Opinión

¡Cara al viento!

Nunca he sabido el porqué la gente  regala lo que no quiere, lo que ya no les sirve, lo que les sobra e incluso dar zapatos y ropas rotas. No tienen la delicadeza de compartir  las cosas en buen estado.

Por Elsa Guzmán Rincón

Mi primer contacto o mi primera experiencia con las causas sociales fue apenas siendo yo una adolescente. Pertenecí a los “Cursillos de Vida”, que era una réplica o se podría decir un hijo de los “Cursillos de Cristiandad”, aquellos eran para jóvenes y estos, para adultos.

En esa época íbamos a los campos a compartir con los movimientos campesinos, recuerdo como hoy las dinámicas que hacíamos con ellos formando círculos en una enramada, rezábamos, cantábamos, dábamos charlas. En fin, una experiencia maravillosa, inolvidable e irrepetible.

Nuestro movimiento pertenecía a la Iglesia Católica y estaba dirigida por sacerdotes jóvenes comprometidos. Incluso Balaguer llegó a tildar a algunos de comunistas.

Hacíamos encuentros de dirigentes a nivel nacional. De aquí, la capital iba un grupo de jóvenes a participar de los mismos. Recuerdo a muchos de ellos cuando hoy los veo destacarse en la vida pública, política y empresarial. Tiempos olvidados e idos.

Tuve una gran experiencia yendo a los barrios más marginados, llegamos a ir al ayuntamiento de mi pueblo, La Vega, a luchar para que el nombre de un barrio que denigraba a los moradores del mismo fuera cambiado, algo que logramos.

Una de mis mayores satisfacciones fue el ir al Colegio Agustiniano, en que los sacerdotes nos prestaban sus aulas por las noches para alfabetizar sobre todo a las muchachas del servicio.

Cuando vine a estudiar, trabajaba en un colegio al que dediqué unos cuarenta años. Recuerdo cuando íbamos a campos de Baní a realizar operativos médicos y llevar materiales escolares y medicamentos para los más necesitados.

Pasado unos años sacaba tiempo para ir de voluntaria a “Las Siervas de María”, allí ayudaba en trabajos de computadora, seleccionaba medicamentos, llenaba potecitos con melaza que luego eran entregados a madres de niños desnutridos. Un día sin saberlo y sin ningún motivo, dejé de ir. Algo que lamento hasta el día de hoy.

En una oportunidad, luego de un devastador huracán me acompañó un grupo de jóvenes del colegio a Cáritas Dominicana. Nuestra misión era entresacar zapatos de una montaña y emparejarlos. También seleccionar la ropa que se encontraba en buen estado y descartar las que no servían. Las jóvenes que me acompañaban nunca habían tenido una experiencia tan gratificante. Estaban eufóricas, felices.

Nunca he sabido el porqué la gente regala lo que no quiere, lo que ya no les sirve, lo que les sobra e incluso dar zapatos y ropas rotas. No tienen la delicadeza de compartir las cosas en buen estado. Tener la molestia de juntar los zapatos con sus compañeros y por lo menos reparar la ropa que tiene algún defecto, porque siempre habrá alguien que necesite, pero lo que no les sirve, no le sirve a nadie. Fue una de las cosas que aprendí en esa misión en Cáritas.

He querido contar mi historia ya que el día de San Francisco estaba viendo en la televisión española un programa de ayuda durante esta pandemia. Cómo la gente se comprometía, cómo querían ayudar. Me sentí avergonzada yo aquí confinada y sin hacer nada por los demás. Me he escudado en la edad y en la salud. Me sentí egoísta. Creo que algo he debido hacer, no quedarme indiferente.

Siempre recuerdo cuando iba a un gimnasio todas las mañanas y allí se congregaba un grupo de señoras, muchas muy cercanas a mí y se ponían a hacer horas en la cafetería, se pasaban todo el tiempo conversando de cosas irrelevantes. Hoy lamento no haber tenido el coraje para invitarlas a ocupar su tiempo en algún patronato, tendiendo una mano en donde se necesitaban manos.

De mi época de Cursillos de Vida siempre recordaré el lema que nos identificaba, al igual del que legara el Ché Guevara de “¡Hasta la victoria siempre!”:

¡Cara al Viento!... ¡Hacia la Cumbre!

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