Hablemos de Dios

¡¡¡Este día promete!!!

Por Elizabeth Espinal

Era bien temprano en la mañana.  La diligencia suponía que madrugáramos para tratar de conseguir de los primeros lugares.  Con las oficinas aun cerradas, nos sentamos en uno de los bancos que tenían espacio disponible, ya que otras personas, con similar interés nos habían precedido.  A mi lado una señora leía quietamente su Biblia.  Al otro lado, una anciana me daba una mirada cuasi nerviosa.  Pude percibir que necesitaba preguntar algo, como para estar segura de lo que quería, pero sentía timidez.  En fin que decido romper el hielo, y en efecto tras conversar de lo qué hacer, ella se dirigió a la única puerta en la que sí estaban abiertos.

Pronto mis hijos comienzan a dar muestras de aburrimiento.  Es impresionante cuán fácil emerge esa actitud, a pesar de los aparatos electrónicos.  Pronto el uno comenzó a molestar al otro y ambos, por supuesto, a mí con sus rivalidades.  Faltaban 40 minutos para que abrieran la oficina que me interesaba, 50 si le das el tiempo a los empleados a que realmente “empiecen”.  En eso, algo me arde en un pie, un zancudo me muerde, mientras los niños se debaten entre tal o cual botón, para que tengas más puntos.  Cuando el desacuerdo entre ellos se iba a tornar intolerable, agarré el aparato y lo guardé, con la sentencia de que así era mejor, hasta que aprendan a poner en práctica el compartir.  Pronto la disciplina se torna en mi contra, porque apenas habían pasado 3 minutos y ya se quejaban de aburrimiento una y otra vez.

Este día promete! –pensé mirándome los pies, queriendo evitar que el bicho reapareciera para seguirme usando como desayuno.  Alrededor nuestro, llegaban y se distribuían otras personas y se sentaban entre las inmediaciones para también esperar.  Particularmente, uno de ellos, un hombre de distintivos rasgos albinos, se hizo notar desde su llegada.  No sé exactamente la causa, pero alborotó a los demás y su voz siempre precedía en las conversaciones, las cuales a la distancia, no sonaban muy amistosas.  Pero yo tenía mi propia algarabía que atender, porque la espuma de las intolerancias entre mis críos estaba subiendo estrepitosamente.  Un “Mami qué puedo hacer para no estar tan aburrida” forzó mi vista a mirar la grava debajo de mis pies.  Piedras de diversos tamaños y formas, en tonalidades grises y blancas de pronto inspiraron una idea.  ¿Ves aquel pedazo de ladrillo? Pregunté a la niña, vamos a ver quién gana a pegarle más veces con estas piedras.  El reto no pareció entusiasmarla mucho al principio, pero poco a poco, el júbilo al dar en el blanco y la frase “te estoy ganando”activó su sentido de competencia.  Pronto, el hermano también sucumbió a la tentación de ser quien me quitara el trono.  Gané, 5 a 1.  Ahora les gané, 5 a 3 y a 2.  Jugábamos y nos reíamos, cuando en una, al acercarme de nuevo al triunfo, el niño agarra una piedra de cierto tamaño y la tira con fuerza, queriendo bloquear el ladrillo.  Por supuesto, eso llamó la atención del grupo que estaba al otro lado de la calle, de entre los cuales, el personaje más ruidoso, manifestó su prohibición a que siguiéramos jugando, cual si fuera una autoridad en el lugar, en vez de un visitante.  Nadie podía salirlastimado con nuestro inocente juego, pues no había nadie cerca de nosotros, aún la señora que antes leía la Biblia, ahora se reía viéndonos jugar, pero ella estaba sentada del otro lado.  Acuerdo con los niños que no usen piedras grandes ni fuerza al tirarla.

