Del diario vivir

“¡Entre voladoras te veas!”…

Por Lipe Collado

Esa titulada expresión podrían acuñarla los conductores del Gran Santo Domingo –Santo Domingo Oriental más la capital Santo Domingo y/o Distrito Nacional- a modo de maldición a cualquier conductor desaprensivo -¿todos?-, equiparable a la cruelísima maldición judía de que “tengas muchos pleitos y que los ganes todos”.

La verdad sea dicha interrogativamente: ¿Y quién sabe lo que hará una voladora? En cualquier momento frena de golpe, o hace una U, o hace una O, o gira en media O para estacionarse a “su izquierda”, o hace un corte de pastelito que te paraliza la respiración y abres la boca como los locos al tiempo de gritar “¡Coñazo!” – este “¡Coñazo!” me lo prestó el rosca izquierda “Alvarito”, el de la última letra del abecedario-, te rebasa amenazadoramente por la derecha, o mágicamente por la izquierda a través de un espacio “atunelado” más estrecho que la voladora, sube a la acera para tragarse un tapón sin eructar, el “pitcher” se lanza a la calle de repente –siempre- cual Supermán redivivo en la densa jungla urbanística con un cuchillo en la boca, penetra en vía contraria -¡qué exagerado soy!-, dobla a la izquierda rozando un letrero: “No Doble a la Izquierda”, dobla a la derecha –“No Doble a la Derecha”- sin previo aviso -¿y acaso pone luz direccional? “¿con qué se come eso?”, preguntaría-, pasa del carril de la derecha al de la izquierda y de éste al de la derecha cuantas veces se le antoje a sus timbales históricos sin importarle que la vía sea de uno o dos carriles, se estaciona en una esquina alejado de la cuneta, o en paralelo, o justo a la calzada de entrada a la marquesina de una casa o de un negocio, abandona la ruta que le trazó una tal OTTT y crea “su ruta” para economizar -¿?- combustible y tiempo…

Las voladoras -guagüitas con capacidad teórica para unos 15 pasajeros, en la que suelen viajar más de 25-, se hicieron populares, primero en San Pedro de Macorís y luego en la capital de 30 años atrás de los entonces, porque podían desplazarse rápidamente con muchos -?-  pasajeros entre el mapa vehicular constreñido, superando así a los destartalados carritos del concho que sucesivamente tomaban y soltaban pasajeros.

Si acaso volaron alguna vez, las voladoras han dejado de volar y si ayer constituyeron una solución intermedia hoy por hoy son obstáculo y retranca al flujo vehicular citadino en razón de que sólo pueden avanzar unos 8 kilómetros por hora, en el mejor de los casos. Con sus gomas súper lisas –“vejigas”-, compradas a gomeros tapa pinches -¡vaya usted a saber!- de los barrios populosos y de las afueras, participan en alta proporción en los accidentes de tránsito menudos y la principal prueba reside en las numerosas huellas de colisiones: abolladura s, raspaduras, rayas de pinturas dejadas o por otras voladoras o por otros vehículos de motor, vidrios rotos o cuarteados, retrovisores desprendidos…

Tanto la tal OTTT, otra tal AMET -¿”ODIÉT?”-, Turismo y Patrimonio Cultural han acudido a su rescate cuales chapulines colorados porque descubrieron que sus mejores usos eran el de atracción turística, el de su preservación como patrimonio volador y el desvelamiento del “secreto mejor guardado del Caribe”: inundar la zona colonial y sus colaterales de puestos de voladoras,  y concomitantemente permitirles abrir sus propias rutas, como la de la calle Leonor de Ovando, paralela a la avenida Bolívar, su ruta inicial.

Y gracias a este esfuerzo mancomunado de estos apandillados –tres son adefesios burocráticos-, contrario a las misiones para las cuales fueron creados, estarán resguardados en la zona colonial los cuartos de la ayuda española y de la norteamericana a través del BID con semejante atractivo urbano: voladoras desconchifladas, un tigueraje barriobajero meándose en la calle, manchas negras de aceite quemado derramado ante los ojos del Pediatra de Medioambiente, piezas de hierro dañadas en las cunetas y aceras –suelen ser mini talleres de mecánica-, botellas de cerveza, generalmente Jumbo y de ron “lavagallos”, que se las babean entre varios, botellas y vasos y platos y envases plásticos de comida rápida por doquiera, conductores y pitchers sentados al suelo o en sillas plásticas cuarteadas, secándose el sudor con trapos generalmente manchados o de aceite comestible o de aceite quemado de vehículos de motor, y de trasfondo todas las mala palabras que se sabe y dice el rosca izquierda de la última letra del abecedario conocido como “Alvarito”, la radio con volumen altísimo, las discusiones que se oyen a un kilómetro, la ronquera de sus mofles desgastados…

¡Que viva la Patria -de los que no somos haitianófilos!

 

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