Parecen humanos y casi lo son… Sin embargo, de nuestra supervivencia depende que los observemos con mayor detenimiento. Caminan erguidos, como los Homo sapiens sapiens comunes y corrientes. Su indumentaria, sea hombre o mujer, revela cierta posición holgada en una sociedad que, por regla general, aprieta y estrangula. Sus movimientos y gestos no despiertan sospecha. Hablamos con ellos y es entonces que nos damos cuenta de que algo no anda bien.

Su atención parece estar con nosotros durante la primera mitad del primer y único minuto que nos dedicarán o, mejor dicho, que pretenderán dedicarnos. Asienten, y todas sus subsiguientes expresiones faciales denotan que acusan concienzudamente el recibo de las información que les estamos brindando… pero entonces inician un lento, gradual, subrepticio movimiento de la cabeza hacia abajo, hasta que sus ojos conectan con el pequeño aparatito que llevan en la mano y se ponen a chatear en su Black Berry.

Son legión. Están por todas partes. Muchos de ellos ni siquiera intentan ocultar la infección, sino que orgullosamente la muestran, como un galardón, en la mano. Como un estandarte, un pase VIP, una tarjeta de identificación o insignia que les franquea la entrada a mundos mejores. Un distintivo que, idealmente, debería despertar la envidia de los que no lo poseen y que, por ende, no les queda más remedio que vivir en un mundo descolorido, hecho miserable por la ausencia del BB Messenger.

Las más discretas la ocultan en la cartera. Otros lo meten en los bolsillos, en baquetas especializadas, en guanteras, todos lugares que el Black Berry detesta, pues le gusta estar al sol y que su huésped lo lleve de paseo y le muestre what’s going on. A los que lo visten con coloridos covers y lo adornan con baratijas, sosteniéndolo insistente e incómodamente en la mano, al tiempo que tratan de hacer cosas como abrir la puerta de un carro, empujar un carrito de compras, darle leche a un bebe o hacer cien repeticiones con la pesa de 25 libras, es a estos a quienes su amo Black Berry recompensa con mayores glorias. A los tibios los vomita de su boca.

El primer signo de haber sido mordido por un Black Berry es la pérdida total e irremediable de los buenos modales. La señora que se entrevista con la directora del colegio en donde pretende matricular a sus hijos chatea mientras la educadora le explica su estrategia pedagógica; la conversación de los amigos en el bar es un acto acrobático en el que se entretejen la conversación que tienen entre ellos y la que tiene cada uno con sus incontables contacts; los estudiantes apenas escuchan al profesor, acechando la oportunidad de sacar el BB y escabullir alguna línea de chat, como prisioneros de la Guyana Francesa que lanzan, a riesgo de sus vidas, un comunicado desesperado a otro preso, a un guardián corruptible o al mar… Y lo realmente lamentable es que estas comunicaciones desesperadas, impostergables, la mayoría de las veces no pasan de ser ridículas sandeces que no cambian el rumbo del día de nadie.

La situación es urgente. Quedamos pocos sobrevivientes, Ya apenas quedan seres humanos en la ciudad capaces de comunicación en el plano terrenal. La Resistencia sucumbe y muchos, en sus desesperación, ya no evaden la mordida. Cada vez más, los marginados del Universo BB sienten que se pierden de una fiesta en la que todo el mundo goza de lo lindo, festejando la euforia de compartir  nada. Una estampa baste para ilustrar el estado de emergencia, uno que, sin duda, mis pacientes lectores habrán atestiguado personalmente: en un prestigioso restaurante de la ciudad, en una mesa siete personas miran hacia abajo, cerviz doblada, trabajando esos pulgares mientras chatean con los ausentes e ignoran a los presentes… tal y como les ordena su amo.