Continuamos nuestro juego, mientras los minutos parecían acelerarse.  Estábamos a 15 minutos de nuestra meta, y el juego no podía estar más ameno.  Los teléfonos y videojuegos portátiles quedaron en el absoluto olvido.  Pegarle a aquel pedazo de ladrillo estaba provocando risas, retos y apuestas.  Entonces, el tipo desde sus 10 metros de distancia, explota.  Se para en su banco y de en medio del grupo comienza a demandarnos que no juguemos más.  Decía que le estábamos molestando, que incluso estábamos alborotando las piedras, ¿Alborotando las piedras? ¿En serio?  Respiré profundo antes de confrontarlo, pues resultaba tan absurda y evidente su intención de contagiarme con su agria manera de vivir.  ¿Por qué le molesta que los niños y yo nos estemos divirtiendo, con un juego tan sano e inofensivo como ese?  Gagueó por un instante, y luego habló de las piedras, del ruido para al final decirme que ese juego no era para nada divertido.  No lo será para usted, pero es obvio que lo es para mis hijos y para mí.  Viendo mi determinación, volvió a decir que yo estaba alterando las piedras.  Me sonreí antes de decirle que ninguna de ellas se había quejado, lo cual provocó la risa y el apoyo de la mayoría.  Lo blanco de su piel se tornó en rojo, para decirme que él al igual que yo, estaba esperando, pero que él no estaba molestando a nadie.  Yo entonces le hice ver que nos estaba molestando a nosotros, que estábamos divirtiéndonos, mientras esperábamos y le sugerí que, nos imitara en tratar de encontrar con qué entretenerse, en vez de estar provocando argumentos.  Como insistiera, levanté mi mano indicándole que ya estaba bueno, y concluí ordenándole mantenerse en su lugar, mientras los niños y yo permanecíamos en el nuestro.

Retomamos nuestro juego, y los siguientes 12 minutos volaron para nosotros, mientras que con cada piedrecilla lanzada, y cada infantil risa que cortaba en el aire, el hombre se retorcía en su banco, demostrando a todo su alrededor su descontento.

La oficina abre y los que estaban delante de nosotros parecían dispuestos a seguir esperando, contagiados con el gozo del juego.  No sé lo que dijo aquel tipo, pero aun cuando el juego paró, él siguió manifestando su descontento, lo cual me convenció de que, no se trataba nunca de nosotros, sino de cuán insatisfecho vive consigo mismo.  Aproveché la situación para conversar con mis hijos un par de excelentes lecciones:  1ro Nadie tiene derecho a intimidarte.  Si no estás actuando inadecuadamente, no permitan que otros les dominen o impongan su mal parecer.  Y 2do. Se acuerdan de aquel versículo que dice:  De la abundancia del corazón habla la boca?  Sí, contestaron ambos.  Pues ¿qué les parece que abunda en ese hombre?  Amargura, dijo el niño.  Pleitos, agregó la niña.  -Exacto.  Ahora, ¿tiene sentido que nosotros nos hubiésemos dejado contagiar de su actitud?  Claro que no!  Dijo la niña.  La pasamos tan bien, que el tiempo se fue volando, concluyó el niño.  Y así, el día avanzó y fue un buen día al fin y al cabo, por lo menos para nosotros.

Proverbios 4: 20-27Hijo mío, está atento a mis palabras;SALTODELINEA Inclina tu oído a mis razones.

21No se aparten de tus ojos;SALTODELINEA Guárdalas en medio de tu corazón;

22Porque son vida a los que las hallan,SALTODELINEA Y medicina a todo su cuerpo.

23Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;SALTODELINEA Porque de él mana la vida.

24Aparta de ti la perversidad de la boca,SALTODELINEA Y aleja de ti la iniquidad de los labios.

25Tus ojos miren lo recto,SALTODELINEA Y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante.

26Examina la senda de tus pies,SALTODELINEA Y todos tus caminos sean rectos.

27No te desvíes a la derecha ni a la izquierda;SALTODELINEA Aparta tu pie del mal.

Bendiciones!!!

 

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