Letras Libres

Olor a barrio

El barrio dominicano es promiscuo. En él la vida es un surtido: casas, talleres, salones de bellezas, supermarkets, prostíbulos, farmacias, pensiones, envasadoras, tiendas de repuestos, bancas y el olor trasnochado de la cerveza. Un espacio atestado por estrechas colindancias. Sus aceras son corredores del mal vivir donde los sueños se rinden a la rutina.

En el barrio la existencia es acrobática. Las desgracias no espantan ni los sustos alborotan, ya que la vida, en su abandono, se tiende sobre sus calles como un milagro habitual de sobrevivencia. Todo está ordenado para la tragedia, esa que con cada sol se afronta sin apuros.

Si hay algo que quisiera entender es cómo se fragmenta la convivencia en áreas tan diminutas de cercanía. Escuchar las discusiones de dominó mezcladas con una bachata de 180 decibeles y a pocos metros de la iglesita donde se baten las alabanzas es para sorprenderse. Sin embargo, cada tertulia se anima con sus propios motivos como si fuera la única del lugar. Paradójicamente, ese cuadro de disonancias le aporta el colorido que hace del barrio un lugar humanamente tibio.

El barrio propone un relato uniforme de identidades: tuberías rotas, desaguaderos abiertos, aceras tomadas, polvo seco, agua aposada, tendidos descolgados, tinacos de techo, conexiones clandestinas, lavaderos de calle, antenas parabólicas, casetas de ventas; en fin, un acopio armónico de la vida arrimada. Pero también esconde secretos y hechizos.  Algunos embelesan; otros abaten.

¿Cómo ignorar, por ejemplo, que la “morena” es una marca barrial? Esa mujer ordinariamente hermosa, fermentada en el sol, de piel tostada, artesana de torbellinos traseros. De cintura delgada pero abultada al sur hasta derrocharse como estuario en sus glúteos macizos. Sí, una hembra apetitosa olorosa a bachata.

¿Y qué decir del realengo? Un alma humana en prisión canina; otro conviviente barrial. De él una vez escribí: “El perro realengo es un militante de la pobreza: la respira, la lame y calca su carácter sumiso y apocado. Entre el tigueraje lo he visto beber cerveza, bailar merengue, masticar menta, ladrar un deambow y hacer perrerías con las piernas de las muchachas.   Solo un aprendiz de brujo puede discernir dónde acaba el perro y comienza el barrio: una frontera indescifrable.  Del barrio, el realengo es tatuaje y apellido; del perro, el barrio es aire, vida y tiempo. Se acuesta al pie de la mesa de dominó, al lado del mostrador del colmado, en la acera de los tígueres, en la entrada del destacamento policial, en los umbrales de las barberías”.

Otra fragancia es la comadre, una cincuentona maltrecha de nombre estropeado (Altagracia, Estela, Juana o Mercedes) y apellido aburrido (López, Pérez, Ramírez o García). Trashuma en bata y chancleta por los traspatios llevando y trayendo primicias. Es una afanosa traficante de comidillas y pequeñas intrigas, esas que condimentan la rutina y hacen más digerible el día. Sus despachos incluyen noticias de embarazos, infidelidades, enfermedades, malos negocios, quiebras y muertes. Eso sí, en sus reportes no hay cabida para “los meneos” de los puntos de droga ni para los “tumbes” policiales; esa no es su jurisdicción. La comadre no se retira; muere con el barrio. Muchos se van sin regreso, otros vienen; ella queda inerte como los grafitis envejecidos, los hoyos de las calles o las malezas trepadas sobre las paredes barriales.

El barrio no respira sin los aerosoles de los salones de belleza. Un negocio donde cada sábado se queda el veinte por ciento de la quincena. Ordinariamente lleva el nombre de la hija más pequeña de la dueña. No solo es un centro de estética, es spa, pero únicamente en el letrero. Los salones son en realidad sesiones improvisadas de terapias en las que los rugidos del blower compiten con las tertulias de las muchachas.  La dueña es confidente, coach y socia. Ella aconseja sobre trastornos menstruales, andropausias, técnicas de dominación sexual, depresiones seniles, incomprensiones de adolescentes, finanzas familiares, disfunciones y controles de “fugas maritales”.

Todo barrio tiene un loco: una parodia de su emblema nobiliario. Ese esperpento perturbado que deambula mansamente por las calles y duerme en sus aceras. Anda con un monólogo interminable a cuesta que se ve interrumpido por los gritos molestosos de los parroquianos. Es el espectro del realengo y con quien compite en trato. Junto al loco se suma el borracho, aunque es un papel indistintamente interpretado por el mismo personaje. El loco del barrio resume toda su historia; es su poema vagabundo que despierta el sol con sus descalzas pisadas.

Pero lo que más embriaga del barrio es su aroma. Ese olor a vida sazonada. El barrio se baña con aceite refrito, sol y sudor. Huele a hembra, cerveza y semen; a tostones, morcillas y longaniza; a orina, moho y humedad; a lubricante calcinado, hierro viejo y cuneta; a café, madrugada y trabajo; a dolor, cobijo y espera. Juro que en Villa Duarte los amaneceres huelen a esperanza.

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