Cultura y sociedad

De la infidelidad… (I)

Por Sandra Mustelier Ayala

Al menos digo cuando canto lo que pienso,SALTODELINEAen estos tiempos tan llenos de doble feSALTODELINEAFin de fiesta. Dúo Buena FeSALTODELINEAhttp://www.youtube.com/watch?v=9qd3xx4Vwqw&list=RD489qd3xx4Vwqw

“¿Te enteraste? La Mustelier se divorció”, dijeron unos; a lo que otros corearon: “Se le quitó el caché”. Quienes así intrigan, son viscerales serpientes venenosas que esconden sus más bajas pasiones, sin mirarse por dentro porque…  “Quien tiene tejado de vidrio, no le tira piedra al vecino”. Me espanté cuando supe que quienes a mí se atrevían a juzgarme  son: unas sumisas y oportunistas que aguantan todos los cuernos de esposos infieles, pues no quieren bajar de estatus social, ni perder “los cuartos” semanales del marido que compra su mutis. Otros, son empedernidos adúlteros, con imagen de importante ejecutivos, y escalan posiciones por sus habilidades extracurriculares. Jesús se incorporó y les dijo:-Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Juan 8:7. Lo más triste es que no son casos aislados. Vivimos en una sociedad donde prolifera la doble moral. Yo,  creo en el divorcio porque creo en el matrimonio por amor y como impulso, no como estorbo a la realización personal de ambos. Lo único que da sentido a una relación de pareja es el más sublime de todos los sentimientos, acompañado de tolerancia, comunicación y comprensión. Si una de esas dos condiciones fallan pueden suceder dos cosas: o diluyen la relación y se divorcian -si fueran honestos- o empiezan el lacerante juego de las  mentiras, del engaño. Y es risible como ellos creen, ilusamente que le hacen creer a los hijos y a la sociedad que “son felices”. Solo hacen el burdo ridículo.

Que en mi perfil de Facebook aparezca como situación sentimental “divorciada”. No me avergüenzo, no me quita moral. ¿Cuántos hay por ahí enarbolando una bandera que no logra tapar sus infidelidades o su sumisión económica-oportunista? ¿De cuál moral hablamos? ¿De la falsa que se alimenta de la apariencia? ¿De esa doble Fe de ir a Misa los domingos, hincarse ante Él, y comulgar, para salir a los cuarenta y cinco minutos a casa de la amante? Se convierten en farol de la casa. Y ves a la sumisa y maltratada esposa, en espera del marido infiel, para no afectar su “dizque calidad de vida”. Esa calidad de vida: ¡Yo, no la quiero! Quizás declaren en este país, la infidelidad como tradición nacional. Esos señores que practican la infidelidad como deporte o entretenimiento, creen que el poder de Don dinero puede comprarlo todo, incluso que pueden violentar la ley divina: “No cometerás actos impuros (Éxodo 20:14). No cometas adulterio”.  Si existiera un detector de adúlteros a la puerta de la Iglesia, viéramos a tantos ensacados, falsos devotos,  quedar  fuera y a una que otra mujer “De Sociedad” que prefiere hacer sus desahogos,  casi siempre generados por la desatención del hombre infiel y lo hacen muy a escondidas, pues esta sociedad, injustamente machista, condena a la mujer lo que al hombre celebra. No aplaudo ni a uno ni a la otra.

Y los ves en lujosas yeepetas y en la prensa nacional, pronunciando discursos de moral, unión familiar, y se atreven a invocar a Dios, Patria y Libertad. ¡¿Hasta dónde llega la doble moral en esta sociedad de apariencias y no de esencias?! ¿Dónde andarán las causas de este fenómeno sociocultural? Aquí algunas hipótesis: el machismo, en primer lugar, los bajos niveles de educación, influencia negativa de medios de comunicación, pérdida de valores, reiterados períodos dictatoriales en historia política y su impacto en el imaginario social y familiar, entre otras.

Si hay infidelidad en la pareja, desaparece la confianza y nacen la ira, tristeza, baja autoestima y la pérdida parcial o total de la confianza en el otro. El matrimonio empieza a dejar de ser tal, para convertirse  en: un acuerdo de convivencia por mutuos beneficios, costumbre, tedio, temor a perder el estatus social. Puede ser cualquier cosa, menos aquella institución sagrada que el amor unió.

Y justo antes de terminar de escribir este artículo, recibo una llamada, José me pregunta: “¿Y para usted qué es la fidelidad?” La fidelidad, digo convencida, es la hermana gemela de la felicidad, en sociedades monógamas como la nuestra; la fidelidad es el pacto de amor, de compromiso y entrega total. Relación emocional y sexual solo entre ambos integrantes de la pareja. Y me dice él: “creo que es ahí donde está el problema, las parejas no inician con pactos de fidelidad”. Le contradigo: no es necesario, la sociedad deja establecido por patrón sociocultural ese pacto aún cuando no se exteriorice. Pero… quizás él tenga razón, debiera hacerse al inicio de la relación de pareja, un pacto verbal o escrito con “tintas del corazón”,  y quien lo viole: “TENDRÁ CASTIGO”, en la tierra o en el cielo.

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