Del tiempo presente

Fulgurazos

Por Andrés L. Mateo

UNO

En ocasión del cuarenta aniversario de la fundación del Partido de la Liberación Dominicana, el inefable Euclides Gutiérrez escribió lo siguiente: “Los dirigentes del PLD mantienen en alto la dignidad y la honestidad de Juan Bosch”.

¡Dios mío!

Si pudiéramos exportar el cinismo en lingotes, como el oro de la Barrick, éste sería el país más rico del mundo. Si a Juan Bosch lo despertaran de su sueño de eternidad, se volvería presuroso al sepulcro.

DOS

No era un santo, su carácter a veces era impredecible, no tenía ninguna pasta divina; pero lo que no puede ser discutido es el valor de paradigma de su honestidad y moralidad. Su vida era un arco tendido que en la práctica política sólo buscaba el bien común.  Amó la rectitud, el respeto a los pobres, y el compromiso de honor con la palabra empeñada. No era un charlatán, un mentiroso que amaba el poder por encima de todas las cosas. Además, sabía que la honradez era una ardua tarea, en un país en el que los políticos han legitimado la corrupción casi al grado de constituir un componente genético de la dominicanidad. “(…) No hemos derramado una gota de sangre, ni hemos ordenado una tortura ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones”, gritó ése  Juan Bosch que Euclides Gutiérrez no debería nombrar en su boca.

TRES

El PLD era el instrumento de liberación que él concibió para alcanzar el bienestar del pueblo dominicano. Venía de proclamar la derrota de la pequeña burguesía, que en el nicho del PRD, también fundado por él, había fracasado como vanguardia. Estaba cogido en los engranajes de la decepción, y fundó el PLD encaramado en un discurso ético que era el espesor de su propia vida, el más puro manifiesto de que su práctica era una forma diferente de hacer política.

¿Qué queda  de ese vibrante testimonio?

Únicamente el lazo del soliloquio. Juan Bosch es un cadáver en un armario, y lo desempolvan para el panegírico y la oración mentirosa del filisteo. Lo han domesticado, y  cercado esgrimiendo el argumento del pragmatismo. No era un político, era un politólogo. Apenas fue un teórico. Sus ideas eran solo palabras, y las palabras se destiñen sobre las cosas, argumentan.  Norge Botello, ése mismo cuyo nombre lleva el Congreso que el PLD desarrolla en este momento, en una vieja entrevista en  el semanario “Clave”, lo llegó a descartar de plano diciendo que “Con el discurso de Juan Bosch no hubiéramos llegado a ninguna parte, seguiríamos siendo un partido de comunicados de prensa y no de poder”.  Ciertamente, Norge Botello representaba el tipo de poder que Juan Bosch no quería encarnar.

CUATRO

¿Por qué en los gobiernos de sus discípulos son muchos los dineros del pueblo que han ido a parar a manos de ladrones? ¿ Por qué los gobiernos de sus vástagos han alcanzado los más altos índices de corrupción en la historia republicana? ¿ Qué hace de su legado ético una pesada carga para el discipulado que lo  nombra?

Juan Bosch no amó el poder sin medidas. No usó su influencia para el enriquecimiento personal. Su opción de goce no era el dinero. Pero sus discípulos han desencadenado la libido del poder, el poder sin medidas.  Han desfogado sus ambiciones irrefrenables  alterando la naturaleza de aquella prédica, algo que ha ocurrido frecuentemente en la historia del pensamiento liberal dominicano.  Ahora son millonarios, jorocones, que han reducido el pensamiento del maestro a esa supervivencia paralizada que llaman inmortalidad.  Y los arrebatos del “viejo”, su terca honradez, su majestad fundada en los valores espirituales; los exorcizan con homenajes y romerías a su tumba, con artículos como el de Euclides Gutiérrez, que son, en el fondo, una manera de actuar que acaba por adoptar todo lo que el viejo corazón del  maestro había criticado.

Si a Juan Bosch lo despertaran de su sueño de eternidad, regresaría presuroso al sepulcro. ¡Oh, Dios!

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