Dentro del bosque

En la mañana del martes…

Por Ylonka Nacidit Perdomo

A  Rebeca María Barrera Ruiz

En la mañana del martes observé una silueta en la  lluvia. Era ondulante y de súbito de atrayente forma; cruzaba e iba como  tránsfuga caprichosa sobre los diminutos tréboles que cubren como ropaje mi pequeño jardín.

La silueta me parecía  que  no improvisaba movimiento alguno, sólo aquel sugerido por la lluvia, y me hacía sentir alegría; era una imaginación de letras que retozaba recientísima bordando algo parecido a un lazo de deseos. Ella aguardaba mi mirada atenta, pero no quería que la interrogara. Se levantaba hacia las otras plantas con la vitalidad de una mariposa. Danzaba, o bien, yo creía que danzaba como si buscara dibujar un lienzo de conjuntos infinitos.  Regresaba  cuando  la luz, aún cuando continuaba la lluvia, traía la fortuna  de cae como destellos o una cascada de partículas de polvo etéreo.

La silueta, que observaba,  existía ante mí como una contemplación que el azar  llena de equilibrio desbordante. No soy experta  en describir figuras porque no colecciono objetos impresionistas; solo he podido reunir iconos de piedras alrededor de los cuales crece el trébol en mi jardín como un océano verde, amplio, impregnado de un sentimiento visionario, sin artificios complejos, sólo con la rara pureza del aire que respira.

Por el trébol disfruto del color verde, de la apremiante necesidad de aquietar mi afán de grabar en la eternidad las mismas preguntas de siempre: ¿por qué este sueño maravilloso de la vida tiene que terminar, apagarse, en un instante; instante que no podemos describir, y que, sin embargo, es de plenitud?

A veces, en solitario, cuando miro la belleza paciente de mi jardín, dejo de ser consciente de lo que quiero; celebro su silencio, las ceremonias que en calma festejan los pájaros cuando acuden a cantar sobre los troncos donde las orquídeas silvestres crecen y  escuchan el sonido, la música de ensortijada ternura que traen esos visitantes cotidianos de la mañana.

Todo, en  mi jardín, es un momento, se hace un momento, que no se  pierde en el aire ni aún en la luz; que no abruma ni resquebraja nada, sólo acontece y se percibe como un latido vivo o un refugio donde nos ponemos a salvo de la agonía.

… un latido sin interrogantes, que no deja respuestas; un sentir que otea palpitante sin trazar líneas; una figura imprecisa, una imagen eidética como si fuera el alma de la grandeza del tiempo, ahora entiendo que es la silueta que en la lluvia, y en la humedad que traía el martes observé.

 

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