Con más miedo que vergüenza mi primo Rafael Leónidas Valera Sierra y yo enarbolamos por breves instantes una bandera dominicana a la cual habíamos colocado un crespón negro, al paso de un contingente de tropas invasoras por el centro de San Antonio de Guerra.
El osado acto, que tal vez pasó inadvertido o causó apenas alguna leve sorpresa a los soldados de la 82ª División Aerotransportada de los Estados Unidos, ocurrió la mañana del 28 de abril de 1966 mientras la columna de fuerzas invasoras se desplazaban en dirección este-oeste por la calle central del soñoliento poblado situado 26 kilómetros al noreste de Santo Domingo.
Gran parte del país se hallaba en ascuas aquel día en que se cumplía un año de la invasión ordenada por el omnipotente presidente de los Estados Unidos, Lyndon Johnson. La ocupación militar extranjera había comenzado con el envío de un pequeño contingente de soldados de infantería a Santo Domingo con la alegadamisión de“proteger el perímetro de la embajada estadounidense y salvar la vida de los ciudadanos norteamericanos y de otras nacionalidades que lo solicitasen”.
Como evidenciarían los hechos posteriores y la desclasificación de documentos secretos décadas después, la intervención militar de EEUU estuvo motivada por el inminente colapso de las instituciones armadas dominicanas y el temor a “otra Cuba”, según lo expreso el propio presidente Johnson, quien afirmó: "Los Estados Unidos no pueden y no van a permitir el establecimiento de gobiernos comunistas en el hemisferio occidental"
Mi primo y yo, apenas adolescentes, estábamos aquel día en San Antonio de Guerra alojados por nuestras familias. Él por su familia paterna, su padre Temístocles Valera, y yo por mi familia materna, mi abuela Aurelia Mejía viuda Valera, madre de mi mamá Thelma María Valera Mejía.
La población local estaba inmovilizada, consciente de que se hallaba a apenas ocho kilómetros al este del complejo militar de San Isidro, baluarte de los remanentes golpistas y antipopulares contra los cuales se produjo el levantamiento del 24 de abril de 1965 que traería como consecuencia la guerra civil y la intervención militar extranjera. Incluso, dos residentes locales habían sido asesinados por los soldados de San Isidro al comienzo de las hostilidades el año anterior. Fueron Arcadio Coca y Arturo Mejía Torres (Moné), hoy casi olvidados.
Queríamos hacer algo, hacer notar que no todo era complacencia y aceptación de las dadivas que repartían las tropas acantonadas en el pueblo. Había dos contingentes invasores en el territorio del extenso municipio. Uno se había asentadoen la finca del exiliado general Pedro Rafael RamónRodríguezEchavarría, según trascendió después, con la anuencia de su propietario residente en Nueva York.
Al parecer era una base de comunicaciones. El otro era un grupo de artillería y blindados que se situó en la sabana de Guabatico, a pocos kilómetros del rio Yabacao y el poblado de Bayaguana. Este contingente realizaba frecuentes prácticas de tiro de mortero de 81 mm y cañones sin retroceso de 105 mm, según datos que escuché en aquella época.
No recuerdo de dónde sacamos Rafaelito y yo la enseña tricolor, pero creo que era una bandera pequeña que había en casa de mi abuela para desplegarla en las fiestas patrias. El paño negro ¿de dónde lo habríamos cortado?
El caso es que nos colocamos dentro de la antigua casa del patriarca de la familia Valera, Bartolo Valera y su esposa Isabel Valera (fallecidos). Abrimos una ventana y sacamos la bandera y la agitamos brevemente mientras pasaban los jeeps, los camiones medianos (comandos) y grandes transportando una columna de infantería. Luego escapamos rápidamente por el patio. Ahí terminó nuestra “gesta”, sin consecuencias pero de la que nos sentimos satisfechos hasta el día de hoy.