Cápsulas etnográficas

“El Chulo” y “el Maipiolo”, en la trata para explotación sexual

El estudio que hicimos para OBMICA publicado en marzo 2019 sobre “Trata interna de mujeres, niñas, niños y adolescentes en la República Dominicana”, muestra el perfil de las personas tratantes. Se entrevistó a personas que han sido tratantes y que todavía realizan esta función en distintos tipos de negocios.  Los elementos que destaca el estudio sobre ello lo presentamos a continuación.

Las personas tratantes responden a una diversidad de perfiles y de relaciones con las sobrevivientes. Empezando por algunas sobrevivientes que reconocen que han asumido en algún momento el rol de tratantes, entregando, engañando y vendiendo a mujeres y adolescentes que son sus amigos o amigas.

Existen dos tipos distintos de tratante. El tratante que no tiene relaciones familiares, afectivas con las sobrevivientes y el tratante que tiene relaciones afectivas y familiares con las sobrevivientes.

Dentro del tratante que no tiene relaciones familiares con las sobrevivientes se encuentran personas que no necesariamente tienen negocios de trabajo sexual, sino que son propietarias de bares, Spa, centros de masajes, “drink”, colmados y explotan a empleadores y empleadas, algunas veces con fines de explotación sexual y en otras una explotación laboral esclavizante y de secuestro como ocurre en colmados y algunos hogares donde reclutan trabajadoras domésticas.

En los negocios dedicados al trabajo sexual la relación entre el dueño de negocio y la victima tiende a estar mediada por otros intermediarios que son los maipiolos y/o los chulos. A veces el mismo dueño de negocio como se ve en los relatos, esclaviza a las mujeres y niega sus derechos en otras ocasiones el dueño de negocio no asume este rol.

Los chulos y maipiolos son figuras tradicionales conocidas en la literatura de análisis del trabajo sexual. Durante la tiranía de Trujillo la trata para fines de explotación sexual se fortaleció y amplió. Así  el mismo tirano tenía sus maipiolos y maipiolas que le captaban a las niñas, adolescentes y mujeres que eran abusadas y explotadas sexualmente.

Los maipiolos y chulos son los llamados “proxenetas tradicionales de la prostitución clásica” como plantean Gallardo y De Aza en su estudio citado anteriormente (2005).

“Los chulos o maipiolos son responsables directos de la explotación. Pueden operar como explotadores vinculados a los negocios más formales o en el comercio sexual

independiente controlando a las sobrevivientes directamente”. (op.cit: 65)

En los relatos de chulos y maipiolos entrevistados podemos ver que hay una diferencia entre ambos. Los maipiolos pertenecieron a los negocios y buscaban a las mujeres para el trabajo sexual o le buscaban a las mujeres, hombres. Presentándose también casos de mujeres maipiolas. El maipiolo no tiene una relación afectiva con la trabajadora sexual, algunas veces cobra las supuestas “ayudas” o “favores” con sexo.

En el caso de los chulos, la descripción detallada que hacen los entrevistados es de que el mismo explota a la trabajadora sexual valiéndose de estrategias de enamoramiento y logra controlarla física, emocionalmente y económicamente. Los hombres que fueron chulos reconocen que esclavizaron a muchas mujeres” y para ellos es parte de su “honor” como “buenos machos”. La fama de chulo exalta el machismo y la virilidad del hombre.

Las personas tratantes con relaciones primarias y familiares son ejes fundamentales en las redes de trata complejizando el fenómeno y dificultando su intervención. Este perfil de tratantes es identificado también por Gallardo y De Aza (2005)

En los casos estudiados no encontramos padres y madres que sean tratantes directamente, sí tías, tíos, hermanos y amigas/os. Un aspecto clave en la familia es también la escasa conciencia de los derechos de la niñez y adolescencia que afecta las relaciones entre las personas adultas y los/as niños/as y adolescentes.

Las sobrevivientes reproducen patrones de engaño y venta que vivieron ellas y reconocen que han engañado y vendido a amigas en las mismas condiciones.

Ninguna de las personas entrevistadas que reconocen haber engañado, vendido y/o negociado con personas de diferentes edades y sexos identifica estos actos como delictivos o en conflicto con la ley. Entienden que es parte de la realidad, o lo ven como cualquier otro tipo de engaño en lo que están envueltas transacciones económicas. No reconocen ejercicio de violencia ni de violación de derechos en estas acciones.

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico HOY

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