Del diario vivir

De lo sublime a lo ridículo

Por Lipe Collado

De la lectura de la definitoria sentencia del Tribunal Constitucional dominicano -que marca un antes y un después del consabido proyecto en proceso de ejecución de homogenizar la isla bajo la prelación dominicana- y del amasijo de interpretaciones públicas, muchas contrarias, en proporción considerable las favorables, y excepcionalmente las neutrales, se podría colegir que las confrontaciones de ideas, conceptos, análisis jurídicos, movilizaciones de multitudes dispares, expresiones extremas surgidas del desfogue emotivo y hasta de sensaciones de amargura y odio inexplicables –de parte de uno que otro ultranacionalista  y de los contradictores o cuasi haitianófilos- lo que hacen es aumentar la complejidad del asunto para el público común.

Me he leído la sentencia; he leído y escuchado a “los Vincho”, principalmente al incisivo de media sonrisa que le llaman “Vinicito”, un torpedero del programa televisual Cara o Cruz, y en La Respuesta a mi amigo a distancia don Marino Vinicio Castillo, el célebre “Vincho” -con quien anduve de periodista por el Este siendo el adalid sincero, esforzado y hasta sacrificado en 1972 de la aplicación de las Leyes Agrarias del inefable Presidente Joaquín Balaguer; al amigo colega Juan Bolívar Díaz, a Francisco Álvarez, hijo de mi amigo colega y “Bella Persona” don Papi Álvarez Castellanos, y a todos los demás principales críticos de la histórica sentencia definitoria de la regularización de extranjeros y cuasi extranjeros, y en resumen puedo afirmar que junto a la lectura de un artículo en el diario Hoy el 4 de noviembre, en la página  10-A, de Manuel Vilchez Bournigal titulado kilométricamente “Cinco Cosas que los críticos de la sentencia del TC no quieren que sepas” y del documento del 6 último titulado “Rechacemos todo Guetto o Aparteid”, firmado por Juan Bolívar Díaz y reconocidos críticos de la sentencia, y por otros atenuados tenidos como luminarias de sus profesiones: escritores, abogados, etc., me ha sido suficiente para robustecer mi convicción de que es una sentencia con basamentos jurídicos sólidos, carente de los atribuidos efectos devastadores sísmicos o huracanados o nucleares sobre una masa humana de inmigrantes y de hijos de inmigrantes haitianos –magnificada adrede-.

En el citado documento se vuelve a argumentar que la sentencia viola el principio de la retroactividad de las leyes, a pesar de que en su espíritu y aplicación hay un efecto retroactivo en beneficio del mapa humano abarcado, cuando de hecho condona la falta grave de los que falsificaron documentos y sobornaron para obtener identificación de dominicano, y manda que se defina y regularice su estatus.

En un lenguaje altisonante y hasta intimidante –un remolino de suspicacias incontrastables- se proclama que “Estamos ante un despojo masivo de la nacionalidad sin precedentes en ninguna nación”. Hasta donde yo sé no ha habido ni siquiera un caso de despojo, y si es así, como lo es, entonces ¿qué se procura al proclamar cual hecho consumado lo que es una presunción a futuro?

Pero el colmo de los colmos es que lo que ahí dan como un hecho consumado, luego lo presentan como impracticable a futuro, al proclamar sesudamente que para “ejecutar la masiva exclusión se requerirán muchos años, enormes recursos y sobre todo una gran cacería nacional de personas” (…) En otras palabras, ellos dicen que sería imposible a futuro hacer lo que no se ha hecho. Y yo creo lo mismo: sería imposible “despojar” de la dominicanidad a más de 250 mil personas de origen haitiano, en razón de que ni existen los tales ni hay fuerza legal ni ilegal ni humana ni animal que pudiera despojar a un dominicano de la dominicanidad.

Al final proclaman “una patria amplia” -¿expresión auto incriminatoria?- y llaman a solucionar “los problemas migratorios a base de una nueva visión concertada” -¿otra auto incriminación?-.

Pero por si todo eso fuera poco, terminan reclamando “limitar los flujos inmigratorios del presente en vez de una absurda persecución del pasado”, y ni por asomo hacen referencia a lo medular de la sentencia: que le pone un stop brusco a las pretensiones de homogenizar la isla bajo nuestra prelación, -lo que muchos llaman “la fusión de la isla”-.

¿Por qué en su final hicieron mutis de lo denunciado una vez por el inefable Presidente Balaguer de que Francia y otras naciones europeas pretendían fusionar la isla?

¿Acaso se les ha olvidado a ciertos firmantes del documento lo que el doctor Peña Gómez refería una que otra vez sobre planes en concreto en ese sentido?

¡Por Dios no se hagan los bobos, ni mucho menos los desmemoriados! ¿O tal vez lo ven bien? Si acaso fuere así tienen todo el derecho del mundo, pero en el ínterin soliciten otra nacionalidad. ¿La haitiana? ¡Jamás!

 

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