El tenebroso conticinio de la calle Beller en Santiago

Al estimar que entre los vocablos que conforman el titulo de este artículo el sustantivo masculino conticinio no es muy usual en el lenguaje coloquial, se impone como inicio su definifición para ilustración de los lectores.  De una manera breve el mismo describe la hora de la noche en que todo está en silencio, en que predomina una serenidad impresionante.

En trabajos anteriores he consignado que nací en esta inolvidable calle santiaguera cuya odonimia es un homenaje a la batalla librada el 27 de febrero 1845 entre haitianos y dominicanos en el Cerro de Beller en Dajabón – en el siglo XIX se llamaba Traslamar – y como verán más adelante su belicoso y cruento nombre se correspondía con los hechos sangrientos en ella escenificados.

No creo ocioso resaltar que desde niño los odónimos siempre han espoleado mi imaginación,  y en las ciudades  que he residido o con frecuencia visitado me complace conocerlas – como los mercados y cementerios – y en muchas ocasiones cuando su fonética me resulta curiosa, su denominación graciosa, o porque me recuerda un personaje un acontecimiento histórico o la encuentro dotada de un gran significado poético,  no titubeo en recorrerlas de arriba abajo.

“Bajo los tilos” en Berlín; “La alameda de Paula” y “Belascoaín” en La Habana; L’ ancienne comedie “ y “ Solferino  “en París;  “Vía Nomentana” en Roma, “Panepistímiu” en Atenas; “Nabi Daniel” en Alejandría, Egipto; “Conde del asalto “en Barcelona, España,  e “Istiklal caddesi” en Estambul, Turquía, son parte de las calles que por su designación he pateado sin descanso innumerables veces.

Todos los santiagueros que por una razón u otra han deambulado pasadas las 9 de la noche por la calle Beller, sobre todo en el tramo comprendido entre la San Luís y la 30 de marzo, de seguro han reparado en el pesado y apacible silencio que prima en esta vía.  En ese trecho de la calle fue donde justamente viví desde 1944 al 1950, siendo de momento inútil buscar la vieja casa No.134 que fue derribada para emplazar un parking.

Este conticinio que en mis primeros años de vida lo sentía como si fuese el placentero y agotador peso de algo que no veía, que percibía pero no identificaba, se intensificaba cuando escuchaba los pasos lejanos de una persona que en solitario se acercaba, vislumbraba el resplandor de los faros delanteros de un vehículo y también al oir el trote de los caballos de un coche que se avecinaba.

Sólo los acordes de una polonesa, un nocturno o un impromptu de Chopin magistralmente interpretados  por mi vecina de enfrente la desaparecida pianista y reina del carnaval de Santiago en los años 50 Ana Cecilia Bisonó, atenuaba la expectante inquietud  que me embargaba en las ocasiones antes referidas, así como el escuchar los amortiguados compases de una composición muy de moda a finales de los 40: la habanera  “La bella cubana” de Joseito White L.

Ahora bien, quienes hayan leído la obra “Santiago quien te vio y quien te ve” de la autoría de Arturo Bueno, el cual describe hechos, sucesos y estampas pintorescas de esta ciudad a finales del siglo XIX e inicios del 20, podrían llegar a la conclusión de que el lúgubre conticinio de la calle Beller obedecía a los brutales acontecimientos que tuvieron por teatro su calzada, aceras y domicilios.

Relata el escritor Bueno que en 1898 en esta calle Cecilio Cruz dio muerte a puñaladas a María Antonia Fabían por cuestión de celos, quien fue capturado y pasado por las armas en la fortaleza San Luis.  En el mismo año el profesor y padre espiritual Alberto García Godoy fue asesinado a causa de chismes de mujeres por el señor Dimas Clairot, siendo por este crimen condenado a 20 años de trabajos públicos.

En 1899 el nombrado Franscisco Deetjen dio muerte al señor Gemán Soriano P frente al local de la Alianza Cibaeña.  En 1902 un tal Severo asesinó de una cuchillada a la señora María Ureña al no corresponder ésta a sus reclamos amorosos, y con posteridad el asesino pagó su crimen al recibir un balazo en la boca durante un pleito callejero sobrevenido entre bolos y coludos en febrero de 1904.

En 1903 se desafiaron Pedrito Puello y Pancho “El mocano”, descargaron sus revólveres y al creer que habían matado al contrario salieron huyendo en dirección opuesta.  Total que no hubo ningún muerto en la calle.  El mismo año Heriberto Vidal Pepín muere carbonizado en el cuartel de la fortaleza San Luis, pero como  el protagonista residía en la Beller con Mella, toda la esquina se alborotó

En 1905 en la Beller con Sabana Larga se van a balazos José Cordero y Don Florentino Cruz – Flor – muriendo éste último.   También en 1905 la joven Carmen Conchon muere en esta calle carbonizada por estar friendo chicharrones.  En 1912 fue muerto en la Beller con Sully Bonnelly Santiago Guzmán Espaillat – Chago – por miembros de la llamada Guardia Republicana dando origen a indignadas  protestas en la población.

Finalmente, en 1913 dos hermanos Marco Antonio Michel y Epaminondas Michel se desafían en la misma Beller muriendo este último.  En 1916 los americanos mataron un obrero frente a la Respetable Logia “Unión Santiaguera “ ubicada en esta vía.  En 1925 en la esquina Duarte, Virgilio Martínez Reyna fue objeto de un atentado.  En 1931 en la esquina San Luis fue llevada la cabeza de Desiderio Arias procedente de Mao, y en 1944 murió quemado el norteamericano Mr Klipper en la oficina del Teléfono Automático.

Luego de este macabro listado del Sr. Bueno leído algunos años después de mudarme en 1950 a la avenida Generalisimo, presumo que el notable conticinio percibido en esta calle – no del todo desaparecido en los actuales momentos 2019 – talvez sea consecuencia en cierta medida de los sangrientos episodios sucedidos en su trayecto, similar al que observamos en los cementerios, en las ruinas griegas y la Roma imperial, y en la llamada Ciudad de los muertos en El Cairo, Egipto.

No podemos tampoco descartar el hecho de que al ser una calle céntrica donde por lo general se establecen muchos negocios comerciales – ferreterías, laboratorios, sastrerías, oficinas de abogados – que cierran de noche, así como la existencia de varias clínicas – Pellerano, Bisonó, Trueba, Salomón Jorge – cuya presencia supone un cierto mutismo en sus inmediaciones, influirían para que junto a la precaria circulación de carros y personas contribuyeran a la quietud dominante en el trecho de la Beller donde residía.

Pienso que en la actualidad la muerte o el destierro  hacia la periferia urbana de los silentes inquilinos de antaño; la presencia perpetua del pedorroteo de las motocicletas; el establecimiento de comerciantes asiáticos que no tienen horas de cierre; la implantación de cafeterías y bancos de pelota con monitores para ver los partidos, y la reiterada activación de las alarmas de los vehículos estacionados en los parqueo allí edificados,  han reducido sensiblemente el silencio sepulcral que distinguía la antigua calle “Traslamar “.

En la vida muchas veces es preferible ignorar las motivaciones, el origen y probables móviles de un hecho, no resultando de mi particular agrado que posiblemente el conticinio antes advertido en esta calle no se debía  a causas líricas, sentimentales, sino en buena medida a los hechos sangrientos allí acontecidos, y que los munícipes que decidieron cambiarles el nombre por Beller, quisieron que los santiagueros no olvidaran los cruentos eventos acaecidos en el cerro homónimo en la provincia de Dajabón.

Todos sabemos que en los lugares o zonas donde se han producido crímenes y homicidios flota sobre los mismos una especie de silencio sobrecogedor, un ambiente donde callar es la respuesta más apropiada y en consecuencia, lo que de niño experimentaba y apreciaba como uno de los encantos nocturnos de la calle donde me asomé al mundo, tenía en realidad y parcialmente una procedencia espuria,  infame.  Qué pena.

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