Sendero cultural

Un viaje con muchos recuerdos

Recientemente visité el batey el Soco en San Pedro de Macorís, acompañado de mi familia, lugar donde he tenido contactos por más de 30 años. He visto nacer niños, crecer, hacerse hombres y mujeres, casarse y a la vez reproducirse dentro de un medio social de muchas estrecheces y limitaciones.

He conservado amigos, compadres y recuerdos hermosos, tristes y dolorosos a la vez de tan grata experiencia profesional y de vida. El batey el Soco ha sido para mí una definición profesional y un lugar donde encontré el conocimiento y las maneras cómo los grupos humanos encuentran formas diversas y múltiples de reproducirse y vivir dentro de una comunidad y un territorio limitado en el espacio, las oportunidades y las opciones de vida.

Pero el Batey el Soco ha sido también, una comunidad con un reservorio cultural capaz de compartir sus impresiones con muchos otros, desde colegas, estudiantes, amigos, familiares y especialistas extranjeros que juntos fuimos recibidos desinteresadamente por sus pobladores brindándonos acogida y calor humano y sobre todo, oportunidades para conocer su manera de pensar, su cosmogonía del mundo, sus hábitos de vida, su compleja mentalidad sagrada y la trascendencia de su cotidianidad debatida entre la caña, el guarapo, la pesca, la pequeña agricultura de subsistencia y otros oficios menores.

Compuesta por una población dominicana, dominico-haitiana y haitiana de procedencia más reciente, el batey el Soco me ha permitido en este viaje, un reencuentro con mi pasado, recuerdos de protagonistas de estos hechos ya desaparecidos; así como encontrarme con viejos amigos y  reconocer cómo cambian los pueblos y comunidades, cómo el impacto de la modernidad los arropa y a veces los deja al descubierto, cómo el modelo de desarrollo excluyente, los hace parte de un número, de una cantidad, no así de un ser humano.

Hoy rodeado como acoso por el desarrollo y el turismo, ya no es una comunidad atípica rural, sino un enclave de gente que espera la muerte acompañados de sus penas, de su abandono y de su miseria

La desventura que conocí al llegar un domingo del mes de marzo del 1984 acompañado de mi entrañable amigo, artista del lente y arquitecto Pablo Morel (ido a destiempo), hizo que el calor humano de esa primera acogida convirtiera al Soco en mi destino reiterado para festejar los santos, celebrar el gagá o visitar en son de investigador, aquel lugar enclavado en un lugar hermoso, cuya playa, poblado, batey, río y puente llevan su nombre: Soco.

Hoy rodeado como acoso por el desarrollo y el turismo, ya no es una comunidad atípica rural, sino un enclave de gente que espera la muerte acompañados de sus penas, de su abandono y de su miseria. Viven de la pesca porque la agricultura estuvo monopolizada aquella vez por la caña de azúcar y hoy por el turismo. Los cambios son visibles para quienes fuimos muchos fines de semana a compartir con sus habitantes e informantes: Papel, Chichí, Teodocia, Altagracita, Machito, Manolito, Nena, Amancia, Papito. Allí dominicanos, haitianos, mulatos, se cruzaban por encima de la historia, se relacionaban al margen del discurso y establecían vínculos sanguíneos, parentales y sociales sin importar la procedencia, porque los igualaba la misma realidad social y económica.

Hoy vemos muchas casas que alteran el paisaje urbano del lugar, los arrincona el desarrollo, los invisibiliza la modernidad y el progreso, pero se niegan a desaparecer y sus cicatrices arquitectónicas como el barracón, la plaza o play, los entretejidos callejones, las enramadas, las viviendas de los jefes del ingenio, más sobrias que los barracones, además del árbol sagrado, centro mismo de la comunidad, de sus secretos e intimidades místicas y lugar de peregrinación los días de festividades a los dioses, son sus remembranzas diarias. Todavía esa mancha le acompaña como parte de su ser, de sus interioridades y de su innegable esencia.

El batey el Soco es compañero en sus bordes territoriales de la zona conocida por los arqueólogos dominicanos como la Cucama, uno de los más importantes yacimientos arqueológicos que por mucho tiempo fuera lugar de excavaciones del Museo del Hombre Dominicano. Sus tambores hoy resuenan junto a las palmadas de los nuevos residentes protestantes de religión y que multiplican sus iglesias en un espacio que fuera en su momento dominio exclusivo del vudú.

Compartiendo vicisitudes, los habitantes del batey el Soco ven pasar los días, los tiempos como parte de las hojas de un libro que, una vez leída, sede su paso a la siguiente. Para ellos la vida se vive en dos momentos, la del recuerdo y la melancolía de sus ancestros y la de la cotidianidad agreste que los hace polvo en medio de las ausencias más elementales de la vida humana.

Mi paso reciente por el Soco fue una recomposición de lugares, personajes, momentos vividos, seres estimados ausentes, impotencia y renacimiento en cada uno de los adultos que vi nacer, crecer y que hoy son viejos de pobreza, pero vitales en la esperanza que para ellos tiene la existencia misma…aunque solo sirva para reconocerse en su propia invalidez, en su propia disolución del ser…a pesar de lo cual Chichí el pescador, cantor de viejas ritualidades ancestrales, el tamburero versátil y bailador seductor, continua el camino de sus antepasados: los misterios, la consulta, entre la esencia y la existencia del ser.

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