Accidentes

José Mármol y la palabra trastornada

Por Jochy Herrera

En lengua guaraní, ñe ĕ significa “palabra” y también significa “alma”.SALTODELINEACreen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan,SALTODELINEAson traidores del alma.SALTODELINEAEduardo Galeano

Durante su reciente investidura como Profesor honorario de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el laureado poeta y ensayista habló con rigor y vigor sobre el actual estado de cosas en la sociedad dominicana; reflexionó sobre el valor intrínseco de la verdad y el necesario compromiso que con ella deben adquirir la universidad y los intelectuales. Vaticinó Mármol que de no desaparecer “la penumbra que viene imponiendo la noche larga en que nuestra sociedad ha dormido a los valores éticos, patrióticos y la solidaridad como sustancia de cohesión social nos arropará una estela insufrible de precariedad, podredumbre, tinieblas y desconcierto”.

José Mármol observó además cómo lo desconcertante y vergonzoso han devenido en rutina, pan nuestro de cada día en nuna nación donde “la disolución y la mentira, son simplemente abrumadoras al punto que el deterioro social y político que la República Dominicana ha vivido en años recientes ha penetrado no sólo a la conciencia del sujeto, sino a las fronteras mismas del lenguaje”. Es por ello, anota el poeta, que “palabras como ética e integridad significan, en los estamentos político e institucional, todo lo contrario a lo que parecía lingüística, social y culturalmente establecido”. Es decir, la palabra, a beneficio del poder, ha sido despojada de su propia naturaleza y significado, ha sido trastornada. Reconocemos que estos conceptos no son nada nuevos ya que es bien conocida la conexión existente entre lenguaje, poder e ideología; a mi parecer, lo sorprendente es quizás la duda que nos abruma al ignorar hasta qué grado ha calado en los más jóvenes la dominación ejercida por el poder sobre el lenguaje.

En una entrevista concedida a quien subscribe reproducida en Acento.com.do, el poeta español Juan Carlos Mestre afirmó que la poesía y los poemas, son actos de delicada resistencia ante y contra lo que él define como “las ideologías tóxicas de la ferocidad financiera y el utilitarismo mercantil”; refrenos, diría yo, contra el secuestro del lenguaje por parte de la demagogia política y la retórica de la publicidad de consumo. En el caso de nuestro país la apropiación del lenguaje por la clase politiquera nacional no es de ninguna manera un hecho casual ya que los medios y sus gurúes, los partido-empresas tradicionales y los responsables de dirigir lo público manejan un discurso donde no sólo palabras como ética e integridad han sido las trastocadas; muchas otras han sido robadas también de su significado intrínseco en nombre de la mentira: “justicia”, “ley”, “libertad”, “progreso”, “intercambio de disparos”, y un largo etcétera, son apenas vocablos, símbolos huecos que en el mejor de los casos son capaces de despertar el cinismo del lector.

Los estudiosos del idioma saben que durante la vida natural de las lenguas el significado y sentido de las palabras pueden variar al punto que éstas suelen transformarse en otras; a título de ejemplo, el verbo haber significaba “tener” (de allí viene la acepción haberes en referencia a lo que se posee) y evolucionó hasta convertirse en un indicador gramatical como “ha tenido” o “había tenido”. Este proceso es definido como desemantización, y cuando se da por imposición del poder la lingüista Graciela Reyes lo llama desemantización ideológica;es a esta metamorfosis impositiva a la que estos párrafos intentan referirse.

Observemos que desde los últimos lustros decimonónicos hasta la primera década del nuevo siglo ha ocurrido una modificación radical en la participación del intelectual en la cosa pública y en el debate del quehacer de las naciones, algo que de acuerdo a sociólogos y estudiosos es más obvio en Latinoamérica. Sin entrar en un análisis riguroso sobre las causas que han motivado tal “distanciamiento” del discurso intelectual de la colectividad, cabe recordar que la visión del pensador moderno muchas veces ha pasado a ser, para desgracia del ciudadano, no la del “avisador del fuego” benjaminiano ni la del preclaro concepto foucaultiano de que el intelectual deberá ser universalista (capaz de pronunciarse sobre múltiples asuntos), prescriptivo (dejar claro sin ambigüedad lo que considera correcto o incorrecto) y profético, es decir ser justamente un avisador, sino que tal visión ha caído en las manos de las ideologías tóxicas y el mercadeo mediático. A mi juicio, el discurso del Premio Nacional de Literatura está enmarcado dentro de aquella consideración de Foucault en cuanto a que inyecta al debate nacional la muy necesitada preocupación sobre la dirección hacia donde van las cosas en nuestro país, postura que pocos escritores y artistas contemporáneos osan asumir, al menos públicamente.

Urge, por tanto, rescatar la palabra trastocada de aquellos que la han contaminado con el engaño a fin de devolver al lenguaje su esencial y fundamental rol de transmisor de la verdad; ya lo dijo el poeta Mestre: “… las palabras han sido hechas para ayudar a construír la casa de la verdad, no para destruirla, (se deben) restituir los significados hurtados por las prácticas retóricas del dominio a la semántica de su anhelada justicia, a la hospedería de su remota misericordia, a los apasionamientos críticos de las utopías de la libertad. No hay futuro sin dignidad civil, no hay dignidad sin un lenguaje que articule las formulaciones de una ética de la conducta, de su piedad hacia y para con el otro…”.

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