Opinión

Los rastros verídicos de la literatura como motivo de ficción y verdad

La literatura es convergencia, a veces motivación revolucionaria que da al traste con hechos, ideas y sucesos que afloran un germen de un mundo mejor o peor, cuando las ideas se agolpan para hacer de sus intentos una reflexión profunda de mitos que se desmadejan en la telaraña de la duda o la certeza de que todo puede cambiar.

La literatura también es reflexión. Esa reflexión aparece vertiginosa en los anales de la novela española, hispanoamericana y hasta en la novela europea de siglos pasados y de las posmodernidad, sobre todo.

El mundo está ahí con su realidad palpable y sus vericuetos y conflictos. Es un mundo de sociedades tradicionales donde surgen las intrigas, los acontecimientos que invitan a la construcción o destrucción de los valores de la sociedad global encarnecida por los cambios y los efectos ajenos y provocados en unos casos, que han llevado al planeta a buscar sus abismos y procesar toda la acción del hombre como sociedad industrial y colectiva hasta provocar el caos bien definitivo que hoy trastoca el sistema de vida con el efecto invernadero, el calentamiento global, el deshielo y la muerte irreversible de criaturas del mar y de la Tierra y la profundidad del daño a una biodiversidad herida de muerte. 

El hombre busca la forma de detener ese proceso de degradación apocalíptica cuando todos los acuerdos profundizan en graves desacuerdos donde, digamos, las ansias de poder han creado el cisma que preconiza que muy pronto nos quedaremos sin planeta que joder hasta las entrañas.

La novela «El sistema», de Ricardo Méndez Salmón, ganadora del Premio Biblioteca Breve 2016, nos habla de ideas, de profundas y controvertidas, además,  confrontadas, donde el hombre es un lacayo ya postergado y el mundo se encierra con puertas de hierro, en un archipiélago donde conviven dos fuerzas en una época futura de atmósfera atomizada por la destrucción.

Es una ficción reflexiva, conceptos, que nos lleva a la distopía, tal y como dice en su solapa, «combinando lo íntimo con lo político, la privacidad con la historia, El Sistema se asoma a lo distópico, la alegoría, investigación metafísica y la lectura apocalíptica».

Así como esta novela, que ha sido aclamada por la prosa fuerte y la trama original, hoy en día la novela se adentra a esos mundos convulsos que han quedado como cenizas de un reducto incendiario que nos invita a una conmoción, a una reflexión profundísima de lo que nos quieren decir los novelistas y la cintíficos sobre esa realidad sin anestesia que le encima al hombre.

Si bien la novela empieza a dejar atrás eso que el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa llamó la civilización del espectáculo, con sus luces, su histrionismo y su relumbrón que nos atosiga del fenómeno de lo light y que ha marcado una nueva hornada de escritores que desmienten la tan proclamada muerte de ese género literario.

En El Sistema, que bien vista narra el estado cataléptico de un Narrador que permanece vigilante de un mundo que gira inerte-con toda la contradicción de la palabra-, es fácil descubrir que el mundo como lo conocemos ha desaparecido y que ahora existen unos controles que censuran el más leve aliento.

También nos da una idea de la dictadura que constriñe al hombre y que lo llevó al deceso del tiempo y a esa inercia inenarrable que enloquece  a un protagonista ya loco y con desamor, que se pregunta cosas y no encuentra las respuestas./

Es el agotamiento y la destrucción física y sistémica de la vida.

Porque la literatura nos lleva poco a poco al colapso, nos induce a ver estas sociedades cada vez más colapsadas por una especie de “Matrix”, donde el hombre se perdió en una cotidianeidad inexacta, controlada por códigos, carreteras espaciales de interconexión y una realidad subyacente y paralela a la misma realidad de la vida real.

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