Arquitectura y energía

La máquina para vivir. Una maquina sana I

Por Juan C. Sánchez González

El gran maestro universal de la arquitectura Charles Édouard Jeanneret-Gris, conocido como Le Corbusier ( 1867-1965), planteó entre sus grandes verdades que la casa debía ser una máquina para vivir. Cuando el maestro hace esta afirmación quiere dejar nítido el concepto de que la edificación, en este caso la unidad habitacional, debe estar dispuesta para el ser humano como un instrumento al servicio de sus necesidades y su bienestar.

Se hace el planteamiento tomando a la vivienda como protagonista, pero desde luego el mensaje aplica a todo lo que sea producto de la arquitectura, a nivel profesional o a nivel de usuario cotidiano. Es este usuario, el que vivirá en la maquina y quien tendrá la experiencia diaria ya sea para disfrute o sufrimiento. Le Corbusier no pretendía dejar cabo suelto, y proponía que el proyectista se adelantara a los deseos del cliente interpretando su necesidades vitales dentro del espacio diseñado; pero…¿Es esto posible? ¿Incluso, se puede valorar como bueno o malo que el diseño se adelante a lo que el cliente quiere o necesita?

Tenemos más de una opción de respuesta para cada una de estas preguntas y desde luego sería desde la perspectiva del que sea que le toque contestar. Un proyectista puede tener el objetivo de querer plantear soluciones a las posibles necesidades de uso del espacio del cliente o usuario; también podría darse el caso de que prefiera dotar de cierta flexibilidad a su diseño y permitir que el usuario pueda producir cambios (mayores o menores) a su propuesta inicial. De igual modo puede ser el usuario el que prefiera una u otra cosa y así lo demande. En todo caso el bienestar es lo primordial.

Conocemos arquitectos e interioristas que prefieren dejar al cliente cierta libertad creativa con relación a la disposición de los espacios - donde desarrolla sus actividades- y los elementos móviles que se puedan encontrar en los mismos.  Por otro lado tenemos a quien la sola idea de que puedan alterar su obra le mortifica de tal manera que condiciona hasta los posibles movimientos reformistas del usuario.

Dotar de carácter a un espacio, o en ausencia de este crearlo con personalidad propia, posiblemente sea el súmmum del axioma de que la forma y la función son parte de un todo. Este y no otro será el objetivo último de la acción proyectiva: solventar las necesidades de espacio de las personas combinando forma y función para su beneficio.

Una máquina sana

Cuando se aborda un proyecto existen varias condicionantes de partida; estas condicionantes pueden venir dadas por factores externos, impuestas por el usuario o incluso puestas sobre la mesa por el propio proyectista. De la suma de las condicionantes + sus potencialidades + sus inconvenientes, se plantean las soluciones que darán con el producto terminado. Ya en otras ocasiones nos hemos referido a algunas de ellas y tal es el caso de las condicionantes climáticas, las medioambientales y las sociales.

El propio Le Corbusier las recoge en varios de sus escritos y de alguna manera en todos ellos plantea una más, una que está asociada intrínsecamente a todas las otras y que probablemente sea la más importante: el confort y la salud del usuario que habita el espacio.

El punto importante está en que esa funcionabilidad de la máquina de Le Corbusier sea vividera y que sume al balance energético, no solo del edificio, sino al buen balance energético de quien lo habita.  Algunos llaman a esto el Feng Shui de los espacios, nosotros, sin desmerecer el término, preferimos incluir esto entre las llamadas  buenas prácticas del diseño y la arquitectura, muchas de las cuales están al alcance tanto de proyectistas como de usuarios.

La semana que viene intentaremos concretar algunas.

Noticias relacionadas

Por

Noticias relacionadas

Comentarios
Seguir leyendo

Lo más leído

Más noticias

Síguenos en nuestras redes