Vivencias

Dizque honorables…

Por Rafael Alvarez de los Santos

La sociedad, como la vida, tiene sus curiosidades y una de ellas, al menos para mí, son los protocolos.

La gente ha ido creando reglas que, a mi entender, solo sirven para desvirtuar la vida de la sencillez con la que deberíamos vivir y manejarnos.

Reconozco que aborrezco los protocolos. Me gusta sentirme libre, comer como se me antoje sin detenerme a pensar con qué mano debo sostener el tenedor, me gusta vestir sencillo sin pensar  en  marcas, no presto atención a las modas ni pierdo mi tiempo mirando fashionistas.

Pero el protocolo que más se me dificulta cumplir  es el de las distinciones con que se deben mencionar a ciertas personalidades de la vida social y política porque entiendo que en su gran mayoría no se corresponden con su accionar.

Al presidente de la República se le debe llamar excelentísimo señor presidente o primer mandatario. Entiendo que el respeto se le tributa a quien se lo gana y no debería ser una imposición protocolar. Lo primero es que el mismo título exagera el concepto de excelencia pues lo atribuye en grado superlativo al agregarle ísimo. y en lo que entiendo han sido excelentísimos nuestros presidentes ha sido en  apañar los corruptos, crear déficits fiscales enormes y componendas con la justicia

En este mismo orden a los senadores, diputados, síndicos y demás señores del mundo de la política se les debe llamar Honorables. Según el diccionario de la RAE el concepto se aplica a la persona que actúa con honradez de modo que es digna de ser respetada. Se aplica al hecho o la acción que permite conservar a una persona la dignidad, el respeto y la buena opinión de los demás.

Aún resuena en mis oídos aquel ¡Voten honorables, voten! del presidente de la Cámara de Diputados cuando buscaba afanosamente aprobar el presupuesto sin incluir el 4% para la educación  aprovechando la mayoría simple. ¿Lo recuerdan?

Esos son los honorables que hacen nuestras leyes y aprueban presupuestos. La cuestión aquí es que no entiendo cómo se le puede llamar honorables a sujetos que aprueban préstamos sin leerlos ya sea por someterse a línea partidaria o por la seducción del dinero.

Cómo llamar honorables a quienes atentan contra la soberanía del país cada vez que conceden contratos lesivos a los intereses nacionales.

Diga usted dónde reside la honorabilidad de quienes crean las leyes y al mismo tiempo no las cumplen. Y en su caso la situación es peor porque pecan de intención y con conocimiento de causa amparados en una distorsión interpretativa de la afamada inmunidad parlamentaria que les blinda ante las leyes que ellos mismos saben cómo violar sin que pase nada.

¿Por qué llamarle honorables a quienes se autofinancian sus campañas con barrilitos y cofrecitos y se jubilan con unas pensiones súper altas cuando miles de trabajadores viven con una pensión de mala muerte?

No pueden ser honorables quienes deliberadamente falsean la declaración jurada de bienes aún sabiendo que se trata de un juramento.

Honorable eran los señores mayores de mi barrio quienes nos decían a los niños  que lo ajeno se respeta, y que el honor de una persona reside en el cumplimiento de la palabra porque la credibilidad nos hace merecedores del honor cosa que muy pocos “honorables” cumplen pues sus campañas se sostienen sobre promesas movedizas.

Ya lo dijo el moralista Emerson “Lo que haces me habla tan fuerte, que apenas escucho lo que me dices”. Eso es ser honorable.

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