Mundo de la Vida

Mulata Yelidá: blanquitud y negritud

En varias ocasiones hemos hablado del concepto blanquitud de Bolívar Echeverría (1941-2010) en su libro Modernidad y blanquitud (2011). Lo que hemos dicho anteriormente, me sirve ahora para una relectura del extraordinario poema de Thomas Hernández Franco, Yelidá, en perspectiva racial. Sirva este ejemplo como modo de acercarse a una obra poética de gran valor cultural para nuestra literatura; pero que continua de modo acrítico por los lugares comunes del prejuicio racial en nuestras letras. Ciertamente, es inoportuno cualquier juicio literario; pero no el juicio racial hasta el momento no realizado por la crítica dominicana. Por tanto, dejaré de lado el análisis retórico y literario para centrarme en la caracterización que hace el poeta de los elementos raciales distintivos de las dos tradiciones culturales que conforman a la mulata del caribe.

Es en este punto en donde el poeta sigue transmitiendo sin más aquellos “lugares comunes” del prejuicio sexual sobre las afrodescendientes. Frente a la inocencia sexual de Erik, quien jamás había oído de noruegas hasta la llegada de su tío navegante, el poeta expone la vida de burdel de madame Suquí en Fort Liberté, la madre de Yelidá. Sexo y religión afrocaribeña se superponen en un conflicto dispar que se mantendrá a lo largo del poema:

“Madam Suquí había sido antes mamuasel Suquiete

virgen suelta por el muelle del pueblo

hecha de medianoche a toda hora

con hielo y filo de menguante turbio

grumete hembra del burdel anclado

calcinada cerámica con alma de fuente

himen preservado por el amuleto de mamaluá Clarise

eficaz por años a la sombra del ombligo profundo

Erick amó a Suquiete entre accesos de fiebre

escalofríos y palideces y tomaba quinina en grandes tragos de tafiá

para sacarse de la carne a la muchacha negra

para huyentarla de su cabeza rubia

para que de los brazos y el cuerpo se le fuera

aquel pulido y agrio olor de bronce vivo y de jungla borracha

para poder pensar en su playa noruega con las barcas volteadas

como ballenas muertas”.

De este encuentro inocente para Erik y cargado de obscenidad y sortilegios para la “negra” muchacha, surgió la mulata Yelidá, que viene al mundo en estos términos:

“Y así vino al mundo Yelidá en un vagido de gato tierno

mientras se soltaba la leche blanca de los senos negros de Suquí

alegre de todos sus dientes y de su forma rota

por el regalo del marido rubio

y Yelidá estaba inerme entre los trapos

con su torpeza jugosa de raíz y de sueño

pero empezó a crecer con lentitud de espiga

negra un día sí y un día no

blanca los otros

nombre de vodú y apellido de kaes

lengua de zetas

corazón de ice-berg

vientre de llama

hoja de alga flotando en el instinto

nórdico viento preso en el subsuelo de la noche

con fogatas y lejana llamada sorda para el rito.

El poeta continúa en la misma tónica de la diferenciación entre lo “blanco” y lo “negro”, esto último ligado al sexo y a la hechicería. La muerte de Erik trae el conflicto entre los dioses ancestrales de su tierra y los dioses negros de los mil nombres. El conflicto es muy simple: “la escandinava inocencia de una gota de sangre”. La limpieza de sangre fracasa ya que la ardiente Yelidá pierde su virginidad en manos de su “primer amante”. Ella encarna la mezcla nueva entre el “éxtasis de blanco” y el “frenesí de negro”, manteniéndose así entre “profunda hacia la tierra y alta hacia el cielo/en secreto de surcos y en místico de llamas”.

Las distinciones contrapuestas apuntan hacia lo excelso de lo blanco (éxtasis, cielo, inocencia, pureza de sangre) frente a lo indómito de lo negro (sexualidad desenfrenada, tierra ancestral, fertilidad abundante). El lenguaje traiciona el delirio poético y afloran los valores ideológicos que por años han caracterizado la cultura blanca. En su contraparte, como lo hemos referido ya, la representación de la cultura afrodescendiente se juega en oposición a la blanquitud de Europa. Esta última, como un juego toponímico que excluye de culpas reales, está fantasiada en Noruega.

Al final, el poeta remata con un verso simple: “Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera”.

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