La columna de Miguel Guerrero

Aquella triste tarde de mayo

Cuando mi padre murió, aquella triste y plomiza tarde de mayo, lo que proporcionó el valor necesario para soportar la tragedia enorme que se abatía sobre la familia, no fue más que la inmensa sensación de pequeñez que de mí mismo, y de mis hermanos, dejó reflejada su muerte.

La verdadera grandeza de su existencia no estaba en sus muchos logros personales, mezclados con similares tropiezos y desencantos, que hicieron de su vida una extraña conjugación de éxitos y fracasos, que terminaron por abatirle cuando ya le faltaban fuerzas físicas para enfrentar las tempestades. Su verdadera dimensión como padre residía en la sencillez de su corazón y en su increíble percepción para captar la esencia pura de la existencia humana, en la más intrascendente de las escenas cotidianas.

La parte del niño que el duro bregar en los campos en sus años infantiles había castrado mucho tiempo atrás, le brotó con fuerza y ternura al final del camino. Hasta que la muerte, cansada de esperar, entró a casa esa tarde de mayo y nos lo arrebató. Sólo que él, prácticamente ciego por la diabetes, no pudo verla. Por eso sonreía en su lecho de muerte, como diciéndonos hasta pronto.

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