Contra el tiempo: Por siete años, Nuria ha esperado un riñón que le salve la vida

 

 

Por Samuel Tapia | Nuria Molano se sienta con mucho cuidado en el sillón en el fondo de la sala. La movilidad es una de las dificultades con las que tiene que lidiar desde el amanecer. Se acomoda el flequillo que cubre parte de su frente y de su ojo izquierdo.

Hija y madre, dice de entrada al hablar sobre su vida. Marlon, de nueve años, se ha convertido en su enfermero particular. También en su motor – y dolor de cabeza –, esposa un hombre que describe como un excelente padre y compañero, afirma con una sonrisa amplia y despreocupada, entre la música de los calderos y el aroma de los guisos.

Odontóloga de profesión, carrera por la que se enamoró a edad temprana, Nuria cuenta que su familia y amigos han sido su soporte en una larga batalla que inició en el 2005, a los 21 años, cuando fue diagnosticada con Síndrome nefrótico, un trastorno renal que hace que el cuerpo excrete demasiadas proteínas en la orina (proteinuria), que detectada a edad temprana puede ser reversible, sin embargo en adultos, es más complejo.

En ese momento, Nuria inició un extenso tratamiento que incluía inmunosupresores, un medicamento de alto costo con el que se mantuvo estable hasta el 2010, fecha en la que sale embarazada. Explica que se trató de un embarazo delicado, pero bien llevado dada su condición de salud.

Ves a una familia que se desgasta por mantenerte con vida"

Tras el alumbramiento, Nuria suspendió el tratamiento, con apoyo de su médico, por un tiempo que, según cuenta, fue más extenso del requerido.

“Me sentí tan bien que duré mucho tiempo en volver donde él”, cuenta sobre su decisión, la cual daría inicio a un nuevo viacrucis. “Cuando volví ya no había más que hacer que comenzar las diálisis”.

Debido a la grave situación de salud, Nuria tuvo que ser sometida a una intervención para colocarle un catéter que le permitiera llevar a cabo el proceso de diálisis, pero su cuerpo lo rechazó. Esto, explica, no solo la llevaría a ser sometida a nuevos procedimientos para poder eliminar las sustancias nocivas o tóxicas de la sangre, sino que también la colocaría en un severo apuro financiero, ya que había quedado desprovista de un seguro que cubriera sus gastos médicos.

Nuria se acomoda el flequillo que le cubre el rostro. Recuerda que en aquel tiempo, cada catéter tenía un costo a nivel privado entre 30 y 40 mil pesos.

Según datos suministrados por el Instituto Nacional de Coordinación de Trasplantes (Incort), en la actualidad hay 215 pacientes en Lista de Espera en todo el país, aguardando por donación de órganos renales. Un año de diálisis cuesta alrededor de 1.2 millones de pesos por paciente. Apenas el 30 % sobrevive a los 4 años en diálisis.

Trombosé el riñón… No una ni dos, sino tres veces. Hice trombo para el pulmón, las piernas. Fue una pérdida. Deseaba poder despertar con mi riñón, pero no se pudo"

UN RIÑÓN PARA NURIA

 

Nuria, sin perder el ánimo, narra que inició entonces con las fístulas, que son los accesos vasculares naturales, en los que se coloca una arteria con una vena. Con ese sistema duró un año, hasta que empezó a "trombosar".

Ese proceso de cambio de catéter y fístulas, que incluyó diálisis peritoneal – con el cual solo duró un mes, y que más que nada resultó traumático –, se mantuvo por años, hasta que las puertas para llevar a cabo las diálisis se cerraron.

“Volví a Cecanot llorando por mi vida”, dice. Por esta causa fue sometida a una nueva intervención en la que le fue colocado un catéter subclávico, que al igual que los demás, funcionó por un corto tiempo.

Es en ese momento que Nuria, quien llevaba cinco años batallando contra la insuficiencia renal crónica, recibe la noticia de que había aparecido un riñón compatible, por lo que fue ingresada al quirófano para una cirugía de trasplante.

Mas las noticias resultaron desalentadoras: Nuria desarrolló una condición persistente, y hasta ese momento desconocida, en la que la joven madre forma coágulos de sangre o trombos. Esto afectó el órgano al momento del trasplante, terminando con daños que lo volvieron inviable.

“Trombosé el riñón… No una ni dos, sino tres veces. Hice trombo para el pulmón, las piernas. Fue una pérdida. Deseaba poder despertar con mi riñón, pero no se pudo”, indica. Ahora se encuentra lista para un trasplante de emergencia, manteniéndose con vida gracias al catéter en su cuello, lo cual, asegura, es su última opción antes de pasar nuevamente al trasplante.

 

 

CADENA PERPETUA

 

“Las salas de diálisis están llenas de historias”, dice Nuria, con palabras que caen como rocas en la arena. Vuelve a sonreír, esta vez con resignación. Habla de las historias de terror de los pacientes que esperan un trasplante; que viven atados a la esperanza de que la bondad de un desconocido podrá ayudarlos a separar sus vidas de lo que define como una cadena perpetua.

Se trata de una condena que arrastra también a sus seres queridos.

“Me desespero porque no es fácil pasar de ser una persona productiva a ser una totalmente dependiente”.

A pesar de esto, sus familiares más cercanos han hecho lo indecible por ayudar a Nuria, incluso ser donantes, sin éxito, ya que de sus dos hermanos, una padeció de cáncer de tiroides y el otro es hipertenso, lo que los vuelve candidatos no viables para la donación. Sus padres son muy mayores, por lo cual también fueron descartados.

Por esa razón, Nuria indica que lo ideal es que sea un trasplante de donante fallecido, ya que un solo donante podría mejorar la calidad de vida de siete pacientes. En el ínterin, ha visto morir a muchos de sus compañeros en las salas de diálisis, mientras que a la lucha se suma un enemigo silente: la depresión.

La peor parte es que el mensaje no está llegando, asegura, debido al poco interés y falta de información de las personas en que corresponde a la donación de órganos. Sostiene que un paciente renal no puede marchar para hacerse notar, por lo que la situación de los pacientes queda en un rincón olvidado, mientras que el Estado parece no prestar la atención debida.

Cuenta que trata de un padecimiento que ha tenido un alto costo familiar y económico, ya que además de las diálisis, la salud de Nuria está enlazada al consumo de por lo menos media docena de medicamentos de alto costo.

En la cocina, la música de los trastos termina, dando paso a un aguacero que nace de la llave del fregadero. Aunque no aspira a ejercer su carrera, sí conserva la esperanza de poder ver crecer a Marlon, su hijo de nueve años, el cual nació y se ha desarrollado con su madre con insuficiencia renal crónica.

Sonríe al pensar sobre el futuro a la espera de un gesto altruista que le permita seguir adelante con sus planes.

“Veremos la segunda parte del cuento, de su mamá trasplantada, a ver cómo lo hacemos”, dice con una risa que se debate entre la esperanza y la resignación, antes de un breve silencio. “Verlo lograr sus metas, ese es mi propósito”.

 

 

 

Veremos la segunda parte del cuento, de su mamá trasplantada, a ver cómo lo hacemos”

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