Desde Israel

El último Trump

Por Uri Avnery

UN CAMPESINO llega a la ciudad por primera vez en su vida. Visita el zoológico y se detiene horas frente a la jaula del canguro.

¡No existe un animal así!”, repite una y otra vez.

Tengo que confesar que me sentí igual cuando vi a Donald Trump en la televisión por primera vez y oí que él era un candidato a la presidencia de Estados Unidos. “Imposible”, me dije. “Tiene que ser una broma”.

Los estadounidenses son capaces de muchas cosas. De vez en cuando se permiten caer en una especie de delirio colectivo.

AHORA PARECE que Donald Trump va bien en camino hacia la Casa Blanca.

“Espera”, me dicen. “Solo están en las primarias. Y, sí, está bien, algo ha pasado en el Partido Republicano. Pero el día de las elecciones, enfrentados a una opción real, la amplia mayoría de los estadounidenses recuperará la cordura y votará por su rival, quienquiera que sea.

Yo también pensé en eso.

Pero ya no.

Ahora, realmente, no sé nada.

Tuve la sensación de que al amanecer del día de después de las elecciones pudiera despertarme ante un Presidente Trump.

¿Un disparate? Piense otra vez.

¿Es probable? Ya no estoy seguro.

LA DEMOCRACIA -se dice que dijo Churchill una vez- es el peor sistema político, exceptuando a todos los demás.

(Churchill, quien fue electo muchas veces por partidos diferentes, también dijo que para desilusionarse con la democracia era suficiente hablar con un votante promedio.)

Una de las fallas de la democracia es que se fundamenta en una contradicción. La capacidad para ganar una elección democrática y la capacidad para dirigir un país son cosas muy diferentes, y a veces, talentos contradictorios

Hay candidatos que son sencillamente genios para ganar elecciones. Atraen a las masas, engañan a los donantes ricos. Y una vez elegidos no tienen la menor idea de qué van a hacer.

Hay candidatos que nacen siendo estadistas, dotados de sabiduría e intuición, pero que no tienen la menor posibilidad de resultar elegidos, jamás. Al candidato presidencial Adlai Stevenson le dijeron una vez que todas las personas inteligentes iban a votar por él. “Pero yo necesito una mayoría”, dijo

Y también, por supuesto, están los muy, muy pocos que nacen siendo líderes, que también pueden ser elegidos, y que  una vez que los eligen, dirigen su país con mano segura. Churchill, por ejemplo.

TRUMP, ME parece, es de los del primer tipo. Esos que tienen el don para atraer a las masas, pero cuya capacidad para dirigir una potencia mundial está en duda. Más que eso: creo que es una persona muy peligrosa.

Al principio me parecía un payaso. La gente no lo tomaba en serio. Se suponía que se mantendría actuando por algún tiempo y después desaparecería de la escena. Los que dijeron eso son los que han desaparecido.

Después, parecía un oportunista sin principios, una persona que en cualquier momento diría lo que le pasara por la cabeza, aun si era lo opuesto de lo que había dicho el día antes. Nada serio. Un tonto. Inelegible.

Pero eso se acabó. El Trump que estamos viendo ahora es un hombre en campaña muy astuto, un vencedor, un candidato que tiene un talento sobrenatural para canalizar el desasosiego, los resentimientos, el rencor y la amargura de los blancos de clase baja que sienten que su país se lo están llevando los políticos corruptos, los negros, los hispanos y otra “gentuza”.

¡UN MOMENTO! ¿Qué nos recuerda esta última oración?

A una persona que también comenzó pareciendo un payaso, y después se convirtió en un contendiente de campaña astuto, que se comprometió a hacer a su país grande otra vez, que hizo una carrera aprovechando el resentimiento contra las minorías (los judíos en este caso y los izquierdistas y los homosexuales y los gitanos y los extranjeros y las personas con discapacidad); quien dijo que todas las cosas que sus rivales tenían miedo decir ‒y que trajo una miseria incalculable a su país y al mundo entero.

No mencione nombres, por favor.

Donald Trump es de origen alemán. Sus antepasados se llamaban Drumpf y trabajaron en un viñedo en un pequeño pueblo en la región del Rin. Su abuelo, Friedrich, emigró en 1885 a Estados Unidos. Durante la fiebre del oro en la costa oeste, abrió una cadena de restaurantes para los buscadores de oro solitarios, quien les ofreció comida, así como servicios sexuales. Y así es como se originó la fortuna de Trump.

Pero cuando Friedrich se casó con una muchacha de su ciudad natal, quiso volver a Alemania. Sin embargo, había un problema. El nuevo Reich alemán era muy estricto en cuanto a los asuntos militares.

Descubrieron que Friedrich había salido de Alemania poco antes de que tuviera la edad para ser reclutado y quería volver tan sólo dos meses después de que su edad de reclutamiento había pasado. Eso no se puede hacer. Menos en la Alemania del Kaiser. Así que lo devolvieron a América.

Uno puede preguntarse, por mera curiosidad, qué habría ocurrido si se le hubiera permitido volver a Alemania. ¿Estaría liderando Donald Drumpf ahora un partido de extrema derecha en Berlín?

EN EL apogeo del fascismo italiano y alemán, el novelista estadounidense Sinclair Lewis escribió un libro titulado It Can´t Happen Here (Eso no puede suceder aquí). El título era irónico, porque el libro, precisamente, mostró que “eso” puede pasar “aquí”: el fascismo también puede ganar en EE.UU. Pero Lewis imaginó una copia del fascismo al estilo europeo, que era ajeno a “América”. También lo hizo el escritor italiano Ignazio Silone, quien también escribió un libro, La escuela de los dictadores, acerca de un futuro Estados Unidos fascista.

No existe una definición clara del fascismo. Los fascistas no tienen ningún libro sagrado, como El Capital para los comunistas. Se ha dicho acerca de los fascistas: “Reconoceré a uno en cuanto lo vea”. Pero cada país tiene su propia marca de fascismo, y pueden ser muy diferentes unos de otros.

Mire a Trump. La absoluta confianza en sí mismo del “Líder”. El culto al poder brutal. El nacionalismo desenfrenado. La incitación contra las minorías. El desprecio por la clase política (de ambas partes). Sin un pequeño y gracioso bigotito, pero con el gracioso pelo color naranja.

Puesto que los fascistas pretenden glorificar a su propia nación en detrimento de todas las demás naciones, se podría haber asumido que los fascistas de diferentes naciones son enemigos de las otras.

Pero en la práctica, sí existe algo parecido a un fascista internacional. He aquí una prueba: el líder fascista francés Jean-Marie Le Pen, que ha sido expulsado de la dirección de su partido por su propia hija por causa de su extremismo desenfrenado (y su antisemitismo), ha felicitado Trump, y también lo ha hecho el exlíder de la organización racista estadounidense Ku Klux-Klan.

Trump no ha renegado de ninguno. De hecho, cuando fue atrapado citando una línea muy querida por Benito Mussolini (“Es mejor vivir un día como un león que cien años como una oveja”) Trump no se disculpó. (Mussolini, el propio león, rogó por su vida antes de ser ejecutado por los partisanos italianos.)

En este sentido hay que juzgar la actitud de Trump hacia el conflicto palestino-israelí. A primera vista, parece refrescante. Todos los demás candidatos de ambos partidos se arrastran ante Benjamín Netanyahu en abyecta sumisión, pidiendo limosnas de los Sheldon Adelsons. Trump no necesita el dinero judío. Por eso dice lo más sensato: que quiere permanecer neutral con el fin de que, como Presidente, pueda actuar como un mediador neutral.

Suena bien. Pero suena diferente viniendo de un simpatizante del KKK.

TODO ESTO coloca a Benjamín Netanyahu en un dilema. ¿Qué hacer?

Detesta a Hillary Clinton, como detesta a todos los demócratas. Es cierto que, hace muchos años, como primera dama, Hillary saltó a favor de un Estado palestino al lado de Israel. En ese momento, yo organicé una manifestación de apoyo a Hillary frente a la embajada de Estados Unidos en Tel Aviv. Los marines no permitieron que nos acercáramos. Pero desde entonces mucha agua ha corrido por el río Jordán, e igualmente mucho dinero de Chaim Saban y otros multimillonarios judíos. Ahora Hilary se arrastra como el resto.

Netanyahu es un devoto de los Republicanos. Sería muy feliz con un presidente Rubio o un presidente Cruz. ¿Pero un presidente Trump? ¿Un antisemita? ¿Un amante de los árabes? Bueno, cosas más extrañas han ocurrido.

Según el diccionario de Oxford, un “trump” no sólo es una carta de la baraja, que está por encima de las demás, un “triunfo”, sino también un sonido ensordecedor. “The Last Trump” es el sonido de la trompeta que despierta a los muertos en el Día del Juicio Final.

Esperemos que los votantes estadounidenses despierten antes de eso.

EN LOS años 60 del siglo pasado, un ayudante corrió donde el entonces primer ministro, Levi Eshkol.

"¡Levi, un desastre terrible!", gritó. "¡Va a haber una grave sequía!"

"¿Dónde? ¿En Texas?, preguntó Eshkol con temor.

"¡No! Aquí en Israel!", respondió el ayudante.

"Entonces, ¿eso qué nos importa?", respondió Eshkol, aliviado.

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Nota:

Después de la publicación de este artículo, un lector atento me envió la siguiente corrección:

"El Donald no es antisemita ni simpatiza con el KKK. Él ha repudiado en repetidas ocasiones a Duke, 19 veces en las últimas dos semanas. Él es un importante donante de Israel, dos de sus hijos se han casado con personas judías, con su aprobación absoluta, y uno de ellos incluso se convirtió al estricto judaísmo ortodoxo".

Esto no se informó aquí.

Y no me gusta hacer falsas acusaciones de antisemitismo. Por lo tanto, pido disculpas de todo corazón.

Esto no cambia mis puntos de vista sobre el hombre. El fascismo no necesita del antisemitismo, sobre todo cuando se puede usar la islamofobia.

Otra prueba: Tenemos un buen montón de fascistas judíos en los alrededores

Mis mejores deseos.

Uri

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