Artes y Oficios

Blackbird y el circuito de teatro de Ciudad México

El viajero dominicano amante del cine y el teatro, al visitar la ciudad de Nueva York, París o Madrid, no pierde la oportunidad de ver alguna obra de teatro. Organiza su agenda y disfruta de funciones de primera calidad. A merced de la recién restablecida conexión aérea directa entre Santo Domingo y Ciudad México, en la ruta organizada por la línea aérea Aeroméxico, la afluencia de dominicanos de viaje en el país azteca, por distintos motivos: trabajo, estudio, conferencias profesionales o turismo, ha crecido en número y frecuencia.

A estos viajeros les sugiero consultar el sitio en la red de Internet carteleradeteatro.mx, para incluir en su programa de visita, alguna obra de la amplia oferta del circuito de teatro de la capital mexicana, activa de miércoles a domingo. La página no solo les mostrará salas y géneros sino elencos, horarios, precios, descuentos y otras informaciones de interés. El interesado puede realizar la compra de sus boletos electrónicamente y retirarlos, con toda confianza, en la boletería del teatro antes de la función. Le bastará con mostrar la tarjeta de crédito utilizada en la transacción de compra y una credencial de identidad, por ejemplo, su cédula o pasaporte dominicano, a nombre de tarjetahabiente.

Hace un par de años atrás, tuvimos el privilegio de ver a Fernando Luján, un ícono del cine mexicano protagonizar en el teatro la obra La dalia negra, adaptación de la novela negra de James Ellroy, basada en el asesinato de Elizabeth Short en 1947. Grande fue mi emoción al ver a quien fue el galán de Angelica María, en la película de culto de una generación, y bonito recuerdo de mi infancia Cinco de chocolate y uno de fresa (1968), convertido en un veterano y consolidado actor.

Luján, cuyo apellido real es Ciangherotti, lamentablemente falleció el pasado enero. En este mes, vimos a su hija Cassandra Ciangherotti, protagonizar junto a Alejandro Calva, el drama teatral Blackbird en el Teatro Helénico, escrita por el dramaturgo escocés David Harrower en 2005. La obra aborda el espinoso tema de abuso sexual a menores, y es en estos momentos, la taquilla más vendida en la ciudad. Me dio mucho gusto discutirla días después con mi amigo Nassef Perdomo por las redes, que leyó la obra y la calificó como brutal.

A Cassandra el público dominicano la recordará por sus roles cinematográficos en   También la lluvia (2010), Cantinflas (2014), Tiempo compartido (2018) y, la que recomiendo no perderse, Las niñas bien (2019), basada en novela homónima de Guadalupe Loeza. A Alejandro Calva lo pueden ubicar en la comedia Una última y nos vamos (2015). La joven actriz crece en reconocimientos; lleva dos nominaciones de los premios Ariel y, al igual que su padre, es intérprete de amplio rango y registro.

En Santo Domingo, con más y menos intensidad, se ha estado en contacto con la industria del cine mexicano. En su Época de Oro, la conexión fue intensa al punto que sus protagónicos visitaban la isla en la recordada semana aniversario de Radio Televisión Dominicana, en la era de dictador Rafael L. Trujillo. Luego, el cine mexicano de la Nueva Ola, ocupó las carteleras del Olimpia, el Rialto y el Independencia, elegantes salas de cine de Santo Domingo. Allí conocí a un joven Fernando Luján en la pantalla grande. Más adelante, fue muy popular en los años setenta una programación televisiva que se llamó Tele-cine mexicano, donde se repetían cada sábado sus clásicos. La impronta de uno de los padres del cine, el español Luis Buñuel, en el tránsito del cine mexicano de los cincuenta y sesenta, cuando residió en este país, marcó ese tiempo de una notable exquisitez, con obras como: Los olvidados (1950), La Viridiana (1961) y Simón del desierto (1965).

En los años ochenta, la crisis económica, entre otros factores, redujo la producción del cine mexicano en general, y su distribución hasta República Dominicana. No pocos de sus hoy destacados actores y actrices de cine internacional, en ese entonces llevaban «chambeaban» entre el teatro y las telenovelas de Televisa. Otros se dedicaban a hacer comerciales o daban clases de comunicación en la universidad, sin soñar que se convertirían en directores y escritores conocidos a escala mundial.

A partir de los noventa, el cine mexicano resurgió con producciones destacadas, entre ellas, La ley de Herodes (1999) de Arturo Estrada; La invención del cronos (1993) ópera prima de Guillermo del Toro; Danzón (1991) dirigida por María Novaro; y El callejón de los milagros (1995) de Jorge Fons, escrita por Vicente Leñero; y la muy popular, Sexo, pudor y lágrimas (1995), de José Antonio Serrano Argüelles. El acceso al cine de arte mexicano y de otras latitudes, lo debemos a las muestras de cine organizadas por Arturo Rodríguez Fernández, incansable gestor cultural dominicano.

El cambio de milenio fue un momento épico para el cine mexicano. Amores perros (2000) dirigida por Alejandro González  Iñárritu y escrita por Guillermo Arriaga, junto a Y tu mamá también, dirigida por Alfonso Cuarón y escrita por él junto a su hermano Carlos, inauguran un movimiento que puso a la audiencia mundial a voltear la mirada a México. Ese renacimiento perdura. A la fecha, suma una plétora de nuevos directores, escritores e intérpretes. Los festivales, la cartelera regular y en su defecto Netflix, han devuelto a la audiencia dominicana el contacto con la producción cinematográfica mexicana. Estos artistas, en muchos de los casos, se iniciaron y no abandonan el teatro, por lo que hemos estado disfrutando de cerca de su trabajo.

El boleto para entrar a las múltiples salas de teatro en esta ciudad es asequible. Abundan las pequeñas, como la sala donde vimos Blackbird, más chiquita que la Sala Ravelo del Teatro Nacional dominicano. Sentados en primera fila, tuve que darle par de codazos discretos a Ricardo mi esposo y compañero de andanzas por el circuito teatral, para que Cassandra Ciangherotti no se tropezara con sus largas piernas, mientras recorría histriónica el pequeño escenario en el que estábamos sentados, al mismo nivel que los actores. Los realizadores, autores e intérpretes, a pesar de su carrera cinematográfica, no se alejan de la faena que demanda el performance en vivo, que solo les permite el teatro. Los actores y actrices eligen actuar en salas pequeñas, donde a veces, la audiencia está sentada en cuadrilátero, para que el experiencia borre la cuarta pared y le devuelva al ejecutante y al público, sonoridades que el medio mecánico de reproducción audiovisual omite.

No visiten México sin sacar tiempo para el teatro. Si quieren conocer acerca de su larga tradición, lean los apuntes que Pedro y Max Henríquez Ureña hacían al final de cada función hace cien años y que gracias a Miguel D. Mena hemos conocido. Esos dos jóvenes dominicanos, ávidos de estímulo, recorrían el circuito de teatro de esta ciudad, como aprovechamos en casa, cada otro sábado, alternando con el cine.

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