Opinión

La carta pastoral ¿o las nuevas trampas de la fe?

Por Carlos Francisco Elías

"¿Y con qué fin toda esta dialéctica en historia?¿Para qué ir al paraíso estando muerto? ¿Para qué alcanzar la gloria estando vivo,  si la gloria está muy lejos de este huerto?" (Canción mexicana, de Roberto González)

En medio de la droga blanca y pura mezclada con la sangre barrial, esa que se viste de ataúdes grises, como los ojos de la vieja obra teatral, en medio de todas las incertidumbres de un país desajustado, un grupo de prelados conservadores y devotos, nos tira el santo rollo de la fe.

En medio de dos formas de justicia, la de Karim Abud Naba'a y la de Gilbert (uno que se pasea por el Palacio Nacional, acompañado de embajadora, con la seguridad de su papi desde twitter en el piso de la cárcel, que hace mediático su paso por ella como un entretenimiento jevitón, el otro fusilado, pero vendido como intercambio de disparos, tradición de criminalidad oficial, para contener la delincuencia, que osa "poner de mojiganga" a altos oficiales "preocupados" por su deber; en medio de ese panorama, de nuevo se nos tira el rollo de la fe.

¿Puede ser creíble una carta pastoral que en nombre de un alto garabo teológico nos quiere obligar a concertar (en ese acatamiento acrítico que implica la práctica de la fe, lejos del espíritu escolástico de Santo Tomás, donde la fe al menos dejaba un espacio a la razón) toda  la fe posible en un panorama social tan desolador?

¿Se les olvidó a los obispos que Dios anda desnudo y con grandes ojos, que es acribillado cada cierto tiempo y abandonado en las morgues sangrientas populares, que cae en los tiroteos de barrios míseros y sin esperanzas condenados a la quietud de tarjetas solidarias y bombas lacrimógenas cuando sea necesario?

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En un país que va dejando los pedazos mientras se arrastra, con claros síntomas de evaporación, una carta pastoral más comprometida con la realidad que vivimos todos los días (incluye a los prelados también) hubiese sido ideal

Escaramuza teórica para escurrir el bulto, el texto hace un ejercicio histórico sobre la historia de la fe, mareados nos pasea por el Viejo Testamento y vuelve a hacernos otro recorrido  por el Nuevo Testamento, citas bíblicas van y vienen, y de nuevo entre el terror bíblico y la invocación iluminada, nos manda a cultivar la fe con una maldita devoción, que no veas…

Es obvio que enfrentamiento debido con el poder  político, que ponga en evidencia las fisuras sociales existentes que ahogan la vida a los más, ese no es el compromiso de la Carta Pastoral ¿Para qué?

Cuando leo el texto me pregunto al mismo tiempo, ¿Dónde viven todos estos obispos y arzobispos? ¿Dónde duermen, dónde comen, por dónde caminan,  con quién de su  rebaño hablan, con quién discuten, a quién le demandan tanta fe y con qué fin?

Cuando de modo pedagógico se pretende dar lecciones públicas de la necesidad de la fe, el análisis no debe demandar, de modo exclusivo, una acatamiento ciego en nombre de las divinidades y sacralidades sólo al servicio de una fe ciega  ante los desmanes humanos, a ojos vistas. Vuelvo a leer el texto, porque todo está en él, en él mismo no hay misterios, si uno sabe leerlo bien. Pero esta nueva lectura me lleva a  descubrir varias cosas.

La demanda desesperada por la fe no es otra cosa que el bulto que se escurre, y para escurrir ese bulto era necesario buscar un cuerpo de teoría sagrada, amagos teológicos de la no temporalidad, que sostuvieran con profunda santurronería la evasión profunda a la realidad social dominicana actual, que padecen todos los feligreses consumidores de religiosidad, clientes espirituales, seguidores de quienes han firmado una carta pastoral teorética, adornada de argumentaciones religiosas en relación con la fe, que pese a todo su adorno de citas citables, son más trampa que regocijo, más simulación ensotanada, que verbo claro para un país desorbitado.

No podía faltar un recorrido por Benedicto XVI y su tesis de la "dictadura del relativismo", cargada de abstracciones simbólicas propia de un lenguaje que no llama a las cosas por su nombre y lo que es peor: pretende hacer del concepto hedonista y del consumismo, un corolario general para el mundo entero, como si en el mundo entero los niveles sociales para aplicar esos adjetivos fueran exactamente los mismos. ¡Falso, absolutamente falso!

¿Admitirán alguna vez que los propios valores doctrinales de la Iglesia están en crisis, crisis de fe en las propias vocaciones de la Iglesia; crisis de fe provocada por el deterioro testimonial nacido de la misma Iglesia Católica?

