Opinión

Hemos llegado a un punto…

Por Andrés L. Mateo

¿Por qué el mundo  dominicano es cada vez más hostil a la ejecución de un diseño ideal de convivencia? ¿Qué es lo que se extrae del escándalo que se produce en el alma al ver la práctica de nuestros gobernantes, y de nuestra partidocracia, que se despliega reafirmando la mentira histórica de que nosotros tenemos una imposibilidad genética de vivir en un Estado moderno?

¿Por qué  quienes nos han gobernado nos han hecho temblar desde la palidez de la conciencia, mostrándonos toda la podredumbre de una sociedad erigida sobre la desigualdad y la injusticia; y un poder que ha desvencijado toda esperanza de honestidad y decoro?

¿Hundir las manos en la mierda hasta los codos? ¿ Entrecerrar los ojos cuando el asesino nos roza con su aliento, besar la mejilla del corrupto, rascarnos en silencio en la piel de la decepción en que nos han hundido?

¿Hay prados verdes, hay inocencia  matinal, hay rosas marchitas en las ajadas hojas de un cuaderno, hay utopías redentoras en la sociedad dominicana; o es únicamente el poder del dinero el que reina entre nosotros? ¿Todo ha cambiado, pero todo sigue igual?

¿El Estado en que vivimos, que debería ser la representación de todos, no es ahora como una nave asaltada en medio del mar por los piratas? ¿No es a esa perversidad de ser un botín de guerra del partido que gobierne  que se enfrenta el símbolo del Estado dominicano? ¿No es la sociedad dominicana de hoy una tupida red de pequeñas y grandes complicidades?

¿Quién  responde cuando me tengo que tragar el amargo de retama del presente? ¿A quién cuestiono por el alza indetenible de los precios, la degradación del nivel de vida, la falta de seguridad? ¿Quién responde por el estado de la educación nacional, la más paupérrima del continente en sus resultados; o por el calamitoso sistema de salud, o por los apagones, la falta de empleo para los jóvenes,  y  la violencia generalizada? ¿Con quien discuto sobre la estafa en que se ha convertido el sistema de seguridad social?

¿Debo olvidar la prostitución de la justicia, los jueces con birretes amarrados a la corrupción política, la delincuencia de  baja ralea y la de cuello blanco, la policía convertida en una máquina de matar y de corrupción, el despelote de la inflación moral que se despliega imperturbable como paradigma desde la gestión pública y la privada, o el desasosiego espiritual y la quiebra de los valores?

¿Todo ideal ha colapsado? ¿Por qué nos piden la desmemoria? ¿No hay nada que hacer? ¿Parcelan los héroes y las heroínas, besan el busto de Duarte bordándolo en trapos partidarios, y nos piden reducir a cenizas cinco décadas de historia carnicera? ¿Por qué nos han cobijado con la inexorable perpetuidad de la mentira? ¿Trujillo? ¿Balaguer?  ¿Antonio Guzmán? ¿Jorge Blanco? ¿Leonel Fernández? ¿Hipólito Mejía? ¿Danilo Medina?

¿No nos apuñalaron, todos,  la almohada a mitad del sueño de igualdad y justicia que nos devoraba? ¿La sociedad dominicana no es, acaso, un museo pestilente de iconografías truncadas que impide todo ensueño, toda imagen ideal, toda sublimación desenfrenada?

¿No es como si lo que actuara fuera el desorden triunfal de una realidad que arrastra en su confusión a sus protagonistas, a sus personajes desalmados, a sus tiranos con bicornios y a sus déspotas ilustres, a los inocentes y a los culpables, al torturador y al torturado, al ladrón y al honrado?

¿No será, tal vez, que haya que erigirle  un santuario a la cara harinosa del dinero? ¿Por qué, sin fingir, el dinero y su rostro de tótem no se convierten en la escala de valores que nos guíe?  ¿No es frente a todos estos hechos que estamos situados, tatuados en la misma ira, a horcajadas de la misma burla?

Hemos llegado a un punto…!Oh, Dios!

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