya no tendrán tiempo de colocar cada cosa en su lugar y juzgar consecuentemente ese pasado.

Por eso, vemos a lo largo de los últimos 51 años, como los actores en conflicto, se desgarran y se unen sin clarificar nada. Solo el momento coyuntural los une; al tiempo que los que deberían estar juntos para un proyecto estratégico que situara al país en un cemento más solidificado y firme, se encuentran separados. El ritmo de la historia se acompasa pues, en una arritmia que el pentagrama no logra auscultar en las notas musicales.

La falta del cierre de las heridas como sociedad, nos lleva a repetir de manera nefasta para el colectivo; episodios que se tenían superados. El saneamiento no se produce y los protagonistas del ayer prolongados en el hoy, crean desafíos y fisuras que siguen retardando el noble equilibrio de una sociedad que merece mejor suerte.

Los conservadores de hoy, como de ayer, se regodean en sus éxitos, en sus propósitos, en sus fines, que van más allá del conjunto, porque en todo el devenir transcurrido de la historia de los 51 años, al final no hay juicio con consecuencias materiales para ellos y la historia como valor, como expresión de entereza, de dignidad, de honor, de PATRIA, constituyen palabras, meras abstracciones que no mueven sus corazones. Horroriza, pero no a ellos, pues después de todo, han prolongado su pasado en el presente, sin pagar nada.

Vemos como los esbirros de la tiranía más cruel y sanguinaria de los 31 años, no le pasó nada. Han ido muriendo lentamente,  recreándose y mutándose en un conservadurismo más “moderno”. Algunos la consciencia sublevada lo ha llevado al suicidio.

Los que mataron a Manolo, a quien agarraron vivo, nunca se arrepintieron de aquel vil asesinato, todo lo contrario, lo reinvidicaron con alegría. Muchos de sus protagonistas han muerto, pero su herencia de sangre, se encuentran en su metamorfosis fingida, unidos a los que derramaron la misma.

Los 12 años de Balaguer y lo que ello significó para nuestro país en sangre, dolor, lágrimas y deportaciones; nadie juzgado, nadie condenado. Más de 1,200 muertos. Los que dirigieron la Banda Colorá, hoy son “personajes” que se pavonean sonrientes de sus hazañas. Nunca han pedido perdón a la sociedad. Los que asesinaron a Caamaño, disfrutan sus bienes y riquezas, sabedores que no le pasará nada. Los autores intelectuales de la muerte de Orlando andan por ahí, tal vez dispuestos a repetir sus locuras. Los que mataron al profesor Narciso González, tanto los autores intelectuales como materiales, caminan con su seguridad pasmosa porque la vida les pertenece.

Los que protagonizaron los fraudes electorales del 1978, 1990, 1994, incluyendo a los miembros de la Junta de esos tiempos; a nadie le pasó nada. Los que han robado de manera descarada, ostentosa y exhibicionista el erario público en los últimos 51 años, nadie ha ido a la cárcel, constituyendo la complicidad y la impunidad más vil que sociedad alguna haya vivido.

En cambio, vemos el espejo de Chile, de cómo se encuentra a sí mismo creando la historia con responsabilidad. Pinochet fue juzgado y condenado por ASESINO Y LADRON. En Argentina, los dictadores del 1976 están siendo juzgados y condenados. En Costa Rica, dos expresidentes están presos por corrupción. En Brasil, los dictadores de los años 70 y 80 del siglo pasado, han sido juzgados y condenados, encontrándose en la cárcel. Dilma Rousseff, la Presidenta, ha expulsado en menos de un año a 7 altos funcionarios por rumores de corrupción, éstos han tenido que renunciar. En Inglaterra  el Ministro de Energía tuvo que renunciar por una contravención de tránsito. ¡Por eso, esos países  crecen y se desarrollan!

Es que para que una sociedad avance, progrese, se desarrolle plenamente, necesita cicatrizar sus heridas y esto pasa necesariamente, por someter no sólo al juicio de la historia, que es futuro, a sus hijos malvados, sino a las durezas palmarias del presente.

¡La sociedad dominicana requiere desde hoy, comenzar a cerrar sus heridas, para que nadie intente glorificar el pasado azaroso y atroz de las acciones y decisiones perversas!