En el Edén el universo era una pizarra que todos los días reunía los pájaros campestres sobre un estanque frío. La tierra latía con una creciente esperanza y las parejas, agobiadas en los jardines por la inclinación de la luz que ocultaba sus rostros,  contemplaban una danza en la flor de un árbol.

Duraba el día apenas un instante; la apariencia descansaba sobre la calma. No había ningún eco del sonido ni un refugio para los tempranos suicidas.

El pensamiento no se plasmaba en la línea; la edad era una sombra advenediza. La locura estaba en el  borde  de una roca sin profetas que empujara  hacia el alma la inevitable presencia de un volcán desde el cual Dios esbozaba la degradación del color violeta. Obra de pintor alemán desconocido

Entonces, Dios era el responsable de advertir que la orquídea era un encaje de mirada atenta que nos acompaña para cabalgar en su misterio y asomarnos a los códices de su calendario. Fue entonces cuando puedo advertir que estaba ebrio de luz; cubría de acuarelas a la arremolinada revelación que empezaba a sentir en las tonalidades del fuego.