Fe, Esperanza y Claridad

Educación Superior: Si por mí fuera… (1)

Por Luis Ulloa Morel

No está mal sino bien que quienes dirigen nuestros centros de estudios superiores se muestren inquietos por que sus instituciones mejoren sus colocaciones en los rankings internacionales. Se sabe que ninguna universidad dominicana alcanza aún puestos importantes en estas mediciones. Recientemente, mi universidad, la Autónoma de Santo Domingo, estuvo siendo evaluada: una comisión de un organismo interamericano vino para levantar un conjunto de informaciones que deberán servirle para darse una idea de la calidad de esta academia. (Tengo entendido que se trató, en verdad, de una re-evaluación solicitada por las propias autoridades de la Universidad, inconformes con lo resultados de un estudio anterior).

Los criterios utilizados por los organismos calificadores internacionales son variados, algunos bastante complejos. Por acá también contamos con criterios. Nuestra Ley que rige la Educación Superior (Ley 139-01) nos habla (Art. 57) de una “calidad de las instituciones de educación superior y de las de ciencia y tecnología” que “será valorada conforme a la calidad de los recursos humanos que ingresan al sistema, los insumos, los procesos y los resultados (…)”.

El Art. 61 precisa aún más los componentes de esa calidad: “a) La pertinencia de la misión y objetivos institucionales; b) La pertinencia de los estatutos, políticas, normas y procedimientos; c) La calidad de los servicios institucionales; d) El nivel de formación y experiencia del personal docente, de ciencia y tecnología, de extensión y de servicios; e) La pertinencia de los programas de docencia, investigación y extensión; f) El soporte logístico e infraestructura disponible”.

Y el Art. 62 agrega que esta calidad “se determinará, además, por la relevancia que se expresa a través de las orientaciones curriculares, los perfiles profesionales de los egresados, la idoneidad de las contribuciones científicas y tecnológicas y la congruencia existente entre los fines y objetivos con la planificación y los logros obtenidos (…)”.

Lo que no alcanzo a entender muy bien es el tratamiento de estas últimas variables (Art. 62) bajo la categoría de “además”. La razón central de ser de toda institución de educación superior es la organización de la transmisión y producción de conocimiento, en especial de ciencias y tecnologías. Y esto significa docencia e investigación. Y la manera de saber hasta qué punto ambas sirven para algo no pueden ser otras  que el examen de “los perfiles profesionales de los egresados” así como de “la idoneidad de las contribuciones científicas y tecnológicas”. En última instancia, cualquier calificación de toda academia superior tendrá como centro de atención estas variables.

Para  nuestros actuales centros de estudios superiores parece sin embargo que falta una elección aún entre lo primero:docencia e investigación no pueden en los hechos andar por caminos distintos, pero sin la consolidación de la primera es prácticamente impensable toda pretensión de acometer con éxito la segunda. Se dirá que toda buena docencia implica al propio tiempo procesos de investigación, y es cierto. Me refiero aquí sin embargo a investigación en el sentido independiente y puro, y aseguro que en un centro educativo superior no puede ser ésta el elemento clave. Por una razón elemental: para investigar –lo nuevo—es preciso antes conocer lo viejo que ya se conoce. Investigar es una necesidad que solo se descubre a partir del saber mismo.

De este saber es responsable por definición el proceso docente. La expresión pública por excelencia de la calidad de una universidad es la calidad de sus egresados. Esta calidad no puede menos que estar vinculada a las condiciones en que ocurren los procesos formativos y sobre todo a las capacidades de quienes conducen estos procesos. Que cuesta suponer que no se trate, en definitiva, de verdaderos investigadores…

Pero, a lo que voy: Si queremos alguna vez mejorar nuestro sistema de educación superior tal vez convendrá “olvidarnos” por un tiempo de ciertas variables universales –válidas sin duda—y concentrarnos en aquello –valido también—que está más a nuestro alcance y que, sobre todo, crea bases sólidas para todo lo demás. Yo “echaría a un lado” también el afán por el logro de mejores puestos en los rankingsy haría de la transformación de los procesos formativos y subsecuentemente de los resultadosel centro de todo.

Plantearé algunas sugerencias al respecto en la próxima entrega.

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