En la cosa

Ubi est mea?

Se estima conservadoramente que por lo menos un 24% de los votantes dominicanos dependen del gobierno, por lo que devienen rehenes del mismo al momento de ejercer el sufragio. Los extraordinarios excesos en la cantidad de empleados públicos contribuyen a nutrir esa proporción.

A principios de los gobiernos del PLD se publicaban las cifras de la cantidad total de empleados públicos, pero a medida que se iban ampliando esas nóminas y surgieron las “nominillas”, la vergüenza del gobierno fue tan grande que optó por simplemente no publicar el dato. Las distribuidoras de luz (las Edes han decidido que sus estados financieros no sean auditados) los ministerios de educación y salud, etc., todos contribuyen a estas nóminas excesivas que buscan dar empleos a peledeístas para que voten a favor del partido.

En adición, se estima que unos 1.3 millones de votantes han sido favorecidos con las tarjetas de Solidaridad y más de uno cuenta con más de una tarjeta, por lo que se calcula que existen más de dos millones de tarjetas. Los tarjetahabientes votan por el gobierno por miedo a perder los beneficios (educación, comida, etc.) de las mismas. Recientemente un productor de bananos relató a la prensa que al incorporar a obreros a su nómina y colocarlos en la Seguridad Social, automáticamente estos perdieron el beneficio de sus tarjetas, por lo que renunciaron para seguir con ellas y dedicarse de nuevo al motoconcho. Por supuesto, esto habla mal del nivel de salarios que pagan los bananeros. El día de las elecciones es usual encontrar a una inocente señora fuera pero a la entrada de los recintos electorales, quien es la que en ese barrio conoce a los que gozan de tarjetas de Solidaridad. Simplemente los saluda a la llegada, pero es una forma de coerción sicológica para lograr que voten por el partido en el poder. La cantidad de beneficiados con la tarjeta también ha aumentado, lo que contribuye al antes citado 24%. A través de las obras públicas igualmente se benefician y se comprometen a personas para que voten por el partido.

Un bien intencionado canciller ordenó que todos los pagos a los diplomáticos se colocaran en un banco en la ciudad donde desempeñan su cargo, para así asegurarse de que estaba físicamente allí. Eso duró poco. Ahora muchos de los nombrados en el exterior viven y cobran en Santo Domingo y en dólares.

En su reciente discurso del 27 de febrero el presidente Medina anunció un aumento en los planes de asistencia social, que incluyen una política de auspiciar el primer empleo y más microcréditos a través de una agencia estatal cuyos estados financieros tampoco son auditados. También prometió ampliaciones de los beneficios bajo la Seguridad Social y un aumento en el salario mínimo público y las pensiones estatales. Bajo estas condiciones a la oposición le es muy cuesta arriba competir.

Este cada día más amplio programa de asistencialismo, que recuerda a las políticas del peronismo argentino, tan solo ha sido viable a través del incremento en el endeudamiento, pues durante los últimos doce años el país ha sufrido déficits fiscales, cuando en el pasado, incluyendo el primer gobierno de Leonel Fernández, operaba con superávits. Los gobiernos de Joaquín Balaguer, en contraste, se caracterizaron por una proporción muy amplia del gasto público dedicada a las inversiones, sin endeudamiento y bajos niveles de gasto corriente, es decir un  reducido nivel de nómina pública. La implicación moral de endeudar a nuestra juventud y a generaciones futuras para lograr ese 24% de dependientes del Estado para fines de votación, es terrible.

En una reciente reunión de peledeístas, un “compañerito”, quien en su juventud había sido seminarista, por lo que estudió latín, pero luego se sintió atraído por los grupos de estudios de Bosch, exclamó: ubi est mea?, “¿dónde está lo mío?”  Y es que ya es una percepción generalizada de que los que son del partido tienen derecho a reclamar participación en el cada vez más creciente Estado asistencialista. Pero no hemos cambiado. Hace 150 años cuando a un general conchoprimista se le solicitó desarmar a su ejército regional, exclamó: “Sí, la paz es buena. ¡Pero con sueldo!”.

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