(A propósito de las Memorias del Primer Seminario Internacional de la Crítica  Literaria  en [sic] República Dominicana*

 

En la obra no se explica la razón del orden de aparición de las ponencias. Al parecer, fue por orden de aparición de los ponentes. No fue pororden alfabético, pues hay ponentes cuyo primer apellido comienza con b. Si no fue por una u otra razón, ¿cuál es para el partido político del signo la estrategia del orden de aparición? Adescifrar el misterio tocan.

Pero sea como sea, Plinio Chaín o Chahín (con esta última grafía aparece en el libro) es quien abre el orden de los ponentes.Da lo mismo, pues como quiera da Caín, traducido del árabe o del hebreo.

No sorprende que en su ponencia no exista definición del lenguaje ni de la crítica literaria. Es lo lógico que en la teoría del signo que la abona ambos conceptos sean un inconsciente, un implícito. Esa indefinición será la moneda corriente de la mayoría de las ponencias. Y por lo tanto, no hay discurso acerca de la crítica literaria en general –o en particular la dominicana– que no sea hecha con la facultad de simbolizar, con los signos de la lengua y con el discurso. ¿Por qué no definirlos para saber a qué atenerse?

En un texto tan breve de apenas 10 páginas y tres líneas aparecen ocho grandes negaciones (sin contar las pequeñas) acerca de lo que no es la crítica literaria dominicana. Para Chahín esta no existe. Pero él, al igual que sus pares, tan pronto publica un libro se encarga de que la prensa diga que salió y que sus amigos escriban acerca de él. Si la crítica dominicana no existe, ¿por qué ese deseo de reconocimiento? Y en esas negaciones aparece el pesimismo como gran catalizador a través de adjetivos no menos pesimistas: irremediable, silencio tenebroso (p. 34), aliento absurdo, rastro siniestro de la oscuridad (p. 35). Eso da catastrofismo más Lombroso. Las ocho negaciones bastan para que se rechace en bloque el texto, por carecer de una teoría de la crítica y el lenguaje. Generalizaciones y discurso sin apuesta ni estrategia al no citar a los adversarios. Esta es la tónica de la mayoría de las ponencias: no citan a los autores de los discursos que critican. Como el discurso de Max Henríquez Ureña: a todos y a ninguno. ¿Por qué es más fácil no citar al adversario? Para no correr riesgos.

La ponencia de Miguel Ángel Fornerín intenta deslindar los límites entre el discurso histórico y el literario. Fornerín ha estudiado la teoría del signo de Saussure. Pugna por salir de ella. Conoce el ensayo “El lenguaje, el poder”, de Meschonnic, el cual plantea cómo salir de la telaraña de Jakobson. Pero el conocimiento que Fornerín posee del método literario que sigue (Genette, Ricoeur, etc.) le impide salir de ahí. Bachelard tiene la razón: el conocimiento anterior es un obstáculo para acceder al conocimiento nuevo. Pero Fornerín, sin optimismo ni pesimismo en mi discurso, puede salir del imán de la teoría del signo que le hala fuerza. Esta frase de su ponencia pudiera iniciar su camino de Damasco: “Queda, también, establecer desde qué teoría de la Historia y la Lengua se rescriben los textos ficcionales y cuál es la relación entre historia y verdad que enarbolan los escritores que escriben sobre historia, y los historiadores que analizan la ficción historicista.” (p. 51). Chahín ni siquiera se plantea esto. Es tan autosuficiente y orgulloso su conocimiento anterior que no tiene necesidad del nuevo. Yo pasé –y todos tuvimos que pasar–por la teoría del signo y su conocimiento viejo, pero supe, a tiempo, no quedarme ahí, en esa zona cómoda, tan estudiada por los sicólogos.

Extraña, muy extraña la dedicatoria de la ponencia de Bruno Rosario Candelier a Manuel Matos Moquete. Sus palabras son estas: cuya exégesis enaltece la misión del crítico”. Es extraña porque Matos Moquete aprendió con Meschonnic, durante tres años, lo que es la metafísica del signo. Y estudió lo que es el signo en Jakobson. Huele a sospecha que Rosario Candelier perciba el discurso crítico de Matos Moquete como exégesis. Porque la exégesis viene a ser una variante de la hermenéutica en griego: método de lectura verdadera de los textos sagrados. Traducidos ambos términos al español, significan método de lectura verdadera de los textos, tanto religiosos o sagrados como literarios. Y el problema es que esa metáfora no funciona para los textos literarios porque en la ficción no hay verdad que buscar, solo sentidos contradictorios al infinito y se oponen a las ideologías de época, entre ellas la religiosa o la sagrada. Salvo que no haya una mala relación de lectura de parte de Rosario Candelier o, en su defecto, una manipulación para producir la creencia de que el discurso de Matos Moquete es una hermenéutica, el método por antonomasia de la metafísica del signo (en Hussserl, Heidegger, Derrida, Ricoeur, Gadamer y compartes). Pero hay que estar alerta cuando alguien que practica la antimetafísica del signo se encuentra recuperado por un hermeneuta estilístico como Rosario Candelier. ¡Ojo al Cristo!”.

