Pentagrama

Luz Celeste, la vida no es un camino lineal y el tercer Viaje de Simbad el Marino

Hace un par de días me encontré con mi cálida y siempre jovial maestra de Psicología Jurídica Luz Celeste del Rosario, con un destello de sinceridad típico de un ser humano que sabe   creer en el otro y se goza la alegría de vivir. En un gesto dulce mostró agrado y reconocimiento a mis escritos y estilo de abordarlos. Con una espontaneidad muy característica de su personalidad abierta y flexiblemente estructurada me dijo- “por qué no te escribes algo sobre ese ir y venir de la vida”, vaivén, a juicio de mi maestra querida, que hace de la vida no ser un camino lineal- Pensé inmediatamente en personas como ella, una mujer convencida de la vida, del desarrollo de la persona y de la calidad humana.

No sólo pensé en personas, sino, en todos estos esfuerzos de literaturas: novelas, ensayos y cuentos concebidos para contribuir con la formación y el crecimiento y;en este pensar sobre una realidad del enigmático   hecho existencial de ir y venir, de caer y volver a levantarte, de creer y decepcionarte por: la ingratitud, fábulas, la deslealtad, la simulación, la trampa y la mediocridad; me vino a la memoria el cuento Rinoceronte y sus valores de persistencia, resistencia, consistencia e integridad. Seguí bogando en mi mente, tratando de encontrar más historias del devenir constante de la vida y su volver a comenzar. Como cosas de Dios, me cayó del cielo la obra de Richard Bach, Juan Salvador Gaviota, en la que se hilvana el arte de romper las limitaciones que parecen cadenas naturales que   no te dejan ser más; también, recordé a Robert Fisher y Beth Kelly su Búho que no Podía Ulular, en este cuento se nos plantea la necesidad de encontrar nuestro propio ser y la autenticidad de ser uno mismo.

Grandes textos de desarrollo y crecimiento, los anteriores, pero, creo que al pedido de mi maestra; el que mejor testimonio da de ese ese camino no lineal de la vida y sus altibajos, de ir y venir, de sortear atajos, montañas, olas y tempestades, de tener que remar contra el viento y recorrer caminos hartos de peligros, de verte al borde del precipicio, de desafiar  noches que parecen no encontrar el camino de la luz de un día nuevo y seguir caminando, de alejarte  del puerto de partida a riesgo de no regresar y,  a pesar   de ello regresar y regresar, probando que la vida no es lineal y que un concierto de vicisitudes no te impedirán volver y volver mejor y triunfante.

El mejor texto para mí, que   recrea esta lucha de una vida de continuos regresos y volver a empezar  es “Las Mil y Una Noches “de A. Galland,  que recoge en la colección de sus cuentos orientales uno que es de mi particular atención y el más pertinente para el propósito de estas reflexiones , me parece que  es , “El Tercer Viaje de Simbad el Marino”, en el que se relata la historia del mercader marino abandonado por descuido en una isla desierta y quien  sobrevivió, no así sus compañeros: a los monstruos gigantes de un solo ojo, la serpiente enorme y las rocas enormes lanzadas a sus chalupas en la huida por el mar para hacerlas zozobrar.  A pesar de todas estas desgracias de Simbad es recogido por el mismo barco que le abandonó, el mismo capitán, recupera sus mismas mercancías con creces, regresando al mismo puerto de donde había partido y que parecía no regresar nunca más.  Creo que Simbad el Marino es el mejor modelo de que la vida no es lineal y, que en este ir venir, se puede regresar sin perder la perspectiva de la vida y el camino a recorrer.

Mi maestra Celeste, espero haber cumplido mi cometido. Dejo a todos mis lectores el mejor nudo de la trama de este cuento con un fragmento del mismo y, concluyo así mis meditaciones sobre que la vida no es lineal, y que lo más hermoso de ella, es que siempre se puede volver a empezar. Cito:

El escribano de a bordo iba registrando las mercaderías y anotando el nombre de sus dueños.

  • ¿Con qué nombre he de registrar los géneros que se me confían? – pregunté al capitán.
  • Con el de Simbad el Marino – me contestó.

Al oír pronunciar mi propio nombre me estremecí de pies a cabeza, y mirando fijamente al capitán reconocí en él a quien en mi segundo viaje me había abandonado en la isla mientras yo dormía junto a un arroyo. Al principio no pude reconocerle a causa del cambio que se había operado en toda su persona. No es, pues, de extrañar que tampoco él me reconociera, tanto más cuanto que me tenía por muerto.

  • Capitán – le pregunté – ¿es cierto que el mercader cuyos son estos géneros se llamaba Simbad?
  • Si – me contestó -; ése era su nombre; natural de Bagdad, se embarcó en mi buque en el puerto de Bassora. Un día que tomamos tierra en una isla para hacer agua y provisiones, no sé cómo, me hice a la vela sin darme cuenta, hasta cuatro horas después, de que el mercader no había vuelto a bordo con sus compañeros. Teníamos el viento en popa y tan fuerte que nos impedía ir para ir a recogerlo.
  • Así, pues, ¿creéis que ha muerto?
  • Pues os engañáis, capitán. Abrid bien los ojos y ved si tengo algún parecido con el Simbad que dejasteis abandonado en la isla desierta.

El capitán me miró de hito en hito, y, reconociéndome al fin, exclamó abrazándome:

  • ¡Bendito sea Dios que ha reparado así mi falta! Ésas son vuestras mercaderías, que os las devuelvo mucho más gustoso que a vuestros herederos.

Yo me hice cargo de ellas, renuncié a los beneficios que son su tráfico había logrado el capitán y demostrando a éste como pude mi profundo agradecimiento, volvía a Bagdad con tantas riquezas que yo mismo no sabía su valor exacto.” Fin de la cita

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