Mundo de la Vida

El Santo y la Colmena de C.N. Penson

Ninguna elección que haga un escritor es inocente. En una obra literaria, como es un universo lingüístico cerrado, cada palabra elegida es intencional y tiene su razón de ser en el sistema semiótico en que se constituye la obra de arte lingüística. Sabemos de las intenciones ideológicas de un autor por el cúmulo de elecciones verbales registradas en la obra literaria y el modo en que se ponen en relación, tanto vertical como horizontalmente. El concepto de isotopías, entendido como la agrupación de campos semánticos similares en una obra, permite inferir las elecciones ideológicas, valorativas y éticas a través de las elecciones lingüísticas (semióticas y semánticas) presentes en el entramado textual.

El episodio de El Santo y la Colmena de César Nicolás Penson es una muestra fehaciente de estas elecciones sintagmáticas y paradigmáticas dentro de una obra literaria; visibles a través de las isotopías generadas por el mismo texto. Recordemos que “el caso curioso” se origina por la ausencia material de un santo de piedra en la fachada de la capilla Regina Angelorum; según el autor, el santo estuvo “en el referido nicho hasta 1822”. Como el episodio está datado en 1891, dio pie a todas las conjeturas posibles sobre las razones de su ausencia en el referido lugar. En este caso, el autor elije la más popular, la comidilla de la ciudad, el santo fue objeto de una profanación: un soldado haitiano intentó atrapar un panal de abeja que posaba sobre este, no pudiendo sostenerse del edificio se “encarama en el nicho” y abraza al santo de piedra. Este último se “indignó tanto de verse así sobado y profanado por un salvaje invasor hereje que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se arrojó de lo alto del nicho a la calle, llevándose en su tremebunda caída al infeliz haitiano”.

Este episodio es el tomado como vaticinio del “castigo providencial” sobre el invasor. Se traslada, a través de las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas sostenidas en el texto, el hecho particular (santo-colmena) hacia el hecho colectivo (ocupación haitiana-independencia) colocando esta última con el rasgo destacado para la primera: castigo de Dios.

La isotopía que prevalece en el texto es la oposición a través de las adjetivaciones dadas a los sustantivos comunes que en su mayoría son gentilicios y topónimos. Por ejemplo, para referirse al suelo patrio el autor utiliza: antigua Española, Primada, vetusto régimen colonial, inmaculada Española, Quisqueya, Atenas del Nuevo Mundo, Ciudad Antigua, Santo Domingo, Estado Libre de Haití Español, en oposición a “Haití uno e indivisible” de Jean Pierre Boyer. 

Las adjetivaciones y los gentilicios forman oposiciones binarias que atraviesan el texto: “pacíficos ciudadanos/engreídas huestes-osado perpetrador-sacrílego; altivos y valientes quisqueyanos/salvaje perpetrador; país/extraños dominadores; flamante Estado libre de Haití Español/absorbente vecino-hijos del Masacre; quisqueyanos/mañé-compagnons-salvaje invasor hereje-infeliz haitiano-sacrílego y osado profanador de abejas santas y santas imágenes-bárbaros”.

Las oposiciones religiosas también entran al cuadro: santos e imágenes católicas herencia de los “claros orígenes e ilustre abolengo” en oposición a “los manes de Dessalines y Biassou”.

Fuera del marco binacional, las adjetivaciones referidas a la multitud que se presenta al espectáculo sacrílego son reveladoras de un elitismo más sutil. Por ejemplo: “energúmeno hembra” para referirse a una de las comadres de “voces lamentables”, “cómicas moriquetas” y “gestos trágicos” que presenciaron el suceso. De igual forma “los del sexo varón se compungían y encogían de hombros” aunque “todos admitían que aquello tenía que resultar infaliblemente; porque Dios no podía mirar con ojo quieto que le ocupasen así no más sus casas, y de ñapa que le sobasen sus santos, aunque estuviesen encaramados en las nubes”.

Ambos hechos, el del santo-colmena y del país-invasor se superponen de tal modo que el autor expone al final: “de ahí, como dijimos, se extendió la consideración hasta juzgar y creer que aquella usurpación inicua de nuestro territorio tenía también que acabar mal, exactamente como el ladrón de la colmena y el santo de piedra”. A todas luces “como señal de aquella nefasta época”.

La distanciación entre el acto de escritura y el hecho relatado no exime de intencionalidad valorativa e ideológica en la obra de arte verbal, como decía Bajtín. Ningún texto es neutral, ninguna elección verbal tampoco.

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