Un día como hoy, hace 172 años, el 8 de septiembre de 1839, nació el líder de la Restauración de la República, Gregorio Luperón. Hoy, cuando más que nunca se demanda de una nueva restauración de la República Dominicana y que en ese proceso deben participar indefectiblemente los jóvenes, creo propicio recordar que Luperón realizó sus grandes hazañas siendo joven.

Luperón es, sin lugar a dudas, un modelo para la juventud, un paradigma a seguir porque con apenas 12 años ya tenía la responsabilidad de dirigir una brigada de corte de madera; cuando se produce la anexión a España contaba con la escasa edad de 21 años y ya tenía la sensibilidad y el ideal patriótico tan desarrollado que sintió el deseo inmediato de enfrentar tal ignominia. Cuando se produce el inicio formal de la guerra restauradora tenía solo un cuarto de siglo y no fue esto excusa que le impidiera convertirse en líder de dicha insurrección.

Es un modelo de juventud porque siendo de familia pobre, huérfano de padre y de color negro pudo destacarse, lograr educarse de manera autodidacta.

Luperón debe ser el ejemplo a seguir, el acicate, el estímulo para que la juventud participe activamente en la solución de los grandes problemas con que cuenta la aldea global. Tomemos el arquetipo de Luperón para crecer en el ideal de superación, de preparar el país para ingresar con éxito a los nuevos tiempos, a la globalización de los mercados, a la regionalización del mundo, a la integración.

Así como Hostos contempló en Luperón al hombre que buscaba para darle forma a sus ansias de civilización y libertad de las Antillas, veamos nosotros en él, a ese joven que se inició temprano en el trabajo, en las responsabilidades, en su preparación autodidacta por medio a la lectura, en la política y en el ideal de libertad de todo pueblo oprimido y explotado por otro.

Maceo decía de Luperón que era un amigo sincero y animoso de la causa de Cuba; pero la historia demostró que más que de la causa de Cuba, el restaurador era amigo de la causa de libertad no importa donde ésta se encontrara. Lo demuestran estas palabras "Siempre trabajaré por la paz, la libertad, la justicia, la prosperidad de todos los pueblos, de todos los hombres y de todas las razas".

Luperón sentía devoción por los héroes; nosotros debemos sentir admiración por aquellas personas que demuestran con hechos fehacientes que son honestos, capaces, inteligentes y que luchan y lucharán siempre por lograr la equidad social, política y económica que hemos exigido implorantemente en toda la historia; por aquellos que dicen vamos a hacer y no hagan, que proponen soluciones viables en vez de pasarla criticando, que son responsables con sus hijos y esposa, que son prudentes y sensatos al momento de emitir un punto de vista o de evaluar algo, que no hacen oposición por el simple hecho de que hay que ser opositor; admirar a quien tiene la virtud de anteponer los sagrados intereses de la nación a los particulares y sectarios, a quien sabe transigir y ceder un sus reivindicaciones si de por medio está la estabilidad política y social de la patria. Luperón admiraban a quienes admiración merecían, tanto  así que cuando fue a Europa lo primero que procuró fue conocer a Víctor Hugo autor de la famosa novela Los Miserables.

Como modelo para la juventud nunca se dejó influenciar por la pompa, el glamur y el poder. Se sentó a la mesa con la reina Victoria de Inglaterra y se codeó con grandes personalidades de la vida política y social de Europa, en su viaje de 1881, y cuando llegó al país en vez de tratar de buscar el poder en las elecciones de 1882, decidió proponer y apoyar a Lilís. Nunca dejó que las ansias de poder, ni el poder mismo se sobrepusieran a sus verdaderos ideales de libertad. Esa actitud debe ser paradigma de la juventud de hoy que desde que logramos calar una posición social o cuando ocupamos algún cargo político o función gubernamental nos olvidamos del pueblo que nos eligió, nos olvidamos de los que siempre nos dieron la mano en nuestras adversidades, nos olvidamos que eso no es para siempre, nos olvidamos que las funciones públicas son para servir con humildad y dedicación no para servirnos.

Luperón demostró siempre que los problemas se debían enfrentar y que las cosas que se logran con la lucha y el esfuerzo son realmente las decorosas. En carta enviada a Hostos desde París en 1882 le dijo "No hay mérito en hacer lo fácil sino lo difícil, primero tocamos las espinas y después cosechamos las flores". Aunque la situación de nuestros países no desarrollados, de cara al tercer milenio, a la integración y a la globalización de los mercados, es cada vez más incierta, debemos, como lo hizo Luperón, abrazarnos a la persecución de un ideal, moldeado a nuestros tiempos.