Reconciliación en el Palacio

Los sacramentos son “signos sensibles de la gracia de Dios, rituales que manifiestan la acción divina en el ser humano”. Una de las principales funciones del sacerdote católico es administrar los sacramentos, acompañando como buen pastor a su rebaño desde la cuna hasta la tumba, sobre todo en los puntos de inflexión en su crecimiento espiritual.

La penitencia, también conocida como la confesión o reconciliación, es un sacramento que se repite periódicamente durante toda la vida, iniciando justo antes de la primera comunión y continuando hasta la unción de los enfermos. Solo un santo, pero muy santo- si acaso ese- hace penitencia una sola vez en su vida. La confesión marca la culminación del proceso de purificación espiritual que inicia con la toma de conciencia del pecado cometido, siguiendo con el arrepentimiento catártico y la reconciliación o el perdón divino. Por otro lado, al hacer penitencia por un pecado mortal, se contrae el compromiso de no repetir la transgresión.

Por el sigilo sacramental, el confesor no puede revelar que el Presidente Medina le confesó que no se reelegirá, a pesar de su popularidad, su derecho a ser elegido y demás argumentos esgrimidos por sus devotos seguidores.

Servir de confesor y guía espiritual es quizás la misión más compleja y difícil del sacerdote. El Papa Francisco, en la Bula Misericordiae Vultus con la que convocó el Jubileo de la Misericordia en 2015, dice: «Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca nos olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva…Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado … En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.»

Ser confesor no se improvisa. Sobre todo, ha de ser muy difícil oír confesiones de reyes y gobernantes, como lo hicieron durante prolongados periodos los frailes dominicos en la corte de Su Católica Majestad en tiempo de los Austria. Unos dieciocho dominicos guiaron y escucharon las confesiones de los monarcas Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Los frailes no siempre acataron el precepto de la confidencialidad y discreción absoluta- el sigilo sacramental- en ocasiones exacerbando intrigas y conflictos de intereses en la corte con sus indiscreciones.  El sigilo sacramental es la obligación de no manifestar jamás lo sabido por confesión del penitente, guardando la máxima discreción.

Haciendo una lectura inferencial de la reciente visita palaciega de nuestro arzobispo, Francisco Ozoria, se evidencia que hubo reconciliación en ese encuentro, al menos eso indican las imágenes y pocas palabras que reseñaron oficialmente el evento en circunstancias que llamaron la atención de toda la nación, justo en torno a la Semana Santa. La ecuanimidad y confianza que el prelado refleja después de ese encuentro, y el señuelo para desviar la atención alegando que la visita fue para hablar sobre obras terrenales, es indicio de que el encuentro en realidad fue de reconciliación espiritual. Por el sigilo sacramental, el confesor no puede revelar que el Presidente Medina le confesó que no se reelegirá, a pesar de su popularidad, su derecho a ser elegido y demás argumentos esgrimidos por sus devotos seguidores. El Presidente confesó al Arzobispo lo que no le ha revelado ni siquiera a sus más íntimos colaboradores, consciente de que su secreto reposa en la boca cerrada del sigilo confesional. El Presidente explicó que se dio un espacio para la reflexión hasta marzo próximo pasado para decidir sobre la aventura de una nueva reelección, y que, si pasado ese momento no ha anunciado su desistimiento, es para no restar apoyo a su restante gestión de gobierno, pero él se mantiene firme en su propósito de cumplir con el compromiso contraído. Por su parte, el Arzobispo guarda silencio sobre el tema en la tranquilidad y confianza de que el Presidente cumplirá su palabra empeñada en su penitencia, a pesar de las tentaciones, el canto de sirenas y las presiones mediáticas de sus adeptos. Mientras el Arzobispo guarda el sigilo sacramental, el Presidente sigue trabajando en su silencio sepulcral, aceptando homenajes de unos y sufriendo vituperios de los demás, con la absoluta ecuanimidad que solo la reconciliación inspira. Fin de la lectura inferencial del sonado encuentro en Palacio entre el Presidente y el Arzobispo.

A confesión de parte, sobran las palabras.

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