Para que el galimatías sea entendible, he aquí una cita digna de reflexión:

"Hay, además, un pluralismo cultural, ideológico y de opiniones, que unido a la movilidad humana y a la mundialización, tiende a incrementar las injusticias, la corrupción política y la inversión de valores. Igualmente, el impacto que todo eso tiene en el ámbito familiar, con la consabida consecuencia de convertirse en caldo de cultivo para la delincuencia que lleva a la sociedad a un verdadero desequilibrio" (Carta Pastoral del Episcopado Dominicano, enero 2013).

Más Preguntas:

¿Por qué, según la carta pastoral del Episcopado Dominicano, un pluralismo cultural ideológico y de opiniones, unido a la movilidad humana y a la mundialización, tiende a incrementar las injusticias, la corrupción política y la inversión de valores?

Esa frase es una frase cohete, porque la idea del pluralismo en relación con la cultura y las ideologías, nada tienen que ver con la llamada "inversión de valores".

Lo que sí fomenta la inversión de valores es la pedofilia protegida por altos dignatarios eclesiales, eso sí fomenta la inversión de valores, el abuso de confianza confesional, la estafa moral a la feligresía, eso sí fomenta la inversión de valores.

En una Iglesia repleta de gays que no asumen con dignidad su preferencia, que al mismo tiempo desacredita a los laicos, hombres y mujeres que tienen esa preferencia sexual, vaya paradoja moral del siglo XXI, hipocresía rotunda del mayor calado.

Todo lo otro es cuento y oración mal construida, coja en su intención de neutralidad moral.

La razón teórica de esta Carta Pastoral, que se escuda en argumentaciones abstractas para nuevas trampas de la fe, es la simple y clara evasión del balance de la cotidianidad social de la República Dominicana.

La alta jerarquía, ha preferido un largo discurso apologético, pletórico en preciosidades discursivas, escudado en citas citables y con un contenido si no mal redactado, contradictorio en su contenido, como se verá luego.

Purpurados con la responsabilidad supuesta sobre su grey, deben entender que no todos vamos a leer sus trampas de la fe, como el ungüento a una sociedad que espera más cuadros concretos en su admonición, sobre la realidad Dominicana actual.

Es cierto que no tenemos una larga tradición de iglesia Católica socialmente comprometida, como podría ser el caso de otros países de América Latina. La curia de alta jerarquía en la República Dominicana, por tradición, ha sido conservadora y entreguista al gobierno que mejor le reparta.

Porque también, en nombre de esa fe, la cultura política conservadora imperante ha sacado sus dividendos.

Hay sus voces disidentes y públicas, las de siempre, que operan hasta tanto la jerarquía, en situación extrema, no tire las cuerdas sacras y exilie, eso  se ha visto en situaciones de emergencia.

Analizada al tenor de los signos de los tiempos dominicanos, la carta pastoral del 2013 en República Dominicana revela una profunda evasión de los temas reales del país. En cambio, se han elegido un lenguaje y una mezcla entre la fe y una "crítica social" sin destinatario aparente y con un sentido de neutralidad argumental harto evidente.

En un país que va dejando los pedazos mientras se arrastra, con claros síntomas de evaporación, una carta pastoral más comprometida con la realidad que vivimos todos los días (incluye a los prelados también) hubiese sido ideal.

Una cultura de fe se construye en la pluralidad, creando una visión crítica sobre la sociedad, porque se obra con la fuerza de lo abstracto, para que la fe tenga actos humanos, que la acrediten, "por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7:16).

Para que esa cultura no sea autoritaria, porque la idea de la fe abstracta sin racionalidad posible, inspira lo autoritario, tiene que tener un escenario social que haga posible su sustento.

No hay pasión espiritual más fuerte que los hechos de la propia fe expresados en el prójimo y su obra, no como una variante de altruismo de filantropía culpable que lava conciencias, sino como un acto consciente de buen paso por la escena terrenal.

Si la carta pastoral de nuestros obispos tiene tanta preocupación por la fe, no como trampa según la obra de Octavio Paz, dedicada a Sor Juana Inés de la Cruz, sino como inquietud ante las contradicciones de la época, los ejemplos de viva humanidad en descarrío, sobran a todo lo largo y ancho de esta media isla, mortajada por el hambre y grave sed de justicia, ¿no debe ser preocupante que en esta anarquía espiritual la propia Iglesia Católica haga su aporte sustancial al descreimiento en cada una de las declaraciones de su propio jefe temporal?

Al final, vale recordar el famoso título de un cuento de Juan Rulfo, como "La vida no es muy seria en sus cosas". Y agrego yo: ¡pobre la señora fe, que tiene que desayunar todos los días con todos nosotros, curas o no curas, cardenales o no cardenales, obispos o no obispos, que tenemos, por dentro ese infierno tan temido en clave de penitencia invisible. (CFE)

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