Lo bueno del mal humor es bueno contra lo malo

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SANTO DOMINGO, República Dominicana.-  La ira, el enojo, el mal rato aumenta el riesgo, por ejemplo, de un ataque cardíaco, pero la ira reprimida lo multiplica casi por tres. Estar de mal humor también conlleva beneficios cognitivos y sociales. En resumen, los mal encarados tienen en una batería de investigaciones científicas un aliado para la salud.

Las investigaciones que coinciden en que también la tristeza, la angustia y el pesimismo son funciones útiles apuntan a que “nos ayudan a prosperar”. Un mal encarado es bueno para detectar mentiras o, dicho de otro modo, los aprovechadores engañan más fácilmente a una persona feliz y de buen humor que a un ogro.

La certeza de que los sentimientos reprimidos perjudican a la salud es antigua (desde Aristóteles hasta Sigmund Freud han aludido al asunto), pero estudios destacados en los últimos años confirmaron el asunto gracias al análisis en algunos casos de cientos y cientos de personas a las que, además, les hicieron seguimiento durante años.

Uno de estos estudios echó mano de más de medio millar de casos de personas con mal genio y con las arterias coronarias dañadas. Los pacientes con las mismas fallas arteriales, pero de buen genio o –en realidad- propensos a ocultar sus sentimientos, registraron un quinto más de eventos cardíacos mayores (como infartos o cirugías) y un 9% más de fallecimientos que los no reprimidos.

Un arranque de furia apasionada acelera la respiración y el ritmo cardíaco y logra disparar la presión arterial. La sangre genera el distintivo enrojecimiento del rostro y hace que palpiten las venas de la frente. Hasta se ralentiza el sistema digestivo.

En la amígdala se genera la rabia

La rabia y buena parte de otras emociones se generan en la amígdala, estructura con capacidad para detectar amenazas al bienestar humano, activando la producción de las señales químicas que desatan los enojos.

Los geniosvalga la redundancia, suelen tener mal genio, decía un artículo de la BBC que recientemente abordó el asunto y que recordó las célebres rabietas de Beethoven.

La Universidad de Amsterdam, en Holanda, con un estudio de la autoría de Matthijs Baas, eligió a un grupo de estudiantes dispuestos a enfadarse en nombre de la ciencia y los dividió en dos grupos: a los de una mitad se les pidió recordar situaciones o hechos que les provocara enojo y a los de la otra tristeza, y a continuación cada uno debía escribir un breve ensayo.

El equipo de los enojados produjo más ideas creativas, originales y menos repetitivas, que proyectaron lo que se conoce como «pensamiento desestructurado». Fueron mejores en innovación accidental.

«La ira prepara al cuerpo para movilizar recursos. Nos dice si la situación en la que estamos es mala y nos proporciona la energía suficiente para salir de ella», explica Baas y recuerda que, en esencia, la creatividad alude a la facilidad con la que nuestra mente se desvía de una ruta de pensamiento hacia otra y todo ello comienza, efectivamente, en la amígdala.

Otro estudio, denominado “Sobre ser feliz y crédulo: los efectos del humor sobre el escepticismo y la detección del engaño” (On being happy and gullible: Mood effects on skepticism and  the detection of deception https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0022103108000693), matiza la recomendación “confiemos en nuestros instintos” que pregona la sabiduría popular y concluye en que un instinto positivo a veces resulta poco confiable.

Este estudio, publicado en The Journal of Experimental Social Psychology, puso en evidencia que quienes estuvieron en un estado de ánimo negativo debido a que vieron un documental sobre la muerte provocada por el cáncer fueron más proclives a detectar mentiras que aquellas de buen humor luego de ver una comedia.

Estar de mal humor “aumentó el escepticismo de los sujetos en relación con lo que debían juzgar y mejoró su precisión al identificar las comunicaciones falsas, mientras que los sujetos que estaban de buen humor fueron más propensos a sentir confianza e ingenuidad, dice este estudio.

“Predijimos y encontramos que el estado de ánimo negativo aumentaba y el estado de ánimo positivo disminuía el escepticismo de las personas y su capacidad para detectar el engaño», se lee en este estudio.

Añade que, después de una inducción del estado de ánimo utilizando películas positivas, neutrales o negativas, los participantes tuvieron entrevistas con personas que negaron haber cometido un robo.

«Como se predijo, el estado de ánimo negativo aumentó el escepticismo y mejoró la precisión para la detección de engaños, mientras que quienes juzgaron con un estado de ánimo positivo fueron más confiados y crédulos», sentencia.

Por lo mismo, «se considera la relevancia de estos hallazgos para los juicios cotidianos de confianza y la detección de engaño, y se discuten sus implicaciones para las recientes teorías de afecto-cognición”, se lee en la conclusión de los investigadores. Es decir, personas felices no sirven como testigos oculares.

Mal humor en cantidades moderadas

“Los seres humanos desarrollaron la habilidad de experimentar emociones negativas por una buena razón: en cantidades moderadas, nos protegen de lo que podría hacernos daño y nos ayudan a alcanzar el éxito”, según se explica en un artículo de Psychology Today.

“Los humanos de la antigüedad que eran capaces de sentir desconfianza, miedo, ansiedad e incluso ira, habrían sido menos proclives a involucrarse en situaciones perjudiciales o habrían podido sobrellevarlas de una mejor manera que aquellos que no eran susceptibles a esos sentimientos”.

La enseñanza de esto es que se debe estar consciente de que las emociones y los sentimientos influyen en perjuicio o en beneficio propio o ajeno, para la salud propia o para la salud quienes nos rodean.

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