Para Rita de Maessener, de la Universidad de Amberes, la crítica en nuestro país puede ser abordada “de varias maneras” (p.69), aunque se limita a dos: “puede dar lugar a una reflexión teórica y abstracta sobre su papel e incluso a su cuestionamiento y negación” (Ibíd.) Ese binarismo es el que han seguido los opinadores o comentadores porque la teoría del signo que practican consciente e inconscientemente no les permite otra cosa.

Como políticos del partido del signo, los estilistas, los estetas y los hermeneutas operan de la misma manera que los dirigentes de los partidos políticos que mantienen el orden social. Con los cinco instrumentalismos y los seis paradigmas del signo descritos en el artículo anterior (Areíto 14/12/2013).

El problema del enfoque de las ponencias de este Seminario Internacional es que el grueso de los ponentes no son críticos literarios. Aunque son escritores o profesores de literatura, no opinan en calidad de críticos literarios. Emiten su opinión acerca de cómo ven la crítica literaria en nuestro país. A lo cual tienen derecho, pero sus opiniones son únicamente eso.

Es el caso de Manuel García Cartagena, doctor en literatura graduado en la Universidad de François Rabelais de Tours. En su ponencia en el Coloquio Henri Meschonnic celebrado en la Universidad Apec, él explicó, a pesar de conocer la poética, por qué prefirió no estudiar con Meschonnic. Las consecuencias se ven ahora cuando al analizar los cuentos de Giovanny Cruz Durán dice lo siguiente: “nada impide considerar que el modelo narrativo de Giovanni Cruz es el de un cuento, como no sea un determinado apego a cierta idea ‘canónica´ que se desprende de una lectura esteticista como la que Diógenes Céspedes hace del cuento ‘La bruja’, de Ramón Lacay Polanco, otro excelente ejemplo de cuento con una estructura divergente respecto al modelo tipológico que Bosch defiende en sus ‘Apuntes’ y, que, según Céspedes: ‘anda cerca de la exigencia boschiana, pero hay digresiones y desvíos que matan el interés del lector’» (p. 97).

Vamos por partes. Como lo hace Jack el Destripador con sus víctimas. A García Cartagena y sus condiscípulos les enseñé que, para la poética, la estética no existe. Es un fantasma que solamente tiene existencia en la teoría metafísica del signo e imposible de asir en la práctica. ¿Entonces cómo puedo yo realizar una lectura esteticista de ningún texto literario? Hasta Barthes, fino estilista, contraviniendo toda la tradición griega y a Baumgarten, creador del término, niega la existencia de la belleza en su libro S/Z. Al preguntar, ¿bello como qué?, cuando analiza lo que se dice de Marianina, concluye en que formularnos la pregunta nos conduce a una tautología, o sea, a un círculo vicioso.

La belleza, por lo tanto, está excluida de la poética, donde el descubrimiento del ritmo como valor de la obra es el placer. Porque descubrir ese ritmo es descubrir los sentidos de su política, que no es otro que la inscripción radical en contra de las ideologías de su época.

Lo que el sentido común, y el no común, llama belleza, sustantivo inexistente en la Grecia clásica, no es otra cosa que el ritmo, tal como lo definió Platón y otros filósofos antes que élcomo forma distintiva, disposición, proporción, atributos que son radicalmente históricos y culturales, no metafísicos, lugar donde lo ha acantonado la metafísica y su dualismo a partir de la implantación del cristianismo en Occidente. Benveniste dice en su célebre y ya clásico artículo “La ‘noción’ de ritmo en su expresión lingüística” que Platón innovó la definición tradicional de ritmo al aplicarle “a la forma del movimiento que el cuerpo humano realiza en el baile, y a la disposición de la figuras en las cuales ese movimiento se lleva a cabo. Las circunstancia decisiva está ahí, en la noción de rithmos corporal asociado al metrón y subordinado a la ley de los números: esa ‘forma’ está determinada de ahora en adelante por una ‘medida’ y subordinada a un orden.”

A partir de esta añadidura por parte de Platón, y hasta el día de hoy, los estetas, los estilistas, los hermeneutas y todos los metafísicos reducirán el ritmo a orden y medida, sinónimos de la belleza, y esta última es el contenido; y la medida, la forma. Ese es el dualismo del cual no saldrán nunca los miembros del partido del signo. Yo diría: Peor, jamás saldrán de ese binarismo, último dogmatismo de la metafísica del signo.

Solo han escapado de esa concepción metafísica del ritmo como belleza, orden y medida,  Gerarld Manley Hopkins, Émile Benveniste y Meschonnic y su poética. Para ellos, el ritmo es la forma y la forma es el ritmo y la ‘belleza’ estaría en el descubrimiento de los sentidos de esa forma-ritmo por parte del sujeto. Este descubrimiento es el placer mismo porque él es la política de la obra orientada en contra de las ideologías de época y el sistema social que las abriga como mantenimiento del orden.Ese ritmo es el significante. (Continuará).

(*) Publicado en Areíto del 28 de diciembre de 2013 y reproducido en Acento.com de la misma fecha.