La edad de la razón

Blasfemias y disidencias (2 de 2)

Concedo que es difícil creer en un Dios de amor en un mundo de injusticia, dolor y sufrimiento. Igual de difícil es creer en Cristo resucitado en medio de tanta muerte inocente.

Por Fidel Munnigh

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Es irremediable: oscilamos entre el desamparo ontológico y la plenitud subsistencial. Heidegger afirma que la esencia del hombre es su existencia. Existir es “estar-fuera”, “estar-en-el-mundo”, “estar-ahí”. Pero he aquí que ese “estar-en-el-mundo” parece ser más desamparo que plenitud. Podemos elegir entre el Misterio y el Absurdo (y, mientras dure la elección, desgarrarnos). La posibilidad de otra vida, de un transmundo es una irrenunciable esperanza inscrita en los sueños más puros del hombre, en el ardor de nuestras pupilas. Ya sabemos que estamos solos y que la única certeza que nos mueve es la de la muerte.

Para el existencialismo ateo sartreano, la vida no tiene otro sentido que aquel que el hombre le da, por sí mismo y a cada momento, con su proyecto temporal, proyecto que igual termina con la muerte y se reduce a la nada.

Confieso que me atrae esa idea. Hemos presenciado cómo todos los proyectos temporales (uno de ellos, la sociedad sin clases, el Paraíso terrenal, la utopía mesiánica del marxismo revolucionario) se han desvanecido y perdido significado y consistencia para la humanidad desamparada, desvalida y anónima.

Frente a las soberbias pretensiones de omnipotencia, afirmo las limitaciones del ser humano. Pienso en la vanidad y arrogancia de tantos proyectos políticos. ¿O acaso no constituimos una existencia contingente, finita, limitada por el horizonte de la muerte, incapaz de absolutez?

Una de dos: o los proyectos temporales se reducen a la nada con la muerte o son relativizados por una concepción de la trascendencia.

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Concedo que es difícil creer en un Dios de amor en un mundo de injusticia, dolor y sufrimiento. Igual de difícil es creer en Cristo resucitado en medio de tanta muerte inocente. El escándalo del mundo “acusa” a Dios.

Lo que conduce al ateísmo es menos el estudio y la lectura que la experiencia propia, única, singular, intransferible. Descreo de las conversiones puramente intelectuales.

Un día me dijo Félix, refiriéndose a la temprana muerte de Arístides: “Cuando ese muchacho murió, yo dejé de creer en Dios”.

Repaso distintas posiciones frente al problema de Dios: Dios es una conjetura (Nietzsche), una hipótesis inútil (Sartre), una idea necesaria para el orden moral y social en el mundo (Voltaire), el tú Absoluto (Marcel).

Insisto: no se llega al ateísmo después de mucho esfuerzo racional y reflexión (tal sería el ateo intelectual, teórico, sin raíz existencial); se llega a ello viviendo, experimentando el espanto, el escándalo moral del mundo, hundiéndose en el ocaso, en el insalvable abismo.

(En el párrafo anterior no me defino, sólo trato de entender).

En la degradación, conozco a Dios. ¿Puedo hallar a Dios en la inevitable caída, en el insalvable abismo? No sé. Habría que vivir (que hacer) la experiencia de la degradación.

Expongo el movimiento de mi espíritu: un moverse entre la autoafirmación consciente y el arrepentimiento, entre la libertad y la conciencia de pecado. Vivir la soledad, la angustia, el desamparo. Elegir libremente enfrentarse al mundo, a esta creación horrible, imperfecta, bajo riesgo de sucumbir a su acoso.

El mundo es el escenario de la caída.

(Probable lector: quien esto escribe no es ateo).

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“¿Por qué el ser y no más bien la nada?”, se pregunta Heidegger. Y Bataille: “¿Por qué es preciso que haya lo que yo sé? ¿Por qué es necesario?”.

No puedo reducirlo todo a la razón pura, ni al conocimiento discursivo, ni a la verificación empírica. ¿Acaso no hay un campo inefable, reservado a la experiencia mística, interior, un campo no experimental pero sí experiencial? ¿El conocmiento humano no reconoce límites? ¿Debo reducirlo todo a lo positivo, a lo que yo sé que existe?

Alguien rechazará estas especulaciones. Me tiene sin cuidado. Especular es una forma de elevarse sobre la vida diaria, de situarse por encima de este cotidiano absurdo insular que nos arropa. Por eso legitimo el espíritu especulativo.

Hoy día, la disidencia es la mayor muestra de libertad y honradez; la blasfemia, la mejor prueba de que el problema de Dios es irreductible, insuprimible, como la angustia.

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