Cápsulas etnográficas

Las aulas y los centros educativos. ¿Qué pasa en su interior?

Desde 1994 hemos desarrollado investigaciones y evaluaciones antropológicas y cualitativas en aulas de centros educativos públicos de nuestro país. Desde esa época se muestra el sostenimiento de una interacción entre docentes-estudiantes y entre estudiantes de ambos sexos en los centros con prácticas continuas de discriminación, acoso sexual y violencia.

Los centros educativos son espacios heterogéneos donde hay variantes significativas en aspectos nodales de la calidad educativa como son las metodologías, recursos, manejo de contenidos, competencias, según el contexto social, territorial y de estratos sociales.

La interacción entre docentes-estudiantes y entre estudiantes de ambos sexos tanto en las aulas como en los recreos muestra continuas prácticas de discriminación, acoso sexual y violencia.

La población masculina en los centros educativos sufre discriminación y violencia. La continua exclusión de las aulas y de los centros educativos por peleas, peinados, vestimenta, aretes genera su deserción y refuerza la agresividad aprendida e internalizada en la socialización familiar y vecinal.  La expulsión masculina tiende a ser mayor que la femenina e igualmente se tiende a excluir a esta población de las actividades culturales y artísticas porque se consideran que son actividades netamente femeninas.

Urge la implementación de una política de género en los centros educativos de forma efectiva logrando que todo el personal docente, directivo, así como el estudiantado rompa con los patrones culturales de desigualdad y violencia presentes en nuestra sociedad.

El personal docente y directivo de los centros no cuenta con herramientas para integrar a la población masculina en los procesos educativos pues se maneja con prejuicios y estigmas hacia “los varones” como población problemática en la que cualquier signo de “rareza” (tanto en sus accesorios, tatuajes y peinados) se convierte en sospechoso de que esté inmerso en una banda o si esta rareza es de amaneramiento de que sea homosexual. En ambos casos sufren el bullying, acoso y expulsión.

La población femenina sufre otras practicas discriminatorias distintas a la masculina. El cuerpo de las niñas y adolescentes es continuamente cuestionado, vigilado y sancionado. Los peinados, aretes, accesorios se convierten en un factor plausible de expulsión al igual que en la población masculina. Las niñas y muchachas son vigiladas en su forma de sentarse, de caminar, convirtiéndose en una represión constante en la que se manifiestan humillaciones y acoso. El personal docente y directivo impone continuamente un modelo de feminidad violándose asi la individualidad y la libertad de las estudiantes de construirse como sujeto social con su propia identidad.

Las niñas y adolescentes que “vivan con novios” o que se embaracen tienden a ser excluidas y si no la expulsan de los centros educativos viven un “infierno” de humillaciones y acoso que genera en algunos casos su deserción o su aislamiento.

Junto a estas prácticas discriminatorias sexistas encontramos unas relaciones entre estudiantes también cargadas de acoso, bullying, violencia tanto entre estudiantes de un mismo sexo como entre estudiantes de sexo diferente.

Las prácticas de abusos sexual en baños por muchachos hacia muchachas son continuas e invisibles para el personal docente y directivo.

El sistema educativo ha establecido desde el Plan Decenal en la década de los 90 hasta la actualidad la necesaria integración del enfoque de género en los centros, sin embargo, esto no se ha aplicado porque se ha visto como un eje transversal de todas las materias y la población docente y directiva de los centros reproduce la desigualdad de género presente en nuestra sociedad y con ello fortalece una masculinidad violenta y una feminidad sumisa y restrictiva.

Urge la implementación de una política de género en los centros educativos de forma efectiva logrando que todo el personal docente, directivo, así como el estudiantado rompa con los patrones culturales de desigualdad y violencia presentes en nuestra sociedad.

Esto supone que se integren al aula herramientas metodológicas y programas artísticos y culturales que fomenten la integración de la población masculina a los procesos educativos e igualmente el empoderamiento de la población femenina en sus derechos.  Necesitamos que el sistema educativo aporte al cambio cultural para que podamos vivir en una sociedad democrática sin violencia y sin desigualdad.

Este articulo fue publicado originalmente en el periódico HOY

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