Apertura

«Casa de Familia» o la Memoria de los retornos

La construcción del mundo ficcional de la literatura, encuentra su origen a partir de la realidad tangible y de la dinámica vivencial que los sujetos van hilvanado, desde el convivir con la otredad, participando allí, también, lo espiritual, la material, las emociones o sentimientos del Ser, sus proyecciones, sus metas y/o sus frustraciones. Esto así, porque es la vial la que late en el hecho estético, procurando engendrar otros universos y otras realidades vitales.

Esa madeja de lo vital o de la experiencia cotidiana y filial, es lo que se encadena en el espacio argumental y narrativo de la obra de cuentos titulada «Casa de familia» (Editorial SANTUARIO. R.D., Impreso en Búho, 2015), del narrador y poeta neibero, Fernando Fernández Duval (27/2/1954). Doce (12) cuentos breves estructuran el corpus narrativo de este libro, donde el autor plasma lo visto, escuchado o vivido en los patios del caserío, en las lomas, laderas o caminos, convirtiendo su narrar en una fuente de imaginarios que fluyen desde el vivir entre miradas, ecos, conductas y palabras, muy propias del entorno familiar.

La casa es aquí el simbolo del entorno de los afectos y los desafectos, de los amores y los desamores, demarcando siempre el espacio del circuito referencial de los vínculos de sangre, desde el abrazo de lo materno o desde tono vertical lo paterno. La casa de familia es aquí la expresión de indelebles recuerdos que nos atan a los recuerdos.

En estos cuentos, la brevedad no siempre implica intensidad, pero hay siempre la intencionalidad de abordar al lector, mantenerlo en vilo…desde el final sorpresa, como acontece en el cuento titulado «Buscando su nombre». Veamos:

«La mujer desconocida caminó sola, con la ropa deshecha , arrastrando sus pies descalzos durante toda la vida por las calles empolvadas del pueblo, tocando sigilosamente puertas, recibiendo buenas, otras veces con ímpetu incontenible, como un remolino de polvo y viento a las doce, sin parar un instante, buscando desesperadamente su nombre que le habían robado. Pasaron así muchos años, cuando al fin lo encontró en el antiguo cementerio de la ciudad inscrito sobre una lápida»(P.21).

El tema de la muerte aflora de repente como una realidad apegada al devenir del Ser. Las premoniciones, el pensamiento mágico, las creencias en espíritus del más allá, la voz y la imagen de fantasmas y la «venta de almas», propias del pensamiento magico-religioso y de la superstición, son recursos que conforman el entramado narrativo de un sujeto narrador-actuante, participativo, quien se puede constituir en actor protagónico dentro de la escena que el mismo narra, como sucede en el cuento titulado «Cuando volví la vista atrás»(P.23).

El tiempo, la esperanza, la locura y lo fantasmal, entran al andamiaje del discurso narrativo en esta obra. Se trata de la narrativa de una memoria de los retornos. He aquí una búsqueda incesante de la experiencia convertida en relato, puesta en la voz de un sujeto que forma parte de lo vivido o de lo escuchado, para que el otro la haga suya o para que los otros la asuman, como parte del correlato a ser percibido o no por el lector.

El entorno pueblerino, el ritual de los rumores de aparecidos y galipotes, son imágenes que configuran los altibajos narrativos presentes en «Casa de familia», para asegurarnos un contexto recreativo que, con frecuencia, nos lleva al suspenso. Se trata de una narración en procura de lo inesperado, como quien va ordenando pieza a pieza, sus enunciaciones narrativas.

Rostros y nombres de la comarca se van situando en estos relatos. «Tipanchita» y el «General Alcántara» (Ver pág. 63), en sí mismos son una historia, son un relato escrito sobre el viento del Sur (Neiba) en sus leyendas y sus corrillos nocturnales. En este caso, la historia es recontada desde la voz de un tercero que reinventa su propio metarrelato y le deja al lector su versión de un personaje que hoy vive escondido en el cuerpo de una lechuza (P.64), convertido en galipote.

«Ti-Gasó» (P. 65), como expresión de la frontera que simboliza la descarnada realidad de una inmigración sin control, desde Haití, no podía quedarse como parte de los ejes temáticos expuestos en esta obra.

Leo la obra y es como si estubiese conversando con el sujeto-autor politólogo que abre frente a mi rostro las variopintas aristas de nuestra historia tangible, como recurso o excusa para desamarrar la otra versión de los hechos, esta vez desde la pincelada del hecho estético.

Ya lo dije, estamos ante la memoria de los retornos: El vivir convertido en experiencia y una experiencia salpicada del imaginario colectivo, para trastocar un discurso narrativo y hacer de estos relatos el contar de lo vivido.

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