Opinión

Los mundos literarios de Pedro Cabiya

Imaginativa, delirante, ferozmente irónica, brillante, exasperante en ocasiones, esta novela de Pedro Cabiya es un “tour de force” narrativo. No lo es solo por la vitalidad del lenguaje literario con el que describe, cuenta, deforma, disimula, reflexiona, dialoga (con el lector) e inventa mundos hermanando lo sublime y lo ridículo, lo cafre y lo culto, lo enaltecido y lo rastrero. También lo es por la energía y originalidad de la trama (o tramas) que presentan un caleidoscopio de múltiples experiencias, tanto reales como soñadas, leídas, escuchadas, sentidas e imaginadas. Su proyección alusiva abarca desde los cómics a las leyendas urbanas, desde los mitos contemporáneos a los antiguos, desde lo político a lo religioso, todo dentro de la vida en esa “aventura llamada Puerto Rico”, desdoblado aquí como “Borikwá”. La novela combina mundos alternos (Primero, Segundo y Tercero) en un “multiverso” en que el Tercero es intervenido constantemente por los otros dos, capaces de provocar catástrofes y alterar el curso de los acontecimientos. A este reconocible Tercer Mundo, lo permean la música radial — emanada de programas como “Sábados De Salsa Clásica” — y las noticias televisivas, con portavoces como Yolanda Vélez Arcelay, Carlos Ochoteco, Cyd Marie Fleming; lo definen personajes violentos (bichotes de barrio con estilos extravagantes de vida); lo habitan seres no por anónimos menos excepcionales, como la estudiante Edna, el tecato Georgie, el proteico Ramón Encarnación, la niña sabia Melisenda, el pastor Joel Vicioso, el profesor Álvaro Gómez Sierra, especialista en hablar m… (es profesor de literatura comparada); lo conmueven ocurrencias como la del muerto en motocicleta; los rigen mitos como el ánima sola, e intentan encaminar lo predicas bíblicas vociferantes. Todos los registros de la vida contemporánea isleña están aquí, revueltos y vitales, con un trasfondo de salsa, superhéroes, telenovelas, películas de James Bond y de Star Wars. Lo central es el rumbón, la superstición y el delito, también la “botella y baraja” (cerveza y dominó).

Leemos como caminando sobre la cima de una montaña, equilibrándonos sobre laderas opuestas que de un lado nos remiten a lo conocido y del otro a la fantasía, a la parodia, a la caricatura, a la ciencia ficción. Imposible optar por uno u otro lado; el fiel de la balanza (de la lectura) está en mantener la consciencia de ambas vertientes. Privilegiar una sobre la otra sería desvirtuar la novela: su lógica interna nos conmina a mantenernos a la expectativa de lo usual o lo inusual, continuamente traslapados.

El comienzo es un “big bang” literario. A partir de ahí, se perfilan no solo múltiples voces, tonos e historias, sino un gran elenco de personajes. Entre los del Primer y Segundo Mundo se encuentran Anubis, director del Servicio de Inteligencia y Putifar, gerente de Control de Riesgos, ambos del Primero; Duncan Domènech, agente proveniente del Segundo; Gazú, monstruo llegado de mundos desconocidos y el Ánima Sola, que defiende a Santurce de un ataque demoníaco, aunque no puede evitar que una nave con contrabando singular (no solo pociones de lozanía y de lujuria, sino también “pecados, furias, bonos, amuletos, perdones, … fufús con garantía … todo de marca, todo robado de aduana en punto de origen”) se incruste en el techo de la Plaza del Mercado, por lo cual dos bichotes rivales, Chanoc y Maltés (aristocráticamente exquisito en sus gustos el último, como delicado en los suyos es Nolo, su mecánico, fanático de “Helio Kitty”) intentan llegar a ella, al igual que muchos del Primer Mundo.

Tras el intríngulis viene el ‘extríngulis’, la extricación de los personajes del campo de batalla en que se ha convertido el Tercer Mundo. Esta parte —especialmente la explicación de las relaciones entre mundos— resulta un tanto anticlimática tras el brillante ímpetu inicial de la novela, aunque la animan las reflexiones del narrador, cuya identidad se descubre (no chotearemos el secreto: lea la novela).

Las ironías son salvajes (“Edna entra al campus … y es recibida por el retablo característico de una institución de alta enseñanza especializada en las ingenierías: gente jugando dominó … se mete en la biblioteca. Allí, es recibida por el retablo característico de todo espacio dedicado al estudio y la reflexión: decenas de personas que, en el más profundo silencio, revisan sus celulares”);la inventiva hilarante (el automóvil preparado especialmente para que el agente Duncan Domènech ingrese en el Tercer Mundo no es un flamante carro deportivo con poderes extraordinarios —a la James Bond— sino una guagüita Toyota Corolla color crema con un generador de Pura Indiferencia: “Todo el mundo la ve, pero todo el mundo la ignora…”); fascinante la prosa paródica (los guardaespaldas del anciano Lázaro son Cuchi y Puchi; el de Maltés es Blancanieves; Cervatillo y Cocoliso, uno con cuernos y otro no, son ayudantes de Putifar) y admirable la creación de monstruos convertibles en lombrices omnívoras, de estudiantes de ingeniería capaces de identificar a la gente por sus olores o de definiciones de “salpa-fuera” y su contrario.

La prosa es ágil, alusiva, seductora, tan brillante como la de “La guaracha del Macho Camacho”; la novela es cervantina en su capacidad de transformar las aristas y absurdos de la cultura contemporánea en mundos paradójicos autónomos.

Tercer Mundo, Pedro Cabiya. San Juan-Santo Domingo: Zemí Book, 2019.

Publicado con autorización del diario El Nuevo Día, de Puerto Rico.

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