Al amanecer

La odisea de Macholín, el yolero

Mucho antes de la construcción de los puentes Juan Bosch, Juan Pablo Duarte, Ramón Matías Mella, y el de Pontones, sobre las riberas del río Ozama, existía una generación de brazos humanos firmes que en sus yolas unían ambos lados, el oriental y el occidental de esa vía acuática, a base de sacrificios, trasnoches, honestidad y esfuerzos para sobrevivir los tiempos difíciles y alimentar a sus familias.

Se trata de los hoy olvidados yoleros, quienes al igual que los denominados carpinteros de ribera –algunos improvisados grumetes—navegaban las aguas del río principal de Santo Domingo transportando pasajeros y carga entre las riberas de la calle José María Serra, próximo a la antigua estructura de Barceló en el lado de Villa Duarte, y El Timbeque, en el sector de San Carlos, al lado de una antigua planta eléctrica.

Entre los numerosos héroes anónimos que echaban días a puro remos, antes que el torbellino del progreso material arrasara el contorno conocido, sobresalía uno de apodo Macholín. De estatura mediana, fuerte pero no corpulento, de poco hablar, amistoso y elegante en el manejo de los remos y respetuoso en el trato a los clientes que utilizaban dichos servicios más o menos organizados.

Las yolas eran construidas en su totalidad con madera de caoba centenaria, rústica pero con terminado de calidad. Solían ser cómodas y pintadas con colores llamativos, rojo, amarillo y azul. Los remos eran pesados, unos largos y otros cortos, por razones de navegabilidad, y acomodaban a unas doce o catorce personas en sus asientos o tablas transversales, incluido el operador. El atraque era lo más difícil y a veces tenían que mojarse hasta las rodillas para evitar colisionar con el muelle o improvisar en medio del río cuando se dañaba el motor.

La última década de los años 50 y la primera de los años 60 fueron testigos de esa especie de hombres honestos y laboriosos, quienes solían ahogar sus penas en alcohol los fines de semana, cuando las orillas y el estuario del Ozama vibraban con la música de intérpretes y grupos populares cubanos y puertorriqueños en el epicentro de los bares y prostíbulos que abundaban para entonces en las zonas aledañas al antiguo muelle en ambas riberas del Ozama.

Su aporte fue archivado en el olvido eterno, sin compensación alguna

La odisea marítima de Macholín y sus compañeros se iniciaba a las cinco de la madrugada desde la base de cemento que una vez sustentó los pilares del antiguo puente bautizado Ulises Hereaux, o Lilís, luego cambiado a Generalísimo Trujillo. Un número específico de yolas podía operar de manera alterna sobre las fuertes corrientes del Ozama, en particular con el llamado norte o viento invernal de fin de año.

En ambos extremos de la vetusta estructura, dos escaleras de cemento con unos 270 peldaños y pasamanos de metal permitían subir o bajar las empinadas laderas que bordearon esas áreas de San Carlos y de Villa Duarte, para cruzar en yola de un extremo al otro de la ciudad capital para trabajar, comprar, pasear o alguna diligencia personal o de salud. Otro servicio de yoleros, la mayoría de ellos marinos mercantes retirados por la edad, se ubicaba por una bajada al final de la calle Socorro Sánchez, para desembarcar por un punto próximo a la Puerta de la Misericordia y una posta militar restringida que daba acceso al muelle original y cercano a donde solían amarrar las fragatas Duarte, Sánchez y Mella, y el salitre carcomía restos de antiguos veleros y bergantines.

Durante el período de la transición de la dictadura a la democracia, en el breve gobierno del Triunvirato, los remos y las yolas fueron sustituidos por modernas lanchas techadas y motor fuera de borda. Ello facilitó y agilizó el transporte en ese punto del emblemático Ozama, vital para el desplazamiento de la ciudadanía y la dinámica del comercio local, lo que se activó más aun con la llegada de los autos Peugeot para el transporte público o concho.

Macholín fue un amigo fiel, hombre de familia dado a guardar debajo de su cama la caja de ron gratis y bailar sones de Los Compadres. Solía tomarse unos tragos con amigos y emborracharse en su casa, no en la calle ni con mujeres de la vida alegre, como hacían otros yoleros que agotaron su capital de vida. Logró sobrevivir a base de enormes sacrificios y sacar adelante a su familia integrada por su esposa Toña, ambos oriundos de Nagua, y sus cuatro hijos –dos varones y dos hembras— en medio de la turbulencia de gobiernos sucesivos y la inestabilidad política. Al final, las promesas incumplidas del gobierno devoraron sus esperanzas y acrecentaron su pobreza.

Al presente, la paradoja de su vida de yolero es que el Estado haya dedicado un monumento a los cañeros donde no hubo cañas en el área de Villa Duarte, próximo al río donde su vida se consumió, y donde hoy florecen ostentosas marinas. Su generación no conoció campos de cañas, ingenios ni mochas para el corte y tiro como era en Boca Chica y Haina. Su aporte fue archivado en el olvido eterno, sin compensación alguna. Así se esfumaron los valiosos servicios que cientos de yoleros dominicanos rindieron a la Patria con el músculo, el sudor de su frente y la dignidad del trabajo honesto entre trago y trago…

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