Paralelo 49

Los itinerarios del desarraigo en América Latina

Desde Andrés Bello y Simón Rodríguez en los albores del siglo XIX hasta José Martí y Rubén Darío a finales de esa centuria, el viaje, manifiesto o furtivo, ha funcionado como eje de las más variopintas narrativas de la cultura en Latinoamérica. La historia cultural de la región puede escribirse examinando los complejos itinerarios del desarraigo cumplidos por la intelectualidad del continente, en particular los escritores afincados en el horizonte decimonónico.

En Viaje intelectual: migraciones y desplazamientos en América Latina, 1880-1915, Beatriz Colombi arroja luz sobre esta cantera de saberes surgidos de la experiencia del desplazamiento del sujeto letrado por la geografía hemisférica y las repercusiones de ese recorrido sobre los modos de teorizar lo cultural latinoamericano de cara a la modernidad.

La académica argentina se preocupa por «la relación entre el desplazamiento y la configuración de un imaginario moderno» en un periodo comprendido entre los años 1880 y 1915. Colombi se interesa por lo que llama una «escritura desterritorializada», esto es, una dicción surgida de la circunstancia de desarraigo del intelectual que conlleva por fuerza un gesto legitimador por parte del escritor «como agente de una cultura» en «una escena pública exterior».

Martí es el autor que más atención recibe en el análisis de Colombi, en particular el Martí cronista de Escenas norteamericanas. Colombi contrasta las visiones del cubano sobre los Estados Unidos con las de otros «observadores» de la época, como Paul Groussac, Miguel Cané, Eduardo Mansilla, Justo Sierra y Domingo Faustino Sarmiento. De este último, por ejemplo, la académica desentierra un escrito en el cual el argentino conmina a Martí a ser menos crítico de la sociedad estadounidense.

Sarmiento alude específicamente al artículo de Martí titulado «Sobre los Estados Unidos» (1887), que se publicó en La Nación de Buenos Aires. Es interesante que entre los diversos temas que Martí destaca en su escrito Sarmiento se concentre en el de la representación de la mujer  norteamericana. Colombi explica el patente recelo de Martí ante la profesionalización de la mujer en los Estados Unidos en términos de que para él este hecho «pone en peligro el ideal de la nación como ‘familia'».

Otro de los puntos interesantes que subraya Colombi es el tratamiento que Martí da al movimiento obrero y sobre todo a las ideas de Henry George sobre la paradoja capitalista del progreso económico a expensas de la pobreza creciente. Colombi señala con sobrada razón que el interés de Martí por la cuestión obrera era un tema apenas tratado por la inteligencia de la época. Asimismo, la crítica sostiene que a Martí le debemos el haber establecido «quizás una de las primeras teorías modernas sobre la traducción en el continente».

Aparte de Martí, Colombi también privilegia en su análisis las crónicas de Paul Groussac. De este otro «viajero intelectual» se destaca la «mirada orientalista desfasada» con que describe las sociedades del continente y la crudeza que emplea para descalificar el trabajo de  sus  intelectuales.

Colombi adjudica erróneamente a Groussac haber sido el «primer adaptador y difusor» del ‘discurso calibanesco»‘ en Hispanoamérica cuando esa distinción le corresponde al Darío del panegírico de Augusto de Armas, publicado en 1894 y recogido en Los raros (1896).

Completa la nómina de viajeros intelectuales de Colombi lecturas muy sugestivas en torno a la obra de fray Servando Teresa de Mier, Darío, Sarmiento, Alfonso Reyes, Manuel Gálvez, Ricardo Rojas, Manuel Ugarte, Augusto de Armas, Horacio Quiroga y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, a quien la estudiosa caracteriza como «divulgador de la cultura moderna» en Hispanoamérica, y cuya producción sirve de bisagra entre el viaje intelectual de los escritores de finales del siglo XIX y el «turismo literario» de consumo masivo a principios del XX.

Aunque Viaje intelectual deja al margen de la discusión la obra de otros viajeros importantes del periodo que se analiza, como es el caso de Eugenio María de Hostos y el del joven Pedro Henríquez Ureña, hay que reconocer que se trata de un aporte significativo a la bibliografía crítica en torno a las paradojas de la modernidad en el espacio cultural latinoamericano.

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