Y acaso, pienso?

¡Me duele la cabeza!

Ayer enterramos a Pablita (nombre ficticio, persona real). Una amiga, compañera de trabajo, afable, alegre, llena de vida a sus 25 años. Pero ayer la enterramos. Murió de un dolor de cabeza. En verdad? Estuvo tres semanas yendo y viniendo a consultas médicas en establecimientos de salud privados, donde sólo le recetaban pastillitas para calmar su dolor de cabeza. Y luego de tres semanas de ir y venir, de sufrir recaídas con convulsiones, POR UN DOLOR DE CABEZA, la hemos enterrado ayer.

Sí, ya lo sé. No es necesario que me lo digan. Ocurre todos los días. A cientos de personas. Y lo decimos, lo pensamos tan tranquilos, como una cotidianidad que se debe aceptar buena y válida. Niños, jóvenes, envejecientes que fallecen sin que los servicios de salud cumplan con su función primaria, la de cuidar la salud de las personas. Un dolor de cabeza? O un accidente cerebro vascular? Cuánto tiempo deberá pasar para que estas dolencias sean oportunamente identificadas para evitar el fallecimiento de Pablita y de tantas personas útiles que pierde la sociedad. Acaso la sonografía o algún método diagnóstico de contraste no sirve para identificar esta dolencia. Todavía siento la indignación del hecho de que los médicos no actuaran a tiempo para salvar su vida, habiendo tenido la posibilidad de hacerlo desde su primera visita con la queja del dolor de cabeza, especialmente por su condición de sobrepeso.

Pero esto no se trata solo de un problema de la oferta del sistema de servicio de salud en nuestro país. Esto se trata de algo mucho peor y de mayor envergadura: la calidad humana perdida. Tres semanas son mucho tiempo para que no se identifique las razones de un dolor de cabeza recurrente. No, no lo niego, quisiera llevar al banquillo de los acusados y condenar a los médicos que no la atendieron como correspondía. Estoy en mi derecho. Tengo derecho de indignarme, y lo seguiré haciendo cada vez que siga la injusticia y el irrespeto por la vida y la dignidad humana en este país. Lo lamento, fue lo que aprendí en mi hogar, es mi herencia familiar, y me acompañará a la tumba.

La calidad humana perdida, mientras al salir de la puerta del centro médico donde quedó su cuerpo, o al regreso del cementerio donde la enterramos, nos encontramos con una realidad que nos agobia todos los días: el conflicto en los partidos políticos por las apetencias de poder. La mejor prueba de la calidad humana perdida la respiramos cada día, y que no sólo mata a Pablita un día, sino que nos mata a todos un poco todos los días, de desesperanza, de incertidumbre, de inseguridad sobre cómo seguir adelante. Hipocresía, demagogia, sobornos, repartiñas es lo que representan los sectores políticos en pugna por el manejo de la gestión pública, la mejor fuente de riquezas encontrada desde que han ido llegando los desfalcadores a este continente, a esta pobre isla.

La sociedad dominicana tiene ante sí la oportunidad de darse cuenta de la realidad a que está sometida. Tomando en cuenta que la mayoría de los indicadores que se venden como válidos para aquilatar nuestro desempeño económico y social son cuantitativos, necesitamos pensar en los parámetros cualitativos que deben acompañar las reflexiones sobre lo que estamos viviendo y, sobretodo, cómo y por qué lo estamos viviendo. Algo debemos hacer para avanzar, para que se entienda que ya no nos sirve lo que nos han ofertado durante estos largos y tortuosos 20 años. Y no puede ser dejar que nos sigan imponiendo aceptar la muerte de Pablita, y de todos los demás, porque así es la vida. No! Así no es